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Tú vales lo que vales, pero “solo no vales nada”.

Una de las más conocidas recomendaciones de seguridad en la montaña es el consabido consejo: “Nunca vayas solo”. Dicha recomendación es válida para cualquier actividad al aire libre, desde la realización de una sencilla ruta de senderismo hasta cualquier otra gesta aunque alpinistas, escaladores y senderistas de todos los tiempos hayamos desafiado la soledad de cumbres, paredes de roca o hielo y caminos.

Un caso paradigmático fue el protagonizado en 1980 por Reinhold Messner (el primer hombre en hollar los catorce ochomiles), quien se enfrentaría en solitario al Nanga Parbat (8.125 m.), una cima que había hollado diez años antes ascendiendo por la vertiente Rupal, la cara Sur, junto con su hermano Günther, que pereció en el dramático descenso que se vieron obligados a realizar por la pared Oeste (vertiente Diamir). Pero dicha gesta –mayúscula- ni ha sido la única ni el referido protagonista ha sido el único -ni lo será- en procurarse el placer de encararse consigo mismo en la soledad de sus proyectos.

Sea como fuere y aún admitiendo el valor del aprendizaje del hombre solo -ante los desiertos caminos, las imponentes paredes o las enhiestas cumbres- enfrentándose a sus miedos y reconociendo sus límites frente a una dificultad que le sobrepasa, aprendiendo a decir “No”, asimilando la diferencia entre lo que resulta peligroso y lo que representa un riesgo objetivo, aprendiendo a renunciar sin rubor, sabiendo que ha de entrenarse hasta la extenuación para superarse un grado la vez siguiente, comprendiendo que estando solo tan solo es él enfrentado a sí mismo, se termina por comprender que el equipo es la llave para dar el paso clave que permitirá lograr y compartir aspiraciones.

Es entonces, en esos momentos en los que el autoengaño no conduce a lugar alguno, cuando terminas dándote cuenta de que adiestrarse es necesario, pero que el verdadero valor del entrenamiento está en disfrutarlo con otros. Compartir, aquí, dota de un sentido superior a la vivencia que se experimenta. Lo que no quita para que busques momentos en los que te quieres encontrar contigo mismo sin otros estímulos que demanden tu atención para ese encuentro.

Posiblemente es una lección que se aprende de joven cuando, encaramados a un reto cuya verticalidad se nos impone a plomo, en determinado momento tomamos conciencia de que un simple fallo, por anecdótico que fuere, podría dar al traste con ilusiones hondamente gestadas.

Quienes se aventuran lo tienen muy claro, aunque algunos de ellos se embelesen en la práctica del solo integral. No podemos perder de vista que el solipsismo es una opción para realizar un viaje interior que también nos conviene de vez en vez, pero nunca en exclusiva.

La imagen de la cuerda, a modo de un cordón umbilical capaz de transformar el peligro inespecífico en riesgo calculado, representa un eje de confianza que crea equipo, un hilo de comunicación que embarca en el mismo proyecto a dos compañeros de cordada, cada uno amarrado a cada extremo de ese eje de complicidad, una argamasa mediante la cual se comunican para complementarse, contribuyendo cada uno a la progresión de ambos, largo a largo, para ganarle metros al suelo; relevándose a cada tramo. Asumiendo alternativamente, uno y otro, la mayor responsabilidad del avance y la mayor responsabilidad de cubrir la progresión del que asume la cabeza de la cordada, un seguro o salvaguardia, soporte o paracaídas, que inspira confianza para dar un paso más. Un trabajo milimétricamente tejido en equipo, relevándose en las responsabilidades, equipando y desequipando tramos, tomando el reemplazo hasta hacer cumbre, una empresa común que no termina hasta que ambos regresan a la placidez del valle; una unión que persiste incluso más allá del reino del silencio porque compartir la misma cuerda crea complicidad.

La montaña, los caminos verticales y solitarios, los territorios emblemáticos, la soledad de cumbres señeras, el reino del silencio que se alza sobre las nubes, nos enseñan que tú vales lo que vales, pero que “solo no vales nada”.

