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Hoy, día primero del año, tenemos por delante 8.784 horas. Esta es mi primera reflexión para un año bisiesto: 8.784 horas.

Los expertos en gestión del tiempo recomendarían pararse a pensar, inventariar actividades y proponerse objetivos, evaluar aquellas a tenor de éstos, propondrían priorizar unos y otras, organizarse, discriminar entre lo urgente y lo importante y tomar decisiones, echar mano de la agenda o de alguna herramienta time system o de un Personal Digital Assistants, trabajar a plazos, introducir la rutina de la puntualidad, idear colchones de tiempo, establecer un modelo de gestión eficiente del correo, del email, del teléfono, de las visitas y para las reuniones; empezar a utilizar filtros de diferente cuño, proponerse identificar los ladrones del tiempo, aprender a decir ‘no’… y un sin fin de tácticas más, como gestionar adecuadamente secretarias o asistentes y aprender el arte de la delegación, también conocer los propios biorritmos y la propia curva de rendimiento…; todo ello para rentabilizar nuestro caudal de tiempo.

Pero no son estas las consideraciones que me interesan hoy, un año en el que la crisis parece que perdura y que en las familias adoptará el formato de la recesión. Un año que, recién anunciado, antes de dar la primera campanada, ya se sabía portador de un ADN de mala calidad.

En este primer día de un año, al que se le supone que precisará ingeniería genética para subsanar una herencia deficitaria, prefiero adoptar una perspectiva diferente a la del euro y me doy cuenta de que todos somos iguales en lo que considero su mejor virtud: el tiempo que se nos ofrece por delante.

Es mi segunda reflexión para el año: todos somos igual de ricos en horas, minutos y segundos. Todos. Todas las personas y todos los humanos; todos tenemos un patrimonio de 8.784 horas que ya hemos empezado a gastar o a invertir, pues el tiempo no podemos almacenarlo, ni congelarlo, ni estirarlo; sencillamente transcurre, pasa, se derrama grano a grano y, a cada grano, se eclipsa.

Se trata, entonces, de plantearse cómo gastamos nuestro patrimonio, en qué y con quiénes, a quién se lo ofrendamos como una dádiva o a quiénes les restringimos o les privamos del nuestro. Y en qué y con quiénes acompasamos nuestro tiempo.

Hay un conocido fenómeno llamado banco de tiempo, o del tiempo, en virtud del cual las personas afiliadas intercambian el valor de su tiempo; un capital de horas que todos tenemos. Un sistema económico en el que no interviene moneda alguna.

El tiempo es oro; esto bien lo saben las familias desde tiempos inmemoriales; véase, por ejemplo, el tiempo que nos dedican las denominadas clases pasivas –los ancianos, por ejemplo- y el valor de las actividades que realizan a favor de sus familias y el coste que les supondría si no las asumieran ellos.

Podemos regalar dinero, o bienes materiales, pero el dinero no tiene el valor del tiempo aunque se nos entregue dinero por nuestras horas trabajadas. Podemos hacer obsequios, pero las treinta monedas no suplirán jamás la compañía, el cariño, la conversación o la serenidad que puede transmitirse en virtud del roce y de la complicidad.

Este año 2012 parece que será difícil; sin embargo somos ricos, tenemos un patrimonio que, queramos o no, hemos de gastar y en esa sucesión de actos de consumo estará la diferencia entre el bienestar y el malestar. Un caudal de huidizos segundos que grano a grano nos permitirá edificar una historia que merecerá la pena, o no, acariciar.

© jvillalba

Gonzalo Martínez de Miguel, Director General de INFOVA, escribió en Octubre pasado una breve nota de la que se hizo eco Cinco Días, hablando del cansancio estructural, inconcreto, de los directivos españoles. Allí, aseguró que el 32% admitía tener una sensación de cansancio permanente, el 42% reconocía vivir en una continua situación de agitación y el 50% aseguraba necesitar el fin de semana “como agua de Mayo”. ¡Vaya panorama!

En la misma nota, dos perlas que cito textualmente: La mayoría de los directivos que conozco aluden, debido a su trabajo, a la falta de tiempo para no descansar más o hacer más deporte.” “Tienden a auto compadecerse y a exhibir su cansancio como prueba de responsabilidad y compromiso con la organización.”

