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Arenga de Pep Guardiola en la Supercopa de Europa (2009)

Declaro que no soy aficionado al fútbol, que mi ignorancia es manifiesta en materia tan aviesa para mí y que no sigo información alguna sobre el citado negocio.

Con todo, es imposible inhibirse del bombardeo mediático que airea por doquier algunas de las cosillas que por ese mundillo suceden. Así nadie es ajeno al fenómeno Guardiola, ni tan siquiera yo.

Según parece, todo el mundo atribuye a Guardiola el éxito del FCB. No me parece descabellado que el ‘jefe-entrenador’, que antes ejerció de ‘empleado-futbolista’, asuma la responsabilidad de los éxitos y fracasos del ‘equipo-plantilla’, pues no en vano a él corresponde la responsabilidad de hacer que su equipo –la plantilla que circunstancialmente tiene asignada- logre alcanzar los objetivos que toda ‘empresa-futbolística’ tiene fijados para el ejercicio.

Según lo que llevo medio oído, medio leído, la directiva del FCB ha movido ficha para renovar el contrato de su entrenador, pues en virtud de las declaraciones emitidas en TV aquellos no conciben el próximo ejercicio sin el Pep Guardiola al frente del equipo. Dicho en castellano, para dicha directiva Guardiola es insustituible ahora mismo, si bien es muy posible que sea prescindible y de hecho lo será un día u otro.

Guardiola ni juega en el campo ni pega patadas al balón ni suda la camiseta ni hace jugadas magistrales ni regatea ni… ‘da un palo al agua’. No soy entendido, ya lo dije, pero mucho me temo que un partido se juega desde antes (estrategia, planificación, entrenamiento, tácticas… mentalización), durante (seguimiento atento desde el banquillo, reorientar acciones de jugadores, provocar cambios en el ‘once inicial’, readaptación de tácticas… formulación de consignas) y después (análisis de aciertos y errores, reconocimiento de méritos, reorientación y animación de ineficiencias, asimilación de experiencias, valoración de resultados… y proyección a futuro), lo que informa de que la ‘delegación’ de la jugada en los actores del partido no exime a la dirección del equipo ni de presencia (involucración) ni de responsabilidad en el resultado (compromiso).

¿A qué pueden deberse los éxitos de Guardiola? No lo sé, pero barrunto que sabe lo que se hace con la plantilla de jugadores porque él tiene la acreditación de exfutbolista, luego es muy probable que tenga una mayor capacidad de comprensión y de empatía con los miembros del equipo, con el que se puede sentir cercano, y además sabe qué se ‘cuece’ en el terreno de juego.

Por sentido común pienso que otros habrá habido, e incluso que los hay en activo, que antes fueron cocineros que frailes y que no han obtenido los resultados de Guardiola. ¿Cuál es la diferencia? ¿Y a mi me lo pregunta? ¡Vaya usted a saber!

Lo que sí he percibido –las pocas veces que he prestado atención a la TV- en el denominado, por los medios, ‘comunicador’ Guardiola es que suele mostrarse natural, sencillo, humilde, respetuoso con sus competidores, fiel a su equipo y afirmado, pero no rígido, en algunos cortes de declaraciones y ruedas de prensa que he medio escuchado. Tras los éxitos, traer a colación el próximo reto en vez de embelesarse en las mieles del triunfo. Me da, por olfato, que el Pep es un ‘jefe-entrenador’ que goza del respeto de su ‘plantilla-equipo’, que es en donde muy probablemente él sabe que descansan sus triunfos y su consideración por parte de la directiva del club.

¿Qué sería Pep Guardiola sin su equipo? Tiendo a pensar que Guardiola tiene la visión de que el entrenador está al servicio del equipo, lo que le permite sacar de cada uno de ellos lo mejor de sí, pero para agregar valor al fin común: que el equipo gane y se posicione, no que destaque un jugador en demérito de los demás.