© jvillalba

Imagino un futuro en el que las empresas que piensan diferente contraigan organigramas y aplanen estructuras para deglutirlos y transformarse en organizaciones “redondas”; empresas que se  organizarán en torno a una comunidad de intereses, con los de dentro y con los de afuera, adquiriendo una fuerza que las impulse a rodar para abrirse camino y superar obstáculos.

Empresas esféricas cuyas membranas exteriores sean transpirables, dejándolas respirar, pero aislándolas lo justo para mantener un microclima que rezume complicidad y ofrezca protección ante inclemencias o crisis o recesiones porque no dejan de rodar y van por delante, anticipándose, abriendo caminos donde antes no los había. Empresas a cuyo rebufo es presumible que se guarezcan otras.

Imagino una retícula casi imperceptible, un halo de finísima superficie, pero suficiente para percibir a esas organizaciones desde la distancia lo justo para reconocerlas; una delgadísima película permeable que a un tiempo facilite la transferencia del interior al exterior, evacuando valor, y, viceversa, para recibir nutrientes.

Me figuro empresas “redondas”, confortables, en movimiento constante, funcionales, fluyendo en continua interacción con el exterior, retroalimentándose, porque cada elemento suma, porque cada sujeto contribuye y porque cada rodada impulsa la siguiente.

Esta mañana en la ducha he recordado este sueño. Como tantas veces sucede con lo onírico esta vez se trataba de un suceso visual; me encontraba –ésa era la sensación- como si estuviera buscando algo en una monumental biblioteca de origen remoto, entarimada, un espacio lleno de lo que parecían libros, polvo y telarañas, a imagen de esos templos arquetípicos que se recrean en las películas de Indiana Jones y que consiguen trasladarte a otra dimensión. Lo que sucedía acontecía a mí alrededor y se iba produciendo como si lo visualizara en 3D, proyectándose en una atmósfera cargada, enrarecida, espesa, únicamente iluminada por el suceder de los fotogramas. Me se sentía abobado, como cayendo en la cuenta de algo evidente, teniendo al mismo tiempo una sensación de obviedad y sorpresa. No me he resistido a contarlo.

Las organizaciones que pretendan tener futuro han de contar con estructuras flexibles, evolutivas y dinámicas, organizándose en red, una red de fuerzas que impulsa la esfera, entendida como una expresión de la equidistancia o del equilibrio de fuerzas e intereses, singulares y exteriores, haciéndola rodar sin trabas ni cortapisas.

© jvillalba

No más de quince espectadores nos reunimos el sábado pasado en una sala en la que se proyectó la última película dirigida y coproducida por George Clooney. Los que fuimos juntos convinimos, a la salida, que la adaptación merecía la pena; coincidiendo, esta vez, con la crítica mayoritaria.

El mensaje principal, sencillo: “el poder corrompe”. La trama, bien urdida. El guión, bien resuelto. La moraleja, consabida: la historia se repite. La conexión con nuestras vidas, creíble: “la ambición seduce”. La conclusión, el círculo está viciado.

Un político bienintencionado que cada vez que trazaba una línea sobre la arena se ve obligado a dibujarla un poco más allá del límite que se había impuesto (¿les suena?); renunciando a sus ideales.

Un director de campaña forjado en el esfuerzo y la lealtad que sale perdiendo (¿les resulta familiar?).

Un jefe de prensa con criterio y capaz, animado por unos ideales, que se termina hundiendo en el fango para (curiosamente) salir a flote (¿les extraña?).

Una reportera del Times que juega aquí el rol del ‘vidente del César’; simbólicamente representado por el jefe de prensa.

(¿No somos, cualquiera de nosotros o nosotras, los Césares de nuestros imperios?)

Los personajes, bien dibujados. El escenario, bien descrito. Un cabo suelto: la inexplicable muerte de una becaria que le permite al jefe de prensa extorsionar al candidato y quitarse de encima a quien antes le había aleccionado (familiar, ¿no?); exigencias del guión, en este caso justificadas, para sostener el leitmotiv del mensaje.

Un film de presupuesto ajustado en el que no se echan de menos otros efectismos, y cuyos beneficios llevan la etiqueta de exitosos.