Tales afirmaciones se avalan  con los últimos datos del Observatorio del Comportamiento Humano en la Empresa (OCHE)”. Por desgracia, en dicha nota no se aportan los datos técnicos que las fundamentan, si bien cabe pensarse que algo pueden tener que ver con el avance del estudio “El modo de pensar de los directivos en la España de 2009 – 2010”, que aporta la misma consultora en su sitio web, investigación dirigida por Iñaki de Miguel, sobre la base de 800 entrevistas autoadministradas online, para el universo de población directiva de empresas ubicadas en España, con un muestreo: aleatorio, polietápico y estratificado en el ámbito geográfico nacional, con un error de muestreo de +/- 2,5% (para un nivel de confianza del 95,4%)

Un estudio sin duda interesante del que iré desgranando alguna reflexión marginal. Me sirve ahora para retomar la sempiterna excusa de las castas directivas: la falta de tiempo; como también para rememorar la memorable confusión entre las horas de presencia y la eficiencia.

Respecto del tiempo, recordar que todos tenemos y disponemos del mismo número de granos de arena: 24 horas al día, cada día, durante los 365 días. Ni un grano más ni uno menos. Y cada quien nos diferenciamos y ejercemos nuestra libertad de decisión en la aplicación de cada uno de esos granos de arena, que solemos destinar, sin excepción y en la medida de nuestros grados de libertad, a las cuestiones que mayor interés revisten para nosotros y mayor expectación o deseo nos despiertan. Algunos harían bien en aplicar el consabido aforismo: “Primero la obligación y luego la devoción”, sin embargo la experiencia nos demuestra que lo incómodo, lo difícil y lo desagradable solemos relegarlo, omitirlo y dejarlo para el final, así hay directivos cuya ignorancia manifiesta en determinados asuntos les impele a obviar determinados aspectos inexcusablemente ligados a sus responsabilidades. Señores directivos, sepan que, a través de la aplicación de su tiempo, podemos determinar sus intereses y áreas de máximo confort y por ende sus niveles de incompetencia.

Respecto de la aplicación de esfuerzos, recordarles que la eficiencia es el logro de resultados al menor coste y que prolongar jornadas interminables lo único que pone de manifiesto es la falta de competencia para gestionar sus responsabilidades, pues terminar extenuados ya es un indicador para determinar la incapacidad gestora de quien ni tan siquiera sabe administrarse y, en su defecto, al estar sobrepasado, disponer los medios adecuados para corregir la situación.

Estimados directivos, les invito a superar el espejismo de la plena dedicación y de la dedicación exclusiva imponiéndose un horario y dedicándose exclusivamente a dirigir y dejar hacer, pues quizá deben empezar a entender la diferencia entre el modelo de gestión de los recursos humanos y su superación mediante la concepción de los humanos como recursos, seguramente más eficientes, productivos, creativos y  sorprendentes de lo que algunos de ustedes serían capaces de imaginar.

© jvillalba

Me parece que el tiempo tiene truco porque siempre hace lo mismo: se nos esfuma; es un mago del escapismo.

 

Que el tiempo no se estira, ¡ya lo sabemos! Que el tiempo no se puede almacenar para consumir cuando mejor convenga, ¡ya lo sabemos! Que el tiempo no se puede comprar en el hiper y que no hay comercios especializados en la venta de tiempo, ¡ya lo sabemos!

 

Pero también sabemos que el tiempo es el que es, ni más tiempo ni menos tiempo que el que es. ¿O no? Y que para todos es el mismo. Sólo que tiene fecha de caducidad.

 

Vengo observando que en las organizaciones, la mía o cualquier otra, una de las frases de moda -que no la única- es ésa que expresa el deseo implícito de estirar el tiempo, pues, en general, “no hay tiempo”. Y quisiéramos estirarlo como si fuera de goma.

 

¿Cómo que no hay tiempo? Tú y yo tenemos el mismo, todos tenemos el mismo tiempo, solo que lo distribuimos de manera diferente y nos   diferenciamos -precisamente también- en eso: en aquello a lo que lo aplicamos que, en el cómo lo distribuimos. De alguna manera, estas decisiones representan lo que para nosotros importa más.

