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Todavía la comunicación interna (CI) está lejos de consagrarse en las empresas como un instrumento de creación de valor; es más, muchas organizaciones incumplen, incluso, lo más elemental de la liturgia comunicativa: oportunidad, transparencia y coherencia.

Alguien me puso sobre aviso, al principio de la semana, del lanzamiento del blog Forbes Mackenzie –que recomiendo visitar-, concretamente, al tanto de un post publicado el 16 de octubre (The “communication catch 22”), en cuyo artículo se mencionan tres condiciones indispensables ‘para hacer’ comunicación: claridad + consistencia + continuidad.

Sin duda estoy de acuerdo y, so pretexto de la anécdota, aprovecho para exponer una preocupación de la que me estoy ocupando: no estamos gestionando con acierto la función CI; prueba de ello –una, entre otras- son las fuertes barreras que oponen resistencia a la misma, posiblemente porque la CI sea todavía una /doxa/ en busca de su /episteme/. Si no fuera así, ¿por qué argumentos y ventajas que se suelen exponer algunos comunicadores internos suenan tan distantes del lenguaje empresarial?

En un documento oficial universitario he encontrado algunas de las ventajas que se le atribuyen a la CI; bondades tales como: “Desarrollar el sentimiento de pertenencia”, “Crear lazos de solidaridad entre el personal”, “Favorecer el diálogo fluido entre los departamentos”, “Despertar la identificación de la familia del trabajador con la empresa”… y otras de semejante cuño. ¡Quién se atreve a sostener la mirada -sin sonrojarse- ante un Consejo de Administración con semejante arsenal!

Estamos en el terreno de las opiniones, cuando no en el de las fábulas y creencias,  y tendríamos que haber sido capaces de crear un cuerpo doctrinal amparado en datos e investigaciones, soportado por modelos contrastados, dotado de técnicas de intervención efectivas, siendo capaces de aportar resultados tangibles e inteligibles para las organizaciones: beneficios cuantificables.

Un dato que me sigue sorprendiendo por su variabilidad y por su consistencia en el tiempo es que ni tan siquiera hemos sido capaces de homologar la terminología: “para designar a los responsables de comunicación se identificaron 76 nombres distintos”. ¿En qué otras disciplinas acontece esta babel? El dato pertenece al “El estado de la Comunicación en España 2004”, basado en una muestra de 204 empresas y publicado por DIRCOM.

Trabajando en esta área, antes o después, llegas a la conclusión de que en una primera fase hay cuatro impedimentos importantes que impelen a que la comunicación interna no se tome en serio: la ausencia de medición, la falta de planificación, la poca escucha y la falta de respaldo.

Quienes hacemos CI –o lo pretendemos- deberíamos asumir la responsabilidad de que nuestra función se tome en serio. Y eso está en nuestras manos, pero sobre todo en nuestro habla.

© jvillalba

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Promovido por Atos Origin, quienes hemos acudido hoy a Teatros del Canal, hemos tenido ocasión de disfrutar de la 5ª edición de “INnovautas 09 La conquista de nuevos espacios”, donde hemos podido visualizar el significado de la lexía el futuro presente.

Una densa agenda que se ha resuelto con dinamismo, profesionalidad, humor y propuestas innovadoras basadas en realidades contrastables.

Omitiendo las muchas cuestiones, de concepto y de detalle, que han llamado mi atención –ver los tag del post-, pongo el foco en dos conclusiones que me interesa resaltar:

(1) O las empresas aprendemos a comprometer en nuestra actividad a todos los intervinientes en la cadena de valor o, poco a poco, iremos renunciando a tener futuro; es decir, a pervivir en la vida del cliente (y de la sociedad).

(2) Las personas hemos ‘mutado’ y hemos cambiado nuestra forma de ver el mundo y de instalarnos en diferentes contextos: personal, familiar, social y profesional. El eje axial se ha desplazado y pretender gestionar una empresa con las viejas verdades ya no funciona. Para encontrar el equilibrio sostenible se impone escuchar, asimilar, traducir, adaptarse, asociarse, anticipar y proponer en la dirección que marca el futuro.