Una obra adaptada para pensar y debatir, una película para la reflexión sobre la distancia que media entre las convicciones y la lealtad, pasando por la moralidad, en la que cobra un papel principal la comunicación como elemento central de nuestras vidas, que bien puede ponerse del lado de la transparencia como del lado de los intereses de parte, pervirtiendo lo que llamamos estrategia.

Un guión en el que los personajes se van autodefiniendo sobre la base del estilo de comunicación por el que finalmente optan, expresando así su personalidad, adaptando su manera de comportarse y fijando la visión del mundo que hacen prevalecer y, en consecuencia, de sus vidas.

Una cinta que les recomiendo porque su mensaje me parece ejemplar.

Decidan ustedes el precio del poder, o del supuesto éxito social; nuestra libertad también consiste en eso. En decidir quiénes nos proponemos ser y hasta qué punto somos capaces de lograrlo.

© jvillalba

En esta pugna que tenemos entre quienes defendemos las bondades y conveniencia de democratizar la Conversación y quienes se muestran reacios a escuchar, siempre en algún momento surge la pregunta: “Y… ¿para qué las redes sociales?

Esta pretendida búsqueda de la finalidad, ante un fenómeno que nos invade inevitablemente, me recuerda mi lucha por la montaña1 cuando de pequeño sentía la imperiosa necesidad de subir montañas ante el espasmo de mi familia que presagiaba incontables accidentes y echaba mano de la prensa con cada tragedia.

Entonces resultaba complicado explicar una y otra vez los porqués, dar infinitas razones, participar sensaciones y experiencias, transmitir íntimos sentimientos o narrar hazañas, exploraciones, descubrimientos… sensamientos; esa mezcolanza de pensamientos entretejidos con imbricados sentimientos.

Ante la reiterada pregunta, cada vez me afirmo más en la respuesta “Porque están ahí

Ésa es la frase con la que George Herbert Leigh Mallory respondió en 1923 a un periodista que le interpeló sobre las razones que impulsaban a los británicos a conquistar la cumbre del Everest.

Ésa misma es mi respuesta hoy. Ya no me esfuerzo en justificar mi anhelo por la montaña y debería serlo cuando, pensando en no contestar, hago un silencio e inspiro para recobrar fuerzas antes quienes percibo que me preguntan sin ánimo alguno de atender mis palabras y ya tienen la respuesta preparada para devaluar el argumento que sea.

Orillado en el coche, me preguntaba ayer: ¿para qué? ¿Y si tuviera que dar mis razones2 sin verme forzado a justificar ROI’s & IOR’s… simplemente mi lista de motivos? ¿Qué me diría a mi mismo sin sentirme en medio del forcejeo argumental? Sin pensármelo dos veces alargué la mano a la guantera y me armé con pluma, cuaderno y 30 razones (mi propia Lista Metterling3).

