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El déficit de compromiso entre empresas y trabajadores. [Artículo completo]

(Publicado en el blog Con tu Negocio | 06.05.15)

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Desde luego coincido en lo sustantivo con Puri Paniagua, socia de Neumann International, en que toda una suerte de decisiones arbitrarias son origen de incertidumbre, pero no son aquellas las únicas aguas fecales al servicio del despiste, diseñadas para producir temor. Por buenas o por malas que sean las decisiones, éstas se traducen necesariamente en actos que -antes o después- son visibles; peores efectos provocan las aguas pestilentes y empantanadas de la desinformación, aquellos lodazales en los que se instala el imperativo del mutismo, manifestado en las nieblas bajas de la espiral del silencio.

Pero también la información torticera, amañada, elaborada al despiste, para confundir, se cierne en derredor del mutismo generalizado.

Por lo dicho me cuesta hacer sujeto de la pérdida del compromiso a los que en el artículo de Puri se denominan -quizá en una licencia plástica- “agazapados”, pues la lealtad de quienes una vez se sintieron comprometidos se roba con fuerza y con violencia, sin misericordia, con daño. No es una simple pérdida al descuido, fruto de una conducta in vigilando, y por ende –a mi modo de entender- no tienen culpa; ellos no son responsables del desencanto que experimentan como consecuencia de la pérdida irreparable que se les ocasiona.

Existe, por el contrario, una culpa in eligiendo, que corresponde asumir a quienes alientan la ignorancia, a quienes toman decisiones irrazonables o difícilmente explicables, o justificadas mediante aporías, o sujetas en sofismas indemostrables; una responsabilidad que compete asumir a todos aquellos que velan o difuminan hasta opacar el estado de situación que concierne conocer. En fin, y por resumir, una culpa directamente atribuible a quienes optan por la aplicación de políticas más propias de las sociedades secretas y a quienes, en el escalafón ejecutivo, les secundan en propio beneficio.

Disiento de la autora que afirma que “Ahora, se valoran positivamente las empresas con sede nacional, puesto que la capacidad de decisión es cercana y apropiada a la realidad que vivimos.” Pues la honestidad en planteamientos y decisiones, la transparencia y la verdad fundada en hechos incontrovertibles, no la verosimilitud con apariencia de verdad (pero siempre, a medias), se corresponde con la elección de un estilo de gestión responsable y no tanto con la geografía de los estornudos.

Hoy las multinacionales parecen haber superado sus catarros, mientras que algunas de las empresas nacionales lo han importado y muestran síntomas de haberse constipado.

© jvillalba

Al igual que yo, ustedes lo habrán visto. “El miedo se instala en la oficina”

Es el titular, ampliamente reproducido hoy, al que ha dado lugar el último estudio Randstad Workmonitor, según el cual, el miedo al despido en España se ha instalado entre los más jóvenes (48,5% entre los menores de 25 años), alcanzando al 38% de los españoles en edad de trabajar. Porcentajes que, en cualquiera de los supuestos analizados, supera en España al de otros países europeos.

No voy a ser yo quien ponga en cuestión las conclusiones de este estudio, pero es verdad que en nuestras empresas parece que se ha instalado la espiral del silencio. No hace mucho más de 48 horas, un directivo de sobrada solvencia me confiaba –hablando de su empresa- que aquí –en la suya- “Está mal visto decir que algo está mal”, por lo que los estudios internos que realizan tienen el sesgo al que les conduce la espiral del silencio. Un malinterpretado sentido de empresa, contamina las prospecciones y búsquedas de feed-back en las que se embarcan algunos de sus responsables tratando de averiguar el impacto de algunas de las nuevas prácticas que están implantando.

Así, inversiones ‘desorientadas’ y ajenas a la realidad del momento en materia de desarrollo, algunos saben que no están resultando efectivas y que tienen mala prensa entre el conjunto de los trabajadores. Sin embargo, ¿qué llega ‘arriba’? Que todo parece bien, que las inversiones realizadas, a la postre gastos inútiles,  se perciben como positivas. Que es posible que hasta un fracaso se interprete como un éxito.

De entre las consultas que dicha noticia me ha impulsado a realizar, elijo citar una cuya fuerza descriptiva me ha dejado ¡K.O.!:

“Durante este año algunos estudios han recogido datos tan escalofriantes como que los pelotas florecen, los mentirosos ganan puestos, los mediocres más avispados se sitúan, los chivatos se llevan el gato al agua y los menos atrevidos (antes peor considerados) ganan en escalafón. Parece que hemos entrado en una complicada etapa donde todo vale y lo único que cuenta es salvarse”. Paula Arenas (página 13)

Alguien me decía esta misma tarde que el miedo no tenía por qué ser malo, pues todos sabemos que una pizca de estrés resulta, incluso, positiva. Es lo que actores y comunicadores denominan el miedo escénico, un ‘agudizar las orejas’ al que conduce la sobre excitación permitiendo enfrentarse a la situación (ataque) y superarla con bien.

Cuestión distinta es el miedo paralizante, el pánico, un estado de sobretensión que paraliza, que bloquea (incluso la fuga del escenario) y que impide actuar y de cuyo resultado se sigue la muerte o el ridículo, en cualquier caso, el fracaso.

Y en esta situación es en la que se encuentran numerosos trabajadores, paralizados ante el miedo al despido, por mucho que compensen (un 74%) su sensación de impotencia con una supuesta impresión de encontrar nuevamente empleo (mecanismo de sobrecompensación), lo que no deja de ser una simple disonancia cognoscitiva. ¿Les sorprende?