Hoy en día, el establecimiento de conversaciones con todos los grupos de interés y la vigilancia competitiva son ya actividades irrenunciables para las empresas.

Aprovecho para citar a Enrique Palau, que nos ha obsequiado con la frase “Sin datos no hay contratos…”, y para darle mi reconocimiento a Inma Shara, que ha puesto un broche de distinción, apasionamiento, frescura y naturalidad en el ante cierre de la jornada.

© jvillalba

¿Qué estás pensando?

Si admitimos que en el lenguaje reflejamos nuestros estados de ánimo y que nos encontramos inmersos en la sociedad de la conversación, entonces al estudiante de psicología Adam Kramer no le falta razón: estableciendo una tabla de frecuencias sobre la base del empleo de determinados términos o expresiones asociados con estados de ánimo positivos (bien, fenomenal, fiesta, estupendo, genial…) y negativos (fastidiado, mal, peor, patético, dramático…) podríamos llegar a inferir cómo se siente mayoritariamente un grupo conversacional e, incluso, podríamos crear un indicador -FNB- sobre el grado de ‘felicidad’ que se respira en dicho colectivo durante un período de tiempo dado y sería posible establecer comparaciones durante el transcurso del tiempo.

Facebook lo ha hecho en EEUU y ha lanzado el indicador de Felicidad Nacional Bruta [Ver noticia en Cinco Días].

Seguramente deberíamos considerar seriamente si a la humanidad nos convendría replantearnos los términos en los que se sigue midiendo la riqueza nacional de los pueblos;  las tres ‘tes’ no se alejan tanto de esta propuesta.

© jvillalba

­_ “Pese a ser optimista…. te tengo que dar la razón. ¡SIGUE SIN ESTAR!”

optimismo2 

El lenguaje no sólo condiciona, sino que significa, recrea realidades y, por no alargarme, manipula…

 

Hay palabras que no siéndolo en origen (me refiero al etimológico) pueden actuar como falsos sinónimos, aunque con mayor precisión debería decir falsos sustitutos, que operan con el fin, precisamente, de recrear (fíjate bien que digo “re crear”; es decir, “re construir”) una realidad que interesa, pues la realidad no es única e inamovible; es diversa, variopinta y cambiante.

 

Un ejemplo es el erróneo empleo -a sabiendas o no- de “Optimismo”, quizá como acto de superstición para conjurar un hecho objetivo y probable que se presume, se teme o se pronostica inevitable, salvo que por casualidad suene la flauta. Éste goza además de la posibilidad de introducir subliminalmente el gazapo del término antitético para seducir al interlocutor, que aquí se interpreta como oponente o adversario; alguien que se manifiesta en contra del deseo larvado.

 

Me refiero a “Pesimismo”, cuyo efecto (¡Va de retro…!) introduce la connotación de “Gafe” que, además, también, aportaría otro argumento a favor de la superchería, pues habiendo conminado el destino probable, el efecto gafe lo neutralizaría trayendo la justificación de la mala y contraria suerte a la deseada (fíjate que digo deseada; es decir, que refiero la manifestación de un deseo)

 

Así las cosas -y para no cansarte más-, recordarte a Gracián -Baltasar- o a Schopenhauer -Arthur- con el ánimo de hacerte reflexionar, pues quizá un “pesimista” no sea más que un realista informado; es decir, con experiencia en el acontecimiento en el que un pretendido optimismo no significaría más que un acto de negación de la realidad y, por ende, de infantilismo.

 

© jvillalba

 

Conducir es una expresión más de nuestra personalidad y, por tanto, esa actividad nos refleja, lo mismo que reproduce la sociedad en que vivimos.

En general, un coche es algo más que un vehículo, es una burbuja, un campo de fuerza, en el que las personas surcamos el espacio, lo atravesamos, sintiéndonos seguros -encerrados- en su habitáculo, que nos aísla y defiende del exterior; pero el coche no significa lo mismo para una mujer que para un hombre.

 

Las mujeres suelen valorar más los aspectos hogareños, prácticos, del vehículo: su habitabilidad, su espacio, la capacidad del maletero, su confortabilidad, su estética, armonía y colorido y tienden a ser más limpias y cuidadosas con el interior a fin de hacer de él un espacio agradable, como si de una sala de estar se tratara.