Como de muchos otros que saben inspirar su impronta, se prescindirá antes o después de Pep, que será sustituido por otra persona que haga sus veces, pero no su misma ‘vez’, la que él hace, por lo que siendo sustituidos somos irreemplazables.

© jvillalba

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_ ¿Cuántas veces hemos oído aquello de “nadie es imprescindible”?

_ ¡Tantas que ya nos lo creemos!

El lenguaje es un generador de realidades, pero los términos ‘realidad’ y ‘la realidad’ ni son sinónimos ni significan lo mismo aunque fonéticamente lo parezcan. El primero nos lleva al terreno de la verosimilitud, mientras que el segundo nos conduce a la frontera  de la verdad; aquél cimenta el consenso sobre el artificio, más o menos creíble; éste se ampara en el imperio de la (cuasi) objetividad, de lo contrastable e incontrovertible… Al final, los hechos no son lo que son, sino que son el significado con el que dotamos, mediante la persuasión y el encantamiento, a los acontecimientos.

La construcción de la realidad, una o muchas sucesivas, entre un conjunto de realidades posibles, es una de las actividades a las que nos entregamos humanos y sociedades y que configura la principal prioridad del poder. Y es que las palabras seducen y el lenguaje es una de las evidencias más patentes de su omnímoda influencia (instrumento que algunas organizaciones desaprovechan ostentosamente –aprovecho para decir-). Hay que construir historias

Historias que pasan a erigirse en referentes principales del imaginario popular admitiéndose como si de auténticas verdades (leyes naturales) se tratara, como sucede con la mencionada lexía “Nadie es imprescindible”.

_ ¿Están ustedes seguros?

_ Me temo que estamos jugando a justificar medidas.

Cuando argumentamos esa verdad lo que estamos tratando de decir, en realidad, es que ninguna persona tiene la condición de ser cuerpo y alma de un negocio, empresa u organización y, por ende, su desaparición (o depuración) no afecta a la marcha o vida de tales grupos, que son independientes de los miembros.

_ ¿Están ustedes seguros?

“Yo quiero sobrevivir, ganar… para sobrevivir a una guerra hay que transformarse en guerra. Yo soy prescindible, es como si alguien te invita a una fiesta, tu no apareces y a nadie le importa.”

Creo que intencionadamente se ha sustituido el término en esta frase verosímil. Si bien es cierto que, como anunció Rambo, “Yo soy prescindible”, también lo es que “Yo soy insustituible”, que todos nosotros lo somos, pues –para empezar- cada uno de nosotros somos irrepetibles. Y si ponemos en contexto las realidades, lo que acontece y se demuestra es que, cuando alguien, una persona concreta, falta o se ha dado de baja o desaparece o fallece, familias, escuelas, universidades, negocios, empresas, organizaciones… clases y grupos… sienten un vacío (en otras ocasiones un alivio) que no se puede colmar, aunque sí reemplazar.

En términos de gestión de personas, de su valor único y excepcional –sin ambages, con normalidad- cuando se decide prescindir de alguien que “lo ha dado todo” por un proyecto, que lleva su impronta, que se nutre de su inspiración, el proyecto proseguirá –sin duda-, pero lo hace con otro estilo, se empapa de otra alma, tiene otro talante… y muy probablemente cambie de rumbo. Esto todos lo sabemos.

Siendo así, seguramente somos prescindibles cuando se persigue prescindir de los significantes, pero sin duda somos insustituibles en el valor que tenemos, en nuestros significados, con nuestras diferencias e intencionalidades, con lo que se cumple la segunda acepción de la RAE que confiere a imprescindible: en nuestra condición somos “necesarios, obligatorios”, que es justamente lo contrario de prescindible (¡Que no se nos ‘abstraiga’, por favor).

Cuestión distinta -y sin embargo íntimamente relacionada- es que a alguien le importe o no que sigamos en esta ‘fiesta’.

© jvillalba

Autor

Javier Villalba

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