Ante este panorama, lo más lógico es que a los intermediadotes en el mercado del empleo les sobren proponentes espontáneos e inducidos ante cualquier nueva oferta, pues una reacción preventiva (fuga) consiste en buscar otras oportunidades ante las amenazas reinantes. ¿Puede esto tacharse de deslealtad? ¿Puede reprocharse de oportunista la proliferación del networking actual?

Mi conclusión, por simple que pueda parecer, es que en esta época uno de los principales activos de las empresas es y sigue siendo gestionar sus capacidades humanas. Y para ello se necesita saber definir un plan de futuro, comunicarlo y transmitir y crear la seguridad que hoy no reina en la mayoría de nuestras organizaciones.

¡Sálvense las que puedan!

© jvillalba

Algunos identifican comunicar con tener que decir, o con tener que informar con alguna práctica de emisión de mensajes, aunque sólo sea para salir del paso. No en vano, comunicar es hacer algo, pero algo que supera el decir, que va más allá del expresar; un algo más.

Quizá la confusión venga propiciada por el hecho de que se trata de tiempos verbales de acción y se infiera, entonces, que hay que actuar; es decir, que hay que hacer algo. Por lo que algunas fuentes deciden, en el ejercicio de su mandato, dejar de manar.

Pero sucede aquí que secarse no representa una dejación de la acción, sino que es -en realidad- el acto o la acción de (conseguir) hacer no hacer lo que hay que hacer o, si se quiere, el arte de hacer que parezca que nada sucede, que en este supuesto no hay algo que informar, decir o expresar… ni tan siquiera escuchar.

O, si se prefiere, se trata del acto de hacer pasar por verosímil que no es relevante dar de beber, ni existe el compromiso de hacerlo, para preservar inalterables los fines de la acción, o sus consecuencias, que podrían ser –a su juicio- la hidropesía.

Digo que algunos o algunas… porque cualquiera de nosotros sabe que todo, absolutamente todo, comunica, sin excepción, y que comunicar, lo que se dice comunicar, comunicamos –incluso- a nuestro pesar; de manera que el silencio habla por si mismo, informa amplificadamente, y decidir no comunicar ya, de hecho, está informando algo, o mucho, tal y como el castizo ‘Hacer mutismo por el foro’ revela las intenciones del dicente o las deja al descubierto haciéndole incurrir en contradicción manifiesta, que es el efecto que persigue. Decir, para no decir nada y dejarlo al albur de las interpretaciones, que no es como se comportan los auténticos silencios. Así actúan los sutiles, amparándose en el subterfugio, con falta de claridad para ganar algún margen de maniobra.

Desde luego que la falta, escasez o carencia de información por aquellos pagos donde otrora circulara el riego, se echa en falta y provoca que resulte enormemente reveladora la sequía: para empezar, da muestras  de falta de compromiso; para terminar, evidencia una falta de respeto. Y entre ambos extremos cae, por su propio peso, la credibilidad arrastrando consigo la lealtad que se derrama entre los surcos de las tierras sedientas y agrietadas.

No parece trivial defender ante algunos que informar trasciende al noticiario de turno cuando hablamos de comunicar, de conseguir efectos, de favorecer cambios. Tal vez la comunicación, cuando la entendamos como práctica profesional, comprometida, y no como concepto aislado, un etéreo más entre los intangibles, juegue un papel esencial en el progreso de las organizaciones o, cuando menos, de aquellas que aún no la hayan descubierto.

Pero lo que la comunicación nunca podrá (ni tan siquiera al servicio del aparato oligarca) será obrar milagros que requieran del concurso de todas las fuerzas intervinientes que han de tirar en la misma dirección y del mismo carro.

Sea como fuere, tanto si se está por la labor de hacer que la información circule (y quedémonos ahí), como si no, la comunicación, ya sea de un signo o de otro, por activa o por pasiva, ha de gestionarse en gerundio si lo que se prende es que actúe en determinado sentido, “a favor de obra”, que es lo mismo que decir controlada y comprometidamente a favor del liderazgo.

De lo contrario, la falta de comunicación se suplirá con el chirriar de los ejes sobre los que se asienta el carro empresarial. Y así, produciéndose el rodar sin lubricante, es probable que, quienes apuesten por la desinformación, supuestamente en pos de ciertos fines y no por ignorancia de la conjugación verbal, finalmente se encuentren con el efecto contrario al pretendido y les cueste aún más tirar del carro, pues ya se sabe cuál es la herrumbre del rumor y, por mucho que nos esforcemos, ciertas informaciones no resultará posible silenciarlas, ni en parte ni en su totalidad, ni tan siquiera ensalivando los ejes.

En esta crisis es posible que algunos, temerosos de que hacer circular la información alimente ciertos brotes indeseados, no se hagan atar al mástil de la cordura y sucumban al encanto de silenciarla; pero se harán un flaco favor, pues a su pesar fluirá, esta vez incontroladamente, porque demorar indefinidamente lo que inevitablemente, antes o después, por una u otra vía trascenderá, multiplicará los efectos justamente en sentido inverso al esperado.

Se da la circunstancia de que el silencio resulta atronador, siendo éste el primer indicador de racionamiento, escasez o falta de información. Interrogantes flotantes en el ambiente son el segundo indicio de sequía. Temor e incertidumbre, a resultas de vaguedades y falta de claridad, son el tercer síntoma de deshidratación. Incremento del murmullo y confidencias espontáneas entre iguales, como palos entre las ruedas trabados, son ya pruebas manifiestas de hambruna informativa.

Decidan ustedes, pero también sepan –para decidir- que no todo está en su mano decidirlo.

© jvillalba

Autor

Javier Villalba

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