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No me cabe duda de la función de utilidad que cumplen las lexías o frases hechas con unidad de contenido o neologismos, como es el caso de la manida aféresis “2.0”, cuya función principal es la de economizar recursos comunicativos.

Cuando refieres el “2.0” resumes un paradigma complejo en tres palabras y con ello evitas explicar prolijamente a lo que aludes. Partes del supuesto –como en cualquier frase hecha que se toma como unidad de información con significado propio- de que todos, o la mayoría, comprendemos exactamente lo que pretendemos expresar, pero no siempre es así y ésta es, precisamente una de las barreras de la comunicación: la suposición.

¿Estamos seguros de que todos aludimos al mismo paradigma cuando adjetivamos un sustantivo con el “2.0”? ¿Puedes asegurarlo sin otra comprobación?

Hagamos la prueba: sondeemos en nuestro entorno qué entiende la gente por paradigma “2.0”; pidamos que nos relacionen el enunciado con la principal característica o condición que para ellos debe cumplir un asunto “2.0”. Demos un paso más y pidamos tres ‘notas de color’ que refieran el paradigma “2.0”.

Es posible que cada quien pongamos el acento en el significado que más nos interese, sorprenda o entusiasme.

Lo mismo sucede con otro adjetivo de moda: la sostenibilidad. ¿Habéis hecho la prueba?

Para mi el paradigma “2.0” refiere la evolución de la figura del consumidor a la del productor, pero en cualquier ámbito. Es decir; representa el avance o la evolución del ciudadano “1.0”, condenado a ejercer el rol de espectador, al ciudadano que, cuando menos, dispone de las herramientas y de los mecanismos para gestionar su cuota de micropoder y ejercer influencia.

La revolución “2.0” significa en esencia disponer de un mecanismo de control social que contrapone un cierto equilibrio de fuerzas entre lo que otrora fuera el absolutismo del establishment y hoy es el poder del ciudadano expresivo, con voto -como antes en las democracias-, pero también con voz propia en la sociedad digital y con la posibilidad de influir (e-fluentials), de crear corrientes de opinión, de movilizar y de generar un clamor ciudadano que las fuerzas vivas y públicas se ven forzadas a considerar.

Si nos remitimos a sociedad en red, “2.0” refiere la diferencia abismal que existe entre el consumo de paquetes informacionales, de cualquier condición, y la capacidad o posibilidad de cocrear contenidos de cualquier clase, donde el resultado final supone una agregación de valor personal; significa evolucionar de la escucha a participar en la sociedad de la conversación e, incluso, a gestionar algunas de las conversaciones, como sucede en numerosos supuestos en las redes sociales.

¿No estaremos desgastando el numeral? Estaremos de acuerdo en que entre el uso y el abuso media el sobreuso.

El tirón de las modas muchas veces resulta irresistible (moda y tendencia no refieren el mismo significado) y sucede que numerosos profesionales son proclives a adoptar las modas en casi cualquier área del negocio, pues resulta ‘cool’ y todo profesional que se precie ha de ‘estar a la última’ -resulta obligado- y, además, es un antídoto que inmuniza contra la acusación de estar desfasado.

Sin embargo multitud de estudios demuestran que la mayor parte de las empresas no han entrado en la era “2.0”, aunque hablen de ello y adjetiven iniciativas -y lo que se les ponga por delante- con el numeral “2.0”. Así se consigue imbuir un hálito de modernidad o de actualidad a proyectos anclados en el ochocentismo y se hace creer que ‘se está en el mundo’, pues insisto, el paradigma “2.0” todavía se asimila en muchas organizaciones a “nombrar la soga en la casa del ahorcado”; las empresas, por lo general, manifestadas en los actos de sus directivos, temen la participación y mucho más la participación abierta e ‘incontrolada’, pues siguen reproduciendo unos esquemas jerárquicos más propios de las sociedades medievales, por no decir tribales.

En esta práctica nominativa opera la magia del lenguaje como mecanismo de compensación de una realidad a la que todavía muchos no han llegado y para quienes, en todo caso, está por venir. Por ello, cuando me enfrento a, o encuentro, una iniciativa “2.0” lo primero por lo que pregunto es por las reglas del ‘juego’.

El “2.0” ha dado lugar a que muchos hablen del “3.0” y a que otros asimilen este neologismo a la web semántica, cuando ya Tim Berners Lee la planteara mientras estaba concibiendo la que hoy conocemos, por contraposición, como Web “1.0”.

¡Fíjense lo que ha dado de sí –y sigue dando- el sobreuso del numeral*. Sólo en Google, el tip *2.0 arroja más de 5.700.000.000 resultados!

© jvillalba

* Acuñado en 2004, y atribuido a Tim O’Reilly.

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Promovido por Atos Origin, quienes hemos acudido hoy a Teatros del Canal, hemos tenido ocasión de disfrutar de la 5ª edición de “INnovautas 09 La conquista de nuevos espacios”, donde hemos podido visualizar el significado de la lexía el futuro presente.

Una densa agenda que se ha resuelto con dinamismo, profesionalidad, humor y propuestas innovadoras basadas en realidades contrastables.

Omitiendo las muchas cuestiones, de concepto y de detalle, que han llamado mi atención –ver los tag del post-, pongo el foco en dos conclusiones que me interesa resaltar:

(1) O las empresas aprendemos a comprometer en nuestra actividad a todos los intervinientes en la cadena de valor o, poco a poco, iremos renunciando a tener futuro; es decir, a pervivir en la vida del cliente (y de la sociedad).

(2) Las personas hemos ‘mutado’ y hemos cambiado nuestra forma de ver el mundo y de instalarnos en diferentes contextos: personal, familiar, social y profesional. El eje axial se ha desplazado y pretender gestionar una empresa con las viejas verdades ya no funciona. Para encontrar el equilibrio sostenible se impone escuchar, asimilar, traducir, adaptarse, asociarse, anticipar y proponer en la dirección que marca el futuro.

Hoy en día, el establecimiento de conversaciones con todos los grupos de interés y la vigilancia competitiva son ya actividades irrenunciables para las empresas.

Aprovecho para citar a Enrique Palau, que nos ha obsequiado con la frase “Sin datos no hay contratos…”, y para darle mi reconocimiento a Inma Shara, que ha puesto un broche de distinción, apasionamiento, frescura y naturalidad en el ante cierre de la jornada.

© jvillalba

Autor

Javier Villalba

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