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Algunos identifican comunicar con tener que decir, o con tener que informar con alguna práctica de emisión de mensajes, aunque sólo sea para salir del paso. No en vano, comunicar es hacer algo, pero algo que supera el decir, que va más allá del expresar; un algo más.

Quizá la confusión venga propiciada por el hecho de que se trata de tiempos verbales de acción y se infiera, entonces, que hay que actuar; es decir, que hay que hacer algo. Por lo que algunas fuentes deciden, en el ejercicio de su mandato, dejar de manar.

Pero sucede aquí que secarse no representa una dejación de la acción, sino que es -en realidad- el acto o la acción de (conseguir) hacer no hacer lo que hay que hacer o, si se quiere, el arte de hacer que parezca que nada sucede, que en este supuesto no hay algo que informar, decir o expresar… ni tan siquiera escuchar.

O, si se prefiere, se trata del acto de hacer pasar por verosímil que no es relevante dar de beber, ni existe el compromiso de hacerlo, para preservar inalterables los fines de la acción, o sus consecuencias, que podrían ser –a su juicio- la hidropesía.

Digo que algunos o algunas… porque cualquiera de nosotros sabe que todo, absolutamente todo, comunica, sin excepción, y que comunicar, lo que se dice comunicar, comunicamos –incluso- a nuestro pesar; de manera que el silencio habla por si mismo, informa amplificadamente, y decidir no comunicar ya, de hecho, está informando algo, o mucho, tal y como el castizo ‘Hacer mutismo por el foro’ revela las intenciones del dicente o las deja al descubierto haciéndole incurrir en contradicción manifiesta, que es el efecto que persigue. Decir, para no decir nada y dejarlo al albur de las interpretaciones, que no es como se comportan los auténticos silencios. Así actúan los sutiles, amparándose en el subterfugio, con falta de claridad para ganar algún margen de maniobra.

Desde luego que la falta, escasez o carencia de información por aquellos pagos donde otrora circulara el riego, se echa en falta y provoca que resulte enormemente reveladora la sequía: para empezar, da muestras  de falta de compromiso; para terminar, evidencia una falta de respeto. Y entre ambos extremos cae, por su propio peso, la credibilidad arrastrando consigo la lealtad que se derrama entre los surcos de las tierras sedientas y agrietadas.

No parece trivial defender ante algunos que informar trasciende al noticiario de turno cuando hablamos de comunicar, de conseguir efectos, de favorecer cambios. Tal vez la comunicación, cuando la entendamos como práctica profesional, comprometida, y no como concepto aislado, un etéreo más entre los intangibles, juegue un papel esencial en el progreso de las organizaciones o, cuando menos, de aquellas que aún no la hayan descubierto.

Pero lo que la comunicación nunca podrá (ni tan siquiera al servicio del aparato oligarca) será obrar milagros que requieran del concurso de todas las fuerzas intervinientes que han de tirar en la misma dirección y del mismo carro.

Sea como fuere, tanto si se está por la labor de hacer que la información circule (y quedémonos ahí), como si no, la comunicación, ya sea de un signo o de otro, por activa o por pasiva, ha de gestionarse en gerundio si lo que se prende es que actúe en determinado sentido, “a favor de obra”, que es lo mismo que decir controlada y comprometidamente a favor del liderazgo.

De lo contrario, la falta de comunicación se suplirá con el chirriar de los ejes sobre los que se asienta el carro empresarial. Y así, produciéndose el rodar sin lubricante, es probable que, quienes apuesten por la desinformación, supuestamente en pos de ciertos fines y no por ignorancia de la conjugación verbal, finalmente se encuentren con el efecto contrario al pretendido y les cueste aún más tirar del carro, pues ya se sabe cuál es la herrumbre del rumor y, por mucho que nos esforcemos, ciertas informaciones no resultará posible silenciarlas, ni en parte ni en su totalidad, ni tan siquiera ensalivando los ejes.

En esta crisis es posible que algunos, temerosos de que hacer circular la información alimente ciertos brotes indeseados, no se hagan atar al mástil de la cordura y sucumban al encanto de silenciarla; pero se harán un flaco favor, pues a su pesar fluirá, esta vez incontroladamente, porque demorar indefinidamente lo que inevitablemente, antes o después, por una u otra vía trascenderá, multiplicará los efectos justamente en sentido inverso al esperado.

Se da la circunstancia de que el silencio resulta atronador, siendo éste el primer indicador de racionamiento, escasez o falta de información. Interrogantes flotantes en el ambiente son el segundo indicio de sequía. Temor e incertidumbre, a resultas de vaguedades y falta de claridad, son el tercer síntoma de deshidratación. Incremento del murmullo y confidencias espontáneas entre iguales, como palos entre las ruedas trabados, son ya pruebas manifiestas de hambruna informativa.

Decidan ustedes, pero también sepan –para decidir- que no todo está en su mano decidirlo.

© jvillalba

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Según ha publicado CEF (15/04/2009 – 14:30), de las diez recomendaciones que no debe hacer una empresa en tiempos de crisis, descuidar la comunicación es la tercera.

