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En la newsletter de Expansión & Empleo del viernes, figura un artículo titulado “Diez puntos para fidelizar a los empleados” que cita las diez sugerencias que recomienda Watson Wyatt  para “renovar el compromiso de los empleados con el negocio”, siendo el objetivo conseguir estabilizar la organización en tiempos de crisis y que suponen la asunción de compromisos por parte de quienes toman decisiones sobre ‘la renovación tácita del empleo de las personas o sobre su despido’.

Aportan, en suma, un recetario para –cito textualmente– “conseguir afianzar la estabilidad organizativa en la que se sustenta la empresa y asegurar de esta forma que las estructuras, estrategias, sistemas y cultura corporativa se posicionen para obtener el máximo rendimiento” ya que se parte de la base de que “Los altibajos que están sufriendo los negocios para sobrevivir a las recientes turbulencias económicas están teniendo un impacto significativo en las actuales estructuras, funciones y procesos a nivel organizativo y el consiguiente deterioro en la relación del empleado con la empresa.”

De veras; el razonamiento me sorprende (y me preocupa).

La reacción descrita de los trabajadores, ¿a qué porcentaje de ellos afecta? ¿Se pueden respaldar tales afirmaciones con una investigación que demuestre que hay un porcentaje significativo de trabajadores que se han desinteresado de la prosperidad de la empresa de la que viven y para la que trabajan? Y si a cada quien le preocupa, entre otras cuestiones, su futuro particular, ¿no está en el uso de un derecho y en la manifestación de una responsabilidad? Y, suponiendo por un instante cierto aquello que se entrega como verosímil, ¿es fruto de la causa elegida o venía de antes y se debe a otros motivos o concausas?

Los fundamentos mencionados para dar entrada al recetario me dejan perplejo y me sugieren alguna pregunta.

¿Es posible que en algunas organizaciones se tengan identificados trabajadores que –cito- “enfoquen sus esfuerzos en considerar un futuro a corto plazo en detrimento (subrayo en detrimento) del interés por la prosperidad de la empresa a largo plazo” y sigan formando parte de un equipo? Siendo esto posible, ¿es un comportamiento privativo de los trabajadores? ¿En caso alguno afecta a directivos? ¿Está garantizada la fidelidad y el alineamiento de todos los directivos con el futuro de las empresas en las que trabajan?

El decálogo atribuido a Watson Wyatt puede resultar tan válido como cualquier otro y, al igual que otros recetarios, contiene sus grandes dosis de verdad y de controversia, pues, de conformidad con otros chuletarios, esboza algunas propuestas sobre las que habría mucho que debatir. Esto, omitiendo que yo alteraría el orden de prelación para incrementar su lógica.

Nadie discutirá la necesidad de clarificar organización y actividades; es decir, a poner las cartas sobre la mesa, ni que siempre sea recomendable centrar expectativas, más en materia laboral cuando nos referimos a empleos y trabajos.

Sin embargo, en tiempos de recesión, liga la fidelidad de los directivos a la revisión de sus remuneraciones; es decir, pagar más a quienes mejor pueden soportar el peso de la crisis, a quienes en mejores condiciones están de hacer frente a las pérdidas adquisitivas y a quienes menos les puede impactar el incremento del IPC y la presión fiscal, cuando una prueba de su verdadero compromiso con la organización sería proponer la congelación de sus emolumentos a favor de finalidades empresariales más altruistas, como podrían ser reducir gastos de estructura y contribuir al margen.

Como se pude comprobar, el eje conductor de Watson Wyatt  son las retribuciones, cuya trascendencia nadie hace de menos. Su peso explícito alcanza al 40% de las recomendaciones propuestas en el decálogo y aún se sobreentiende en otras; lo que no es de extrañar si tenemos en cuenta quien las propone: “una firma de consultoría global enfocada hacia los recursos humanos y servicios financieros”.

Me pregunto ¿la organización transparente y honesta comprende hacer públicas las retribuciones de las plantillas sin excepción?