© jvillalba

1. He tomado esta frase del título de uno de los libros de mi apreciado César Pérez de Tudela.

2. Las 100 razones de Best Relations

3. Mi Lista Metterling

  1. Difundir/conocer lo que sucede en el acto (actualidad). Transmitir con agilidad (gestionar sucesos, amplificar mensajes relevantes).
  2. Eliminar los escalones tradicionales de la comunicación.
  3. Simplificar trámites (desburocratizar ciertas gestiones).
  4. Participar/convocar actos, eventos…
  5. Contextualizar. Informar.
  6. Crear-recrear la realidad. Centrar la agenda de actualidad (setting)
  7. Ordenar la discusión, dotar de marco las conversaciones (framing)
  8. Escuchar (monitorizar)
  9. Preguntar (encuestas/sondeos rápidos, fáciles, económicos).
  10. Pedir, dar y recibir feed-back.
  11. Ampliar ópticas, adoptar nuevas perspectivas.
  12. Compartir información e intereses (gestionar conocimiento y relaciones).
  13. Buscar, filtrar, seleccionar (depurar intereses informacionales y relacionales).
  14. Seguir información de interés (relevante).
  15. Aprovechar el talento (generar valor/generar ventajas).
  16. Corregir defectos; erradicar fallos. Aprender de los errores.
  17. Viralizar acciones (propagar efectos).
  18. Acercar personas y personalidades (proximidad). Administrar diferencias/gestionar la confianza. Crear lazos.
  19. Influir en la conversación (fomentar actitudes/gestionar comportamientos).
  20. Incrementar la participación útil. Crear hábitos contributivos.
  21. Educar en el autocontrol (autorregulación de la libre expresión). Educarnos/convivir. Madurar.
  22. Dar visibilidad a las personas. Reconocer públicamente sus méritos. Tener opción de gestionar la popularidad/notoriedad.
  23. Expresarse. Expansionarse. Satisfacer inquietudes. Fomentar la creatividad (innovar).
  24. Aprovechar ventajas. Crear capacidades (productividad, rentabilidad, beneficios).
  25. Transformar la estructura jerárquica tradicional en una esfera relacional (multidireccionalidad).
  26. Descentralizar. Aplanar, democratizar (organización circular).
  27. Ganarse el liderazgo. Incrementar la notoriedad directiva (gestión de la credibilidad).
  28. Crear historia. Crear comunidad (integrar).
  29. Crear cultura. Hacer empresa.
  30. Centrar la propuesta de valor (EVP). Crear marca interna (vincular). Recrear la marca.

:: Ver en YouTube ::

La música (“Altair”) para esta composición se la debo a David Caballero.

Noviembre de 2010 © jvillalba

Una de las pruebas de que la comunicación (el diálogo social) no funciona es la huelga de metro. Parece ser que quienes contienden en defensa de los supuestos intereses de los trabajadores les piden a éstos, como sucedió en la pasada convocatoria con los funcionarios, que dejen de percibir el salario no trabajado por sumarse a la convocatoria de huelga. O, como en este caso, que asuman el riesgo de un despido procedente por incumplimiento de los servicios mínimos.

Esta mañana en Madrid los había que explicaban –nadie pone en duda el derecho a la huelga- la necesidad de hacer ruido y de movilizar a la gente para que Gobierno y empresarios escuchen a los oficiantes. No sé si el argumento es consistente, pero si no se hace nada, nada cambia. Esto parece al menos verosímil.

En las huelgas veo que perdemos todos: primero los trabajadores que se manifiestan previo pago de su derecho a no acudir al puesto de trabajo; seguidamente los ciudadanos, a quienes se causa un perjuicio notorio: no pueden acudir a trabajar o tienen que afrontar numerosos inconvenientes para personarse en el lugar en el que debieran estar, a los que muchos llegan tarde. Consecuentemente, gentes de toda condición, que utiliza los transportes públicos para resolver distintas necesidades, ve quebrados sus derechos a ir al médico o de hacer cola para gestionar determinados asuntos o se ven privados de visitar y atender a otros familiares o se les impide acudir en busca de trabajo o de llegarse a tiempo a otra cita… O no pueden desplazarse desde el aeropuerto o desde cualquier otra estación de llegada. O tienen que optar por el vehículo privado o por invertir parte del recurso semanal en un taxi –si lo encuentra-.

Metro también pierde –he ahí el argumento de la codicia: la pérdida de ingresos- y entre tanto los miembros del Gobierno experimentan las molestias de -si llegara el caso- transitar por la ciudad con mayor densidad de tráfico, en sus coches oficiales, para –supuestamente- ejercer, como los demás –a quienes también se nos las suponen-, sus funciones.

Además del empobrecimiento económico que representa para el país –otros se encargarán de estimar los datos-, un efecto principal que tienen las huelgas es el eco que despiertan en los medios de comunicación social –necesitados de noticias-, así como sus posibles repercusiones, en la opinión pública, socavando la imagen de los gobernantes, que es frente a quienes hay que actuar.

¿Vale la pena? Me gustaría saber el ejercicio que hacen de su voto los huelguistas, como también me agradaría comprobar que ejercen sus derechos sin menoscabo de los de otros. Reconozco que encontraría regocijo en la búsqueda de nuevas fórmulas de protesta o de reivindicación capaces de ejercer la presión suficiente sobre los poderes fácticos como para poder encontrar, y pactar, un punto de equilibrio en tanto se resuelven discrepancias ante intereses, posiblemente en un primer vistazo, contrapuestos. ¿Dónde están las huelgas 2.0?