Los hombres nos sentimos más atrapados por los aspectos mecánicos y de marca: cilindrada, potencia, velocidad que desarrolla, perfil aerodinámico, CX (coeficiente de penetración aerodinámica), marca (prestigio social, status), consumo, llantas de aleación ligera y de perfil bajo, cuadro de mandos…, pero todo ello tamizado por las necesidades familiares y aprobado por la esposa.

 
En tanto que conductores, mujeres y hombres no tenemos el mismo comportamiento y afrontamos el tráfico de manera muy distinta; como distintos son los coches familiares: el principal para el hombre, el secundario para la mujer.

 
El tráfico tiene su propio código, sus signos, sus símbolos, su lenguaje, su sintáctica, su semiótica, su señalética y, al igual que el habla es la concreción del lenguaje, nuestro estilo de conducción es el lenguaje del tráfico puesto en práctica, que cada quien resuelve según sus peculiaridades.

 
Desde una perspectiva dinámica, el coche representa una proyección fálica, que se incrementa con la velocidad. Muchos hombres lo viven así, como una competencia permanente con el resto de los conductores. Vamos, un sin vivir continuo pretendiendo revalorizar su hombría y velando para que no se quebrante su autoestima. Para algunos, que se reconocen a primera vista en carretera, o en vías urbanas, conducir es un acto de afirmación.

 
Por contra -y en general-, las mujeres suelen hacer gala –también en el tráfico- de una inteligencia emocional muy superior a la del común de los hombres conductores: son más amables y respetuosas, no se suelen picar, suelen ceder el paso, conducen de una manera más tranquila (pero también menos atenta), respetan más las señales de tráfico y raramente entran en conflicto. Sencillamente van a lo suyo; para ellas el coche es un medio de transporte, no una finalidad en sí misma, y no tienen por qué entrar en una demostración permanente: no son más por ir más deprisa, ni por adelantar a todos, ni porque alguien les pite. Simplemente, les da lo mismo y, además, se ríen del conductor que va de macho por la vida, pues ellas perciben la hombría desde otra perspectiva.

 
He venido observando que, como un reflejo que es de la sociedad, el tráfico también ha cambiado. ¡Y mucho!. La involución en los comportamientos de los usuarios de la vía pública, que ha experimentado, es tremenda: en un carril de aceleración, ya nadie respeta la señal de Ceda el paso; si el vehículo que va detrás advierte un intermitente indicando un cambio de carril, en vez de seguir a su ritmo, acelerará para impedirlo; da igual que hayas iniciado una maniobra de adelantamiento, si el que va delante se ha propuesto adelantar, aunque te vea por el retrovisor, se colará para ser él quien adelante primero, haciéndote frenar; si la densidad de tráfico te ha impedido ceñirte al costado que necesitas para no forzar un giro, difícilmente te dejarán girar y hasta cabe la posibilidad de que se te obligue a recorrer un mayor espacio para tomar alguna ruta alternativa; pero si es otro el que tiene que girar, ya verás cómo se cruza sin ningún miramiento delante tuya; los tiempos de demora de los semáforos, ya no son tales ni cumplen la función de seguridad, pues la gente se los salta sin miramiento alguno; que alguien tiene que detenerse en una calle impidiendo el paso a los demás vehículos, se detiene y ¡que el que venga atrás que espere!

 

En resumen, los conductores, por lo general, demostramos que no tenemos sentido cívico ni responsabilidad social, pues incurrimos a diario en conductas productoras de accidentes, sin el menor reparo. La gente parece que no sabe que los vehículos son letales; actúan como si les diera lo mismo, vayan solos o acompañados, transiten por vías solitarias o con una densidad de tráfico propia de las horas punta.

 
Está claro que el tráfico hoy se caracteriza por la creciente agresividad e insolidaridad de los conductores.

 

Esto no es otra cosa que un reflejo más de nuestra sociedad. Otro día podemos hablar sobre las restricciones en materia de seguridad vial.

 

© jvillalba


Los últimos datos que recuerdo informan de que el 84% de los propietarios de un vehículo se han comprado uno del color que no habían elegido en el concesionario.

Autor

Javier Villalba

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