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A 60 Km. de Madrid y a las seis menos cuarto de la mañana el panorama no se debía ver como en la capital. Las máquinas quitanieves se debieron comportar en la red viaria, tal y como han venido notificando los noticiarios en el transcurso del día, pero por estos pagos no hicieron acto de presencia hasta poco antes de las doce de la mañana.

A las seis en punto, Juan Ramón Lucas trazaba un escenario como para tomárselo en serio; también la TV recomendaba máxima precaución. Aún en pijama, abrigado y con las botas de media montaña, salí a la calle para comprobar por mi mismo el estado de la nevada. Por aquí, nieve costra de más de 7 cm. sobre el firme y hielo bajo el tupido manto que empezó a arreciar anoche sobre las ocho de la tarde.

El dilema no admitía conjeturas, o arriesgarse para ir a trabajar en el coche o permanecer al abrigo de la seguridad sin moverse, avisar y ponerse frente al ordenador para estar disponible ante cualquier eventual demanda. No había duda razonable que ponerse a examinar, máxime si habías experimentado, a primerísima hora de la mañana, una de esas concurridas nacionales el pasado día 22.

Decidimos quedarnos, más por miedo fundado a los aguerridos conductores que por temor a las condiciones climatológicas, pues no en vano uno ha sorteado numerosas situaciones embarazosas al volante.

Será que me voy haciendo mayor, pero mi experiencia diaria me demuestra que los hay que ante el tráfico lo que comunican es violencia, agresividad, conductas temerarias y provocativas y, cada día, en 60 Km. te encuentras unos cuantos conductores al filo de provocar un accidente.

Los hay que te amagan por detrás, aunque en ese preciso instante estés adelantando un camión u otro vehículo y no sea posible cederles el paso; hay otros, que ya van siendo numerosos, que no saben o no quieren conducir por su carril y te pasan rozando el retrovisor lateral como una exhalación; los hay que te cierran el paso; están los que te adelantan por la derecha, naturalmente fuera del límite de velocidad permitido; hay algún otro que se te para en seco kilómetros antes de la retención; también están los que se conducen con las largas, sin consideración alguna para el resto de conductores, o los que han debido regular la altura de los faros para alzar el haz de luz a sabiendas de que van dando la nota. Pero también están los que van a todo gas, aunque sea el coche el que les lleve a ellos, dándoles igual si circulan sobre un piso con la adherencia reducida. En fin, todo un lenguaje más propio del salvaje Oeste que de esta sociedad que intentamos recuperar.

Según las noticias, hoy han concurrido dos hechos: muchos conductores hemos optado por dejar los coches aparcados –quienes podían tomar un transporte público tuvieron más fácil su decisión- y quienes se han decidido a circular parece ser que han hecho gala de prudencia. Lamento haberme perdido esa experiencia inusual.

Llegará el día en el que los conductores nos demos cuenta de que ser un buen conductor significa controlar en todo momento el propio vehículo, supone facilitar la circulación al resto, contribuyendo a hacerla ágil y fluida, adaptarse a las condiciones de la circulación y conducir con templanza haciendo gala de seguridad y prudencia, binomio que combina perfectamente cuando se aplica la observación, se anticipan los sucesos y se conduce con margen.

© jvillalba

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Para los conductores que cada día, día tras día, realizamos un centenar largo de kilómetros por carretera resulta fácil comprender que nos parezca un hecho patente -y reiteradamente demostrado- que la mayor frecuencia en la causalidad de los accidentes de tráfico se acumula en los propios automovilistas, cuyas prácticas oscilan entre los descuidos, el incumplimiento de la normativa de tráfico, el comportamiento incívico, el abuso de maniobras cargadas de riesgo y la producción de situaciones objetivamente peligrosas.

Al final, te preguntas ¿Cómo será posible que no haya muchos más accidentes?

Para quienes aún creemos en que el lenguaje del tráfico sigue estando, cada vez más, necesitado de cortesía y buenos modales, de una conducción pausada y responsable, administrando las posibilidades del vehículo según impongan las condiciones del momento, nos queda como refugio –o defensa- la conducción preventiva.

Aquella tiene el propósito de reducir las estadísticas de los accidentes de tráfico. Es decir, sobretodo, ahorrar dolor –reducir costes emocionales-; en segundo lugar reducir gasto público. Vidas segadas, funcionalidades cortapisadas, vidas cotidianas desviadas de su natural evolución o interrumpidas, proyectos truncados, familias impelidas a sustituir rutinas y alegrías, cambios impuestos y adaptaciones forzadas… son algunas de las consecuencias cuando la voz del tráfico no se imposta con la necesaria prudencia o pericia.

Colocar la propia voz en la riada del tráfico supone escuchar activamente, con atención, convertirse en agudo observador de ese fluido en constante movimiento, mudable y alterable en fracciones de segundo.

Entender la conversación que los automovilistas proyectan significa anticiparse, precisamente como resultado de la observación atenta a los cambios de situación en los cuatro puntos cardinales.

Mantener un diálogo fluido en el tráfico supone contar con margen para ello, tener la ocasión de reaccionar para poder responder adecuadamente a tenor del discurso producido.

Observar, anticiparse y disponer de un margen para reaccionar son tres de las conductas relevantes que a los conductores nos interesa convertir en hábito si pretendemos colocar nuestra voz en esta conversación entre automovilistas.

© jvillalba

Autor

Javier Villalba

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