Y es que la comunicación y el arte de la negociación fallan cuando se instruye el principio de la imposición como consecuencia de un mal entendido desequilibrio de fuerzas, pues sucede que no estamos para servir a los Gobiernos, sino nuestros representantes a nosotros; es decir, a la sociedad, como también las empresas.

Se impone, también en esto, un cambio de perspectiva.

A poco que se escudriña el panorama de actualidad, a uno no le queda más remedio que reconocer que nos encontramos en pleno S. XVI.

¡Y a mí, qué!

© jvillalba

“Nadie es tan bueno que no pueda mejorar”

Al caer entre mis manos ‘selfplacement’, que acaban de presentar esta semana José Luis Delgado Guitart y Fernando Marañón (autor de ‘Reinvéntate’), tenía otra expectativa.

Según leía me venían desde el recuerdo las primeras escenas -geniales- de una  comedia de Walt Disney, en la que Dick Van Dyke representaba el papel de un piloto de caza norteamericano, abatido sobre el Pacífico, durante la IIGM.

Aquellas cómicas escenas parodiaban la utilidad del uso, por parte de los soldados, de los manuales de supervivencia en situaciones límite. Guías de autoayuda con las que el Ejército pretendió suplir la falta de entrenamiento de aquellos noveles combatientes.

El planteamiento de este pequeño libro me ha recordado a aquellos manuales TIWI (acrónimo que creo recordar proviene de training in work yourself), solo que, en esta ocasión, dirigido por terceros y aplicado a la construcción de la marca personal, como paso previo para la impulsión de la propia carrera profesional; de ahí el marchamo coaching de carrera con el que rotulan su actividad los autores.

El objetivo de la publicación de Delgado y Marañón, cuyo público objetivo son (1) los profesionales en celo promocional, (2) alumnos de escuelas de negocio, (3) universitarios en los últimos años de carrera y, por extensión, (4) las empresas que se planteen adoptar el selfplacement como herramienta en los procesos de promoción interna, me parece que se dirige más por la vía publicitaria (captación de clientes) que por la del conocimiento.

Con todo, las 68 páginas conforman un prontuario que arroja alguna luz y método para quienes, no habiéndolo hecho ya, sientan el deseo de adentrarse por aquellos caminos iniciáticos de nueve estaciones, una vez se sepa a dónde se quiere llegar (objetivo profesional).

  1. Determinar las propias fortalezas.
  2. Eliminar barreras fantasma (autolimitaciones).
  3. Actuar; hacer algo.
  4. Identificar oportunidades; encontrar alternativas.
  5. Diferenciarse.
  6. Ponerse en manos de terceros expertos (sherpa-coach).
  7. Aplicar el entrenamiento autógeno (que aquí adopta el formato de slogan para recitarlo reiteradamente e in crescendo, entonado al modo de los mantras).
  8. Construcción de la propia marca: atributos YO, S.A*., autoconocimiento, DAFO.
  9. Comunicar la marca propia y monitorizarla: autoventa + egosurf. (social media)

Extraigo, de la estación 8, los 8 atributos que, bajo el juicio del debe/deber ser, proponen: Auténtica. Especializada. Diferente. Alineada**. Visible. Persistente. Positiva.

Como corolario, un resumen del proceso que ofrecen dirigir.

Llegado aquí, y entre otras muchas, me pregunto por el monto de felicidad que este servicio puede despertar.

© jvillalba

* ¿No sería mejor Yo, S.L.? | ** En el original: “Conecta con tu público objetivo”

Selfplacement: un método práctico para el desarrollo de la carrera profesional y la construcción de la marca propia. Ediciones La Espiral Escrita. ISBN: 978-84-613-9834-8. DL: SE-1870-2010. No se encuentra a la venta por los conductos al uso, pero existe la posibilidad de contactar con los autores mediante el buzón: info@selfplacement.es.