Garantizar sistemas de información fiables, cimentar decisiones en análisis estratégicos y hechos acreditados, evaluar fielmente el rendimiento y aplicar políticas de compensación distributiva (a cada quien, según méritos y contribuciones), establecer un mapa crítico de funciones clave y extraer y definir los perfiles competenciales de éxito (alto desempeño y alto potencial)…, asegurar el talento, pero también propiciarlo y promoverlo, ya se sabe que son elementos consustanciales a la gestión, pero con saberlo no resulta suficiente, hay que tener el acierto de saberlo poner en acción.

Liderazgo y comunicación representan la pieza angular que sujeta la gestión, pero el ‘guiso’ no resulta fácil, lo que, desgranados algunos ingredientes, se justifica que el recetario de Watson Wyatt albergue, en el fondo un mensaje dirigido a quienes ‘cocinan’ en las empresas, un ingrediente secreto –como la Coca-Cola-, resultando fácil inferir el propósito del mismo: “Si usted no sabe cómo hacerlo, nosotros se lo hacemos.”

© jvillalba

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Así, dicho en términos generales, me sumo al Manifiesto periodismo y derechos humanos, lo que además de haber tenido eco en los medios ha recibido la atención de la blogosfera (periodista digital, periodistas en guerra o en mcshuibhne, por poner algún caso). [Nota de prensa]

 

Por llevar la conversación al terreno de las empresas, concretamente a la esfera de responsabilidad de los gabinetes de prensa, en algunos casos podría suceder algo de lo que paso a comentar, sin la pretensión de ser exhaustivo:

 

  1. Puede que se piense que los medios están para servir la información en vez de para seleccionarla primero, atribución que les compete.
  2. Es posible que, incluso entre colegas, bajo perspectivas diferenciadas (intereses de la empresa, interés de la información) no se hable el mismo idioma, pretendiendo los gabinetes que los profesionales se pongan a su servicio, en vez de ganarse su interés.
  3. Cabe que algunos gabinetes de prensa pretendan suplantar la función informativa de los medios por la acción promocional, más o menos encubierta, menos o más subliminalmente.
  4. Quizá algunas de las políticas de algunos de los gabinetes de prensa no estén lo suficientemente depuradas e improvisen parte de su actividad con los medios.
  5. Probablemente algunos gabinetes de prensa ni hayan considerado que más les valiera aplicar el arte del engagement con los profesionales de la prensa, ganándose su credibilidad y confianza, en vez de considerarles meras correas de transmisión de contenidos que interesan, en ocasiones, sólo a la propia empresa.
  6. Dice bastante sobre el emisor de notas de prensa que éstas adolezcan de toda personalización atendiendo al profesional y medio al que se giran o ‘spamean’, en algunos casos.

¿Cuántos gabinetes de prensa se molestan en convocar una rueda de prensa para explicar la estrategia de la empresa, facilitar que los profesionales se respondan algunos de los porqués de determinadas acciones de empresa o para dar a conocer sus planes de negocio? Haberlas, las habrá. Cito las referencias de Metrovacesa, que lo hizo para dar a conocer su estrategia on-line, y la de BBVA, que dio el mismo paso para presentar la nueva aplicación “Tu cuentas”. Ambas iniciativas recibieron una buena aceptación por parte de los profesionales convocados.

Creo que, en el ámbito que fuere, si una parte de la gestión de la información relativa a tu organización también depende de cómo la traten terceros, éstos han de convertirse en un objetivo directo de tu interés para conseguir interesarles y reducir al máximo la distancia que medie entre lo que quieres que se oiga y lo que te interesa que se diga, pero siempre sobre la base de la honestidad, que es un exigible de los códigos de buen gobierno corporativo y de los declinadores RSC que cada empresa suscriba libremente.

Además de la función informativa, de la independencia de los profesionales y de la Declaración de los derechos humanos como referente, quisiera llamar la atención sobre el hecho de que el derecho a la información no significa derecho a cualquier clase de información (contrastable o inverificable, por ejemplo) ni admite cualquier tratamiento (objetivo o tendencioso, por ejemplo) que sobre la misma se haga, pues en ese proceso de construcción de la realidad “no vale el todo vale” y a mí me parece que los profesionales de la comunicación han de sujetarse, cuando menos, a un código deontológico en el que se venga a declarar que “no vale dar gato por liebre” y en el que juegue un papel importantísimo la frontera que media entre la veracidad y la realidad.

© jvillalba

Autor

Javier Villalba

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