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Estoy de acuerdo con Jacob Benbunan, presidente de Saffron, cuando afirma que “España es cada vez menos España y cada vez más esfuerzos descoordinados de 17 microespañas”. Así no se puede hacer país.

¡Y llegó La Roja! Para regocijo de Zapatero y de un gobierno a todas luces interesado por recuperar los momentos más alienantes del franquismo que entendía el fútbol como el opio del pueblo.

Ante La Roja, la crisis, el paro, la desaceleración económica, la falta de competitividad, la daga cortoplacista, la edad de jubilación, la subida de los impuestos, las medidas antisocialistas o el Estatut… pierden gas… ante una sociedad necesitada de hermanamiento.

Justo antes de la final, el sábado pasado algunos manifestantes independentistas, en apoyo del Estatut, lucían en sus pechos una pegatina de Esquerra cuyo lema rezaba “Adéu Espanya”, mientras que otros simpatizantes de las Candidatures d’Unitat Popular se enfrascaban en la quema de una bandera.

Un panorama nada esperanzador que reproduce exactamente lo que en algunas organizaciones también sucede: la manifiesta descoordinación producto de una praxis de compartimentos estanco en la que predomina el interés y el lucimiento personal, los propios objetivos (suboptimización) en detrimento del progreso común (optimización organizativa).

Lamentable España. Lamentable tejido directivo que permite la gestión ineficaz de recursos limitados. Lamentable clase política que permite el dispendio de la nación para escarnio de un pueblo que se lo permite. Tanto monta…

A mi juicio, la situación política no es distinta ni de la vida cotidiana ni de la praxis empresarial; el modelo se repite. Un modelo en el que los valores se han invertido y los propósitos se pervierten a base de medias verdades alambicadas y al gusto de las minorías en el zoco de la compra-venta de votos.

Y en esto llega La Roja para aleccionarnos y, por arte de birlibirloque, la enseña aglutina voluntades, concita intereses, refunde las 17 microespañas, une gente de toda condición e ideología bajo una bandera, La Roja, que puede mostrarse y enarbolarse sin temor alguno a entrar en confrontación. ¿Y por qué?

Tal vez porque los españoles estemos necesitados de unión y nos agarremos al mensaje simbólico que subyace bajo La Roja: somos un equipo, una nación necesitada de una nueva historia, de un banderín de enganche para hacer de este país una tierra mejor, como algunos empezamos a creernos en la Transición, gestión impecable que aunó diferencias al servicio de una idea mejor y universalizante: el bien común, ante el dislate partidista.

Pero hemos hecho una mala democracia en la que los representantes han venido vendiendo autogestión a cambio de cuotas de poder dando con ello paso a la crispación irreconciliable en la que ya nadie habla de que la clase política esté al servicio del pueblo, como las empresas deben estarlo al servicio de la sociedad, y en ambos casos, para hacer un mundo mejor en el que poder aspirar a vivir en libertad y concierto, con trabajo e ilusión, aprovechando el talento individual al servicio del equipo y de un proyecto en el que el objetivo no es otro que ganar-ganar.

España más que políticos necesita ‘cuenta cuentos’.

“Adéu Espanya” sintetiza la postura de negar la comunicación como estrategia de entendimiento.

No hay mensaje más elocuente que el que se transporta en el silencio: el desprecio más absoluto y radical por buscar un punto de encuentro. La negación del otro.

Los españoles hemos encontrado en La Roja una excusa para sublimar nuestra necesidad de entendimiento, más allá de los símbolos pandilleros y tatuajes de contra-clase que hoy en día exhibimos en nuestra vida diaria, allá donde la vivimos en la riada ciudadana, que también afecta al homo politicus y al homo laborans.

La Roja nos ha mostrado el camino de la unión, una lección de la que podemos aprender para salir de la ‘cueva’.

Hacerlo depende de cada uno de nosotros, pero también, y por orden de responsabilidades y emolumentos, primero desde el vértice de la trasnochada pirámide social hasta la base de la misma, pues el auténtico liderazgo –político o empresarial, también el resto- se demuestra en el servicio que se dispensa a quienes se dirige, y no al revés. Conduciéndonos hacia un mundo mejor en el que todos podamos hacer crecer nuestras vidas.

Los zaRpateros empresariales y políticos deben tomar buena nota de ello.