La Semana Santa supone, para unos y otros, un paréntesis, más largo o más breve, pero ‘tiempo muerto’, al fin y al cabo, entre ‘asalto’ y ‘asalto’; una ocasión para desconectar del trabajo, pero sin entidad suficiente como para desencadenar el llamado síndrome postvacacional (SPV) que aqueja a un tercio de la población después del periodo estival.

Ello no quita para detenerse unos minutos a la semana y escuchar la sabia propiocepción, examen que ofrece algunos pequeños indicios que ponen sobre la pista del grado de satisfacción con la actividad que para la mayoría representa nuestro medio de vida.

Con motivo del reencuentro con el día a día, le invito a recapacitar sobre el interés que le despierta su trabajo, el grado de realización que le permite y el ambiente humano en el que se desarrolla su jornada laboral, para lo que le propongo un sistema de autoescucha que le permitirá empezar a establecer un diálogo consigo mismo para hablarse del nivel de adaptación que tiene con su situación actual, primer paso para revisar su proyecto de vida y afirmarse o reformular su visión interior.

Si su trabajo le resulta estimulante, probablemente no le cueste levantarse de la cama, es muy posible que le atraiga acudir a su trabajo y seguramente lo haga con buen ánimo y con cierto ritmo vital; cabe la posibilidad de que suela llegar pronto y se organice para salir a su hora; a menos que tenga alguna dolencia diagnosticada o padezca alguna enfermedad reconocida, su tono muscular será firme, pero estará exento de rigidez, se notará bien en general, descansará por las noches y, normalmente, se considerará en buena forma. Probablemente, y dentro de lo posible, habitualmente procurará acostarse a una hora prudente para descansar y poder afrontar la jornada siguiente en las mejores condiciones.

Si no llega a esta conclusión, puede que le interese replantearse la visión que tiene de su trabajo, y de si mismo en dicho empleo; en el peor de los casos puede empezar a barruntar un cambio de trabajo, pero si no cambia su visión interior y, como consecuencia, su estilo de vida y, por ende, su enfoque sobre la trascendencia de la actividad que realiza, un cambio de trabajo por si mismo no le dotará de los mecanismos de enriquecimiento que parece necesitar para empezar a disfrutar de la actividad que consume, cuando menos, un 33% de su tiempo diario o, si lo prefiere, un 50% de sus horas de vigilia.

Su vida se lo agradecerá, usted saldrá ganando y su familia también.

Trece escuchas

1. ¿Le cuesta levantarse por las mañanas?

¿Diría que siente como que un ‘peso’ le impide dar un salto de la cama? ¿Se hace el remolón en la cama, por las mañanas? ¿Tarda tiempo en despertarse e incluso después de la ducha se le cierran los ojos en los transportes públicos? ¿Si se desplaza por sus propios medios, y ocupa el lugar del copiloto, tiende a dormitar en el trayecto? ¿Admite usted que es de los que les cuesta terminar de despertarse y ponerse en marcha? ¿Llega con sueño al trabajo?

2. ¿Se nota cargado de energía?

Considere el estado de ánimo con el que llega a su puesto de trabajo y trate de reconocer e interpretar signos físicos en su cara: ¿tiene los músculos faciales relajados o ligeramente contraídos? ¿Nota tensión en las mandíbulas o siente una ligera torsión en los pómulos?  Revise su tono muscular: ¿Tiene la musculatura caída, nota la fibra lisa ligeramente estirada, diría que siente un cansancio generalizado? ¿Tiene dolores de espalda, lumbalgias o algún otro aunque sea difuso?

3. ¿Con qué ritmo camina?

Reflexione sobre sus pasos. ¿Se ha parado a pensar si su marcha, de lunes a viernes, es rítmica o si camina arrastrando los pies hacia el trabajo? Por el contrario, al término de la jornada ¿sale deprisa, su ritmo es acelerado, está deseando marcharse?

4. ¿Cómo es su mirada?

¿Tiene los ojos entornados o muy abiertos? ¿Su mirada es triste o vivaz? ¿Le brillan las pupilas? ¿Tiene los ojos enrojecidos? ¿Su mirada está perdida? ¿Le han hecho últimamente algún comentario sobre su mirada?

5. ¿Siente ganas por llegar?