 

Textualmente, el párrafo que desgrano de Juan José Pintado, profesor de Finanzas del CEF y responsable de este trabajo coparticipado, apostilla cuatro afirmaciones:

  • “En momentos de crisis es especialmente necesario gestionar adecuadamente las comunicaciones con el entorno.” 
  • “El silencio total puede ser tan negativo como una indiscriminada emisión de información.”
  • “Hay que  administrar los mensajes tanto internos como externos, manteniendo informados de aquellos acontecimientos que afecten a la organización, así como de las medidas que se están llevando a cabo en relación a los mismos.”
  • “Sólo así podremos neutralizar los efectos negativos de rumores e informaciones inexactas.”

Un día antes, en el 23º Foro de Comunicación Interna e Identidad Corporativa, celebrado en Madrid, Juan Fernández Aceytuno, Director General de Sociedad de Tasación, expuso que “(…) en comunicación interna es más importante lo que no se dice que lo que se dice.”

 

Llegados aquí cabe plantearnos si el silencio existe o qué entendemos por silencio, pues todo comunica y los actos de empresa, los gestos, los rictus, la dinámica del día a día… comunican.

 

Hablar de gestionar la comunicación interna implica hablar de administrar los actos y gestos de empresa, hechos sobre los que no se dice, pero que dicen por sí mismos y prueba de ello es el tráfico de conversaciones informales que pueden generar o, de hecho, provocan.

 

Me temo que este es uno de los agujeros de pérdida de coherencia, lo que por sí mismo comunica sin decirse o que queda por decir, hiato en el que reside una de las causas de pérdida de credibilidad institucional u organizativa. Es el “A Dios rogando y con el mazo dando.”

 

En la misma línea cabe administrarse la correspondencia, exactitud o similitud entre la voz externa y las voces internas. Y digo bien, la externa en singular, como suele suceder; las internas en plural, como de hecho acontece. Engrasar estos mecanismos no resulta fácil y requiere madurez y disciplina; el reverso nos lleva donde antes, a la merma de credibilidad o a la manifestación de la incoherencia.

 

¿Y por qué en vez de consumir esfuerzos en neutralizar no nos ocupamos más de diseñar nuestro modelo de comunicación desde una perspectiva preventiva?

 

© jvillalba

 

No escuchamos. ¿Las causas? ¡Véte tú a saber! Son muchas: hay que observar para decodificar el mensaje del silencio.

¿No es verdad que hay 7 clases de silencio, como aseguran los expertos en comunicación?. Esto quiere decir que el aserto popular (“Quien calla, otorga”) es inexacto: un silencio es de aceptación y conformidad, pero también los hay de reprobración, desacuerdo, crítica, frustración, temor, confabulación, complicidad, placidez, expectación… desinterés.

Vivimos en la sociedad del ruido; parece como que si no hay ruido…, no estamos tranquilos, nos atemorizamos. ¿Te has fijado? Por lo general, el silencio nos angustia.

La realidad es que la gente lleva mal eso del silencio: el silencio se comparte con dificultad. Nos han enseñado a hablar; nos han dicho que la mejor defensa es un buen ataque; lo que trasladado a nuestras interacciones es lo mismo que afirmar que gana quien más habla, que pierde el que se calla.

Sin embargo, quien maneja el silencio, maneja la situación.

No las comparto, pero lo cierto es que se producen curiosas correspondencias interpretativas, que todos hemos observado en discusiones y en debates; por ejemplo: quien más grita, lleva la razón; el que calla, se suicida socialmente, pues se interpreta que oculta algo o le han callado; no sabe ni qué decir.

Así, da la impresión que se prima más la verborrea, el hablar sin parar, la cantidad, que mostrarse prudente -no reservado-, decir lo justo y oportuno, sin enrollarse y aportando.

Entramos en el ascensor con un desconocido y no sabemos dónde mirar ni que decir, pero recurrimos al recurso de comentar algo sobre el tiempo ¿?

Y sin embargo el silencio habla por sí mismo.

Es curioso que quien más habla, menos escuche, lo que significa que tiene menos ocasiones de aprendizaje; sin embargo, quien más escucha, más aprende.

Es mejor callarse cuando las palabras no son capaces de colmar el silencio.

© jvillalba

El cayado del silencio es un báculo a modo de bordón que permite sujetarse en las empinadas y agrestes crestas de la palabrería.

Permanecer callado no es lo mismo que acariciar el silencio.

Hablar cuando uno se ha ganado el derecho a la palabra, y se tiene algo que decir, no es decir por decir.

Permanecer en silencio para observar y asimilar, para conocer y llegar a saber, no es lo mismo que callar.

El sonido del silencio en nada se parece al estruendo del mutismo, cuando alguien permanece callado.

El silencio habla por sí mismo, es una actitud armónica plena de dinamismo y fuerza, es un encuentro solipsista con los pordentros de uno mismo y muchas veces en conjunción con el entorno, con el exterior, con la otredad.

Callar es no saber qué decir o no tener fuerza para decirlo o no haberse ganado el derecho a la palabra o privar al otro de tus manifestaciones, de tu esencia.

Permanecer a la escucha, en silencio, es una manera inigualable de conocer, un acto reflexivo que nos permite empaparnos de sabiduría, una aparente inacción que se encuentra en pleno movimiento.

La palabra se proyecta en espiral, en un movimiento creciente de vida, mientras que el silencio representa el árbol de la sabiduría que sujeta la bóveda celeste.

Se habla cuando hay que hablar. Se cultiva el silencio cuando su expresión representa otra manera de manifestarse.

© jvillalba

Autor

Javier Villalba

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