© jvillalba

* Dossier empresarial Nº 115

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Hoy ha tenido lugar la presentación del XIV Anuario de la Comunicación, obra de obligada referencia editada por Dircom, en la que se ofrece el “Estado Actual de la Comunicación en España”, acto que se ha celebrado esta mañana en el auditorio Rafael del Pino, en Madrid. [Nota Dircom]

Corren buenos tiempos para la comunicación, o esa es la idea que subyace en el resumen de resultados que ha corrido a cargo del director general de Dircom, Sebastián Cebrián.

Importancia de los valores

José Manuel Velasco, Presidente de Dircom, ha moderado las intervenciones, aprovechando su turno para llamar la atención sobre la importancia de los valores en la sociedad actual y, por ende, en la gestión de la comunicación por parte de las empresas, comunicación que además de expresarse en los mensajes se manifiesta en los comportamientos de éstas, pues tenemos la percepción de que hemos venido experimentando una pérdida o deterioro de valores –los últimos acontecimientos ligados a la crisis son una prueba de ello-, siendo necesario recuperarlos. No en vano, quienes trabajamos en comunicación gestionamos percepciones y expectativas ligadas a los valores y ello incide en el posicionamiento y reputación de las empresas, en su imagen exterior e interior.

Valores y Comunicación

La presentación de las conclusiones del estudio 2010 ha estado amenizada por las intervenciones de Marcelino Oreja, presidente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y por Javier Fernández del Moral*, presidente de la Fundación Diálogos y expresidente de Dircom, a quienes ha invitado a ofrecernos su propuesta sobre el binomio valores y comunicación.

Marcelino Oreja, en una exposición perfectamente estructurada, ha dejado clara la relativización de los valores, valores universales, en la sociedad actual so pretexto de una libertad mal entendida que, fruto de una ingeniería social, amparada en la ausencia de toda adscripción política o ideológica, nos está conduciendo a un cambio en el modelo social que representa una amenaza para la convivencia (valor principal).

Así el agnosticismo a ultranza, la falta de compromiso, el todo vale para alcanzar los propios fines, la relativización de todo… se nos ha vendido envuelto en la belleza de las palabras sobre la base de falsos principios y se ha reforzado mediante la creciente presión social que se ejerce contra quienes no adoptan esta corriente maquillada de progreso, provocando la claudicación de personas que no desean ser tildadas de retrógradas o de regresistas.

Se necesita, por tanto, recuperar los valores universales y las convenciones sociales en aras a regenerar la convivencia según patrones saludables.

Para ello Marcelino Oreja ha señalado la familia, en tanto que grupo de referencia primario y constitutivo de valores, la educación en su papel socializador y el necesario compromiso de responsabilidad social que les corresponde ejercer a empresas y organizaciones, siendo necesario devolver el papel protagonista a las personas, pues somos los individuos quienes a la postre dotamos de vida a la sociedad.

Los profesionales de la comunicación tenemos un papel decisivo que jugar en orden a recuperar la verdad como palanca regeneradora del orden social, cuyo concepto vertebrador es el de Nación. Solo desde un concepto fuerte de Nación puede construirse una Europa fuerte.

La comunicación como valor

Finalmente, Javier Fernández del Moral se ha referido a los tres momentos que pueden declinarse del binomio valores y comunicación. Una primera etapa –hoy supuestamente superada- en la que ambos conceptos eran incompatibles y en la que la comunicación podía hacer las veces del instrumento tramposo con relación a los valores.

Una segunda en la que se identifican valores y se comunican porque las empresas los incorporan a sus estrategias de comunicación y en la que una parte de los actores, bajo la excusa de la pujanza de la responsabilidad social, podría pervertir su uso para maquillar otras finalidades.

Por último, una etapa a la que todavía no hemos llegado y en la que ya no se comunican los valores, sino en la que la comunicación en si misma representa un valor, un valor de transparencia informativa que resulta inevitable en esta sociedad de cristal en la que todo terminará, por fuerza, siendo transparente.

Buenos tiempos para la comunicación

Respecto de las principales conclusiones del estudio, el dircom 2010 es menos técnico y más estratega, está más formado y resulta más ejecutivo o consultivo, habiendo incrementado su poder de influencia en los comités de dirección estratégica. La función de comunicación tiende cada vez más a depender de una dirección de comunicación que integra las diferentes especialidades y, en un porcentaje significativo, el primer directivo de comunicación depende directamente del primer nivel de la empresa. [Resumen Dircom]

No cabe duda de que corren buenos tiempos para la comunicación o que la propia dinámica social hace caer en la cuenta de que la comunicación es un valor que suma en los dividendos de la reputación.

© jvillalba

* Última actualización marzo de 2006

 

Autor

Javier Villalba

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