Con independencia de incorporarse a la hora que fije su turno, ¿se toma con calma la llegada al trabajo, prolonga su entrada, se entretiene hasta el último minuto antes de ‘fichar’? ¿Acelera su marcha cuando va al trabajo para ingresar en punto, o antes? ¿De camino al trabajo, se entretiene ordenando en su mente los asuntos del día? ¿Suele llegar antes de que dé su hora? ¿Ha tenido que recuperar tiempo, en algunas ocasiones, por haber llegado tarde?

6. ¿Tiene la sensación de perder el tiempo?

¿Diría que, habitualmente, al término de la jornada está usted con las ‘manos llenas’? ¿Cree que ha producido y siente que ‘ha hecho algo’ que tiene valor? ¿Marcha a casa con la idea de haber perdido el tiempo? ¿Considera que su trabajo no tiene enjundia alguna?

7. ¿Está deseando que ‘toque la sirena’?

Piense si lo mejor del día es, con diferencia, la salida del trabajo y si se pasa la jornada deseando que dé la hora de partir. Calcule si habitualmente es capaz de cerrar su in-basket unos minutos antes de marchar o si con frecuencia no consigue salir a su hora.

8. ¿Le gustaría prejubilarse?

¿Usted diría que es de los que prefieren prolongar su vida laboral hasta los 70 años o que, por el contrario, y si pudiera, se acogería a una prejubilación siempre y cuando las condiciones fueran ventajosas? ¿Le gustaría dar el paso a quienes les siguen y pasarles el testigo? ¿Cree que lo que no ha logrado no lo va a lograr en los años que le restan de actividad? ¿Piensa que usted ya ha cumplido? ¿Tiene algún plan por desarrollar en su profesión?

9. ¿Le agradan quienes le rodean?

Revise qué relaciones tiene en el lugar de trabajo, valore cómo son y cómo se producen las interacciones y concluya si tiene la impresión de enriquecerse con el trato de los demás o si, cuando menos, le resultan gratas las personas con las que comparte oficio y actividades. ¿Cómo es su ambiente de trabajo? ¿Resulta fácil la convivencia? ¿Tiene conversaciones que trasciendan la dinámica laboral? ¿Conoce los gustos de sus compañeros? ¿Le resultan molestos los hábitos de quienes le rodean? ¿Sabe qué les hace felices? ¿Conoce su sociograma familiar? ¿Sabe dónde han estado las pasadas vacaciones y lo que han hecho? ¿Sería capaz de explicar el trabajo de sus compañeros?

10. ¿Qué le parece su ‘jefe’?

Piense por un momento qué tipo de relación sostiene con quien le manda ¿Toman café de vez en cuando, nunca o a diario? ¿Podría demostrar que tiene alguna de complicidad con su superior? ¿Le parece un buen ‘jefe’; es competente; le trata con respeto; siente que verdaderamente valora su trabajo y le valora a usted? ¿Tiene alguna prueba de que su mando se apoya en usted y lo reconoce abiertamente?

11. ¿Con qué humor se encuentra?

Nuestros estados de ánimo varían como también oscila nuestro humor, si bien lo normal es que dichos cambios de grado sean, por lo general y a excepción hecha de acontecimientos especiales, moderados.

¿Cómo suele sentirse, con buen o con mal humor? ¿Dicen de usted que es un malhumorado o le tienen por persona muy agradable? ¿Se nota irritado en el trabajo porque hay ‘cosas’ que, con toda razón, le sacan de quicio? ¿Se encuentra de malhumor, pero no sabría decir en concreto por qué? ¿Es usted de los que son tildados de ‘malas pulgas’? ¿Se saludan amablemente entre compañeros? ¿A la hora del café prefiere cruzar de acera para no toparse de bruces con gente que considera indeseable o maleducada? ¿En ocasiones se altera y pierde los modales? ¿Es usted es un ejemplo de persona equilibrada y de moderación para quienes le rodean?

13. ¿Y los fines de semana?

¿Reconoce que los fines de semana le entusiasman y que al término de los mismos le entra un ‘bajón’? ¿Los domingos por la tarde alberga la fantasía de no tener que ir a trabajar los lunes? ¿Se le pasa por la cabeza buscar alguna excusa para no ir a trabajar el lunes? ¿Los domingos se suele acostar más bien pronto o más bien tarde?

