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Transcripción:

“Gracias”

 

Es esta la más bella palabra que puede sellar el término de un viaje.

Ha sido este un periplo fascinante. Lo inicié en solitario, pero no haría honor a la verdad si no estuviese dispuesto a reconocer que desde el inicio albergué el deseo de encontrar compañeros de camino, pues tenía el presentimiento de que mi viaje solo cobraría sentido si alcanzaba a satisfacer el ansia de compartir inquietudes y paisajes, si me atrevía a airear mi mirada, si lograba conectar anhelos y experiencias… hasta concluir una andadura que no acertaba a vislumbrar cuánto podría durar…

Admitámoslo, al término, por mucho que pese dejar atrás el camino recorrido, siempre se sabe cuándo el viaje ha llegado a su fin. Y, al fin, con el último paso solo cabe depositar la vista en el confín para dar rienda suelta al destino y emprender nuevas aventuras si se acierta a cerrar la puerta que nos trajo hasta aquí. Renovados derroteros así lo exigen.

Llegado a este punto de mi travesía, cuando el término se ha colmatado, he de reconocer que todavía me siento en compañía de numerosos amigos que permanecen en mi recuerdo. Algunos que fueron fugaces y otros tantos que han persistido conmigo -o yo con ellos- hasta el final. A todos os llevo con cariño.

Habéis sido vosotros, todos y cada uno de vosotros, los que habéis insuflado un sentido muy preciso a esta andadura: la aventura de escribir o describir un camino; sois vosotros, al fin, quienes habéis hecho que mi viaje se fuera cumpliendo día a día. Y os agradezco de corazón tanta generosidad. Mi ruta, sin vosotros, se habría perdido en la espesura de un discurso vacuo. Os debo, por tanto, el hilo que me ha permitido expresarme, para ir ganando con cada línea un paso, con cada artículo una etapa.

Hoy, a las puertas mismas del todavía imberbe siglo 21, difícilmente alguien podría afirmar que la meta determina el término de un viaje, pues con más de dos mil años de trayectoria ha quedado suficientemente demostrado que la mística del viaje reside en el camino mismo, que su magia estriba en poner la mirada en cada paso, que cada trecho representa un aliciente más para, echando la mirada atrás, desear abrazar el horizonte que soñamos…, que nos venimos forjando. Y también ha quedado probado que el mojón ese, el que señala el último punto al que llegarse, tan solo simboliza la evidencia más palpable de que nuestro transitar prosigue…, que se continúa, al menos, hasta regresar al valle, a esa plácida vega, a esa llanura acogedora, entre alturas y montes, en la que reponer fuerzas. Un campo base propicio para dar cabida a nuevas inquietudes y emprender, renovados, nuevos senderos que, como la vida, se trazan verticales y se ascienden en espiral.

Este transitar entre personas y pirámides organizacionales, exponiendo ideas sobre cómo poderse plantear la mejora de la gestión del factor humano, que -no lo duden- representa el único y esencial hálito empresarial, ha durado 11 años. Tiempo en el que puedo decir que me mereció la pena superar muchas fisuras filosóficas. Pasar de largo de las trochas dominantes. Franquear pasajes expuestos al filo de ideas tan resbaladizas como húmedas llambrias. Trepar por numerosas canales vertiginosas en las que un raudal de tendencias puede desprenderse sobre uno al menor descuido. Sortear sólidos bloques conceptuales, tan vetustos como ásperos, tan descompuestos como sinuosos, que al modo de empinados ‘sedos’ al fin nos alzan centenares de metros sobre apacibles majadales… Aquí llegado, puedo y debo admitir con regocijo que las satisfacciones han compensado con creces tanto funambulismo sobre hipótesis e ideas. Una misión en la que tan solo la más férrea convicción sirve de soporte para tomar la vía ascensional trazada.

Salí de puerto en la amanecida del primer domingo de mayo de 2006 para circunvalar un propósito: poner a las personas en el centro de las organizaciones. Misión que comprendí que concluyó de golpe en la hora de la misericordia de la Noche Buena de 2017.

Aquella travesía de mil kilómetros, que dio comienzo con la galerna y cuya primera estela tracé a bordo de otra nave de la que hoy no quedan ni las cenizas que el mistral disipó, ha recreado propuestas que en esta bitácora permanecen como testimonio de mis perspectivas: mi visión y opiniones sobre hechos que acontecen a personas y organizaciones.

Gracias por haberme acompañado hasta aquí.

Hoy, impulsado por el gregal, emprendo otros caminos a la búsqueda de mi particular grial. Otras tierras altas me esperan. Quizá – ¡Ojalá! – nos encontremos en ellas…

¡Fluye Caminante!

© jvillalba

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En algunas organizaciones las cosas no funcionan.

 

Cuando concurren, entre otras, una débil cultura, prima el interés personal y se tiene una estirada jerarquización, la organización no tira, marcha a trancas y barrancas, embarrándose y demostrándolo ante los reiterados silencios cómplices. Se aplica, en estos casos, el consejo que recomendara Góngora en su conocida letrilla: “Ándeme yo caliente…” Y, así, el debilitamiento de la cultura se incrementa día a día.

 

En este tipo de organizaciones orientadas al poder, puede ocurrir que además, máxime en épocas de crisis, prevalezca una estrategia de eficiencia y resultados, lo que condimenta el caldo de cultivo que permite justificar cualquier acción sobre la base de los pretendidos objetivos, incurriendo en una espiral de luchas de poder.

 

Un contexto propicio para enarbolar la administración de la influencia como máxima de la gestión, confundiendo la gestión de la influencia con el tráfico de poder, que termina focalizando a la organización según dicte la dinámica de intereses y prebendas.

 

La influencia así considerada, al margen de la RSE, promueve una dinámica de gestión de las rentas que van desde las departamentales hasta las personales poniendo en tráfico mercaderías  como la información privilegiada, los grados de consideración, el poder psicológico, la primacía de ciertos proyectos o demandas sobre otros u otras, algunas atenciones menores que aportan ganancias en términos de flexibilidad, entre otras ganancias en especie.

 

En entornos como el esbozado, prevalecen los cargos sobre las funciones y las responsabilidades. Y con estos valimientos, los compromisos con la actividad se gestionan desde el interés, con el acopio de rentas, la adquisición de prebendas y la concesión de gracias, pues no hay alguien con poder que reformule la importancia del acontecer diario cuando éste, en situaciones críticas, se encuentra más esclavo de los resultados a corto que del buen gobierno a largo.

 

¡Todo un problema para los CEO’s que pone de manifiesto el lado oscuro de la gestión ética frente a la rentabilidad, aparente o no!

 

IESE Insight nos ofrece una observación no tan generalizada al hablar de la gestión de los grupos de interés, recogiendo el artículo publicado en el Journal of Business Ethics, de Pascual Berrone, Carmelo Cennamo y Luis R. Gómez-Mejía.

 

© jvillalba

Does Stakeholder Management Have a Dark Side?

Autor

Javier Villalba

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