12. ¿Ha aprendido a conciliar?

Dígase con absoluta sinceridad si invariablemente no tiene hora de llegar a casa, sea cual fuere la causa con la que se justifica, y si reiteradamente su jornada supera con creces las ocho horas. Si es así, quizá debe usted olvidarse de los párrafos anteriores y puede que le viniera bien asociarse a trabajadores anónimos por si ello le ayudara a desintoxicarse, pues créame, más saludable me parece tomarle adicción a la vida (se sobreentiende que ello afecta a todas sus dimensiones)

© jvillalba

Hoy he conocido a Sylvia –no cometeré el error de trazar su retrato; le restaría el ápice de misterio que me he propuesto en este post-, que nos ha regalado un pequeño libro con un gran mensaje: la comunicación.

[Una comedia en tres actos y dos anexos]

La comunicación, pero la que hace, o ayuda a hacer, “másclaro”, dos palabras comulgadas en solo término que suena a rotundidad, lo que ya te invita a escucharlas.

Sylvia ha relato su oferta de servicios: consultoría de comunicación, centrada en soluciones y estrategia de comunicación –sobre todo la interna-, y formación (vivencial, por lo que he colegido). Dos ingredientes sencillos, pero cargados de futuro.

Lo dejo ahí, en dos mujeres, de las que he conocido a una que se expresa con un habla distinto, detrás o delante de la que hay una extensión de domino punto net en la que figuran cinco mujeres. Una es ella, la fundadora. Y se le nota en la expresión.

¿Qué aportan? No lo sé, pero intuyo que el lado femenino de la comunicación para la empresa, un ingrediente cada vez más necesario, seguramente lleno de frescura, no por cuestión de género, pero sí por el lado de la emoción; y con toda seguridad la independencia de su mirada, un ejercicio cada vez más irrenunciable para quien se atreva a testar su modelo relacional en levitación, sin lastres, en epojé, ligero como en un sueño, en busca de un feed-back presuntamente novedoso y de una propuesta de alternativas para reinventarlo.

Lo hemos dejado ahí; en suspenso. Y ahí lo dejo caer, por si a alguien le interesa.

A mi sí.

© jvillalba

Escuchando a Echanove me refuerzo en la convicción de que las enseñanzas de Stanislavski representan un plus en el acervo de todo comunicador.

[podcast]

Interpelada por la ley del aborto, la actual ministra de cultura, Ángeles González Sinde, nos brindó un ejemplo de libro, que dio pié a la chanza en la que se cebó la radio de Libertad Digital en descrédito de una ministra que no deja indiferente y que se ha ganado la popularidad a pulso entre los internautas.

El corte radiofónico lo difundió la autodenominada cadena de radio generalista, esRadio, el 4 de marzo.

La enseñanza no aporta nada nuevo, simplemente es un ejemplo más de cómo los medios recrean, estuchan y distribuyen los productos para servir a sus propios intereses ideológicos, ofreciendo la información versionada, cuando no claramente interesada, envasando píldoras informativas amparados en el argumento de la carestía del tiempo o del papel, según el medio.

En esta ocasión parece claro que o la ministra no sabía la respuesta o no se había preparado para las posibles preguntas que podrían hacerle, lo que le llevó a balbucir e improvisar una respuesta pretendiendo mostrar conformidad con la postura de su partido. Queda claro que reaccionó de manera deslucida y, como suele suceder con los medios, un acto desafortunado de un personaje público, o de un portavoz, encuentra inmediatamente amplificación mediática –como así ha sido o como lo fue, no hace tanto tiempo, con el epíteto que verbalizara la presidenta de la comunidad de Madrid-.

Como se sabe, los ejemplos son numerosos.

© jvillalba

Autor

Javier Villalba

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Sólo una cosa convierte en imposible un sueño, el miedo a fracasar…

Apolo recorrió la tierra y los infiernos... Sumido en un sueño profundo surcó la grande mar a nado y bajó hasta las profundidades abisales en busca de sí mismo...

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