 

Objetivamente es verdad que “nuestras cargas” exigen de por sí una porción de tiempo. En unos casos, mucha; en otros, menos. Y que hay muchos “ladrones” de tiempo; y en la vida diaria de las organizaciones, muchos más.

 

Para el análisis inferencial de las culturas corporativas, resulta una fuente muy rica de información el uso y aplicación del tiempo. Si las dotaciones presupuestarias dan la pauta -relativa- sobre lo importante, la aplicación del tiempo lo pone aún más de manifiesto y en términos absolutos. Os invito a revisar mentalmente algún ejemplo.

Lo que también es verdad en nuestras vidas, es que nuestro tiempo es limitado. Ese límite es el que aconseja destinarlo sin dilación alguna a lo que verdaderamente importa. Y cada quien, lo sabemos.

 

Propongo la dotación de tiempo como premio, de manera que la ganancia sean cinco días consecutivos de libranza, a elección de los ganadores y en el año natural. Me parece que estos premios son de oro y el “murmullo” que se escucha parece confirmarlo.

 

Ante una crisis que ya es recesión y un entorno que defiende la conciliación, premiemos con ‘oro’ el aporte de valor en las organizaciones ¿Quién da más?

 

© jvillalba

 

Llevo un tiempo alejado,
sin aliento,
enfebrecido,
trabajando sin descanso,
atendiendo obligaciones,
haciendo jirones mi tiempo,
desatendiéndolo,
amordazado por la corriente que me arrostra contra la profundidad,
braceando,
sorteando remolinos,
echando la esperanza al aire, a manotazos,
deseando parar,
arañarme contra alguna peña o apiñarme en una rama
y detener el paso de la corriente,
que me despoja del tiempo y de la vida.

 

Llevo tiempo sin tiempo,

en la profundidad abisal,

regateando minutos a la urgencia,

socavando mi paciencia grano a grano,

transcurriendo,

encayando en la prisa,

cayendo, sin algún cuidado,

en las movedizas tinieblas de la sobreocupación…

sin ocuparme de mí,

sabiéndolo…

y, a sabiendas, perdiéndolo.

 

© jvillalba

Curiosamente no se repara en el tiempo de los demás.

 

Nadie tiene tiempo. ¿Será por esa misma causa que está de moda citar a reuniones cinco minutos antes de la hora de salida? Como –según parece- nadie tiene tiempo, se prolongan y alargan reuniones sin contenido; digo bien, sin contenido. Será –digo yo- que, por la misma razón, no habrá habido tiempo para prepararlas.

 

Ya que no hay tiempo, tampoco debe haberlo para cumplir horarios fijados ni para completar programas, porque –ya se sabe- no hay tiempo ni se puede destinar –ya que no lo hay- a controlar los fuera de tiempo, obligando a auditorios y reunidos a permanecer aunque éstos no reciban beneficio ni producto ni herramienta ni utilidad alguna de esa sesión a la que fueron convocados, las más de las veces sin orden del día, sin programa, sin horario…, pues, ya que no hay tiempo, ¿cómo podría fijarse la duración?

 

Como es sabido impera la idea de que no hay tiempo. Y tampoco lo hay para informarse ni para escuchar ni para entender propuestas ni para profundizar en proyectos que, quienes los encargaron y por falta de tiempo no los podían abordar, como siguen sin disponer de tiempo, en consecuencia, lógicamente, en congruencia absoluta con su falta de tiempo, no pueden destinar lo que no tienen ni tan siquiera a recibir la información que pidieron. Por ello, por su falta de tiempo se encuentran indisponibles.

 

Así, nos encontramos insertos entre una clase de dirigentes harto capaces, pues desatendiendo y declinando -por falta de tiempo- logran liquidar multitud de asuntos en el menor tiempo posible. Disponen, por tanto, de la fórmula para hacer evaporarse cualquier asunto, lo que les permite hacerse algo de tiempo para invertirlo en quién sabe qué, pues hay información reservada –¡Tchssssuuu! Alto secreto- por la que se desconoce cómo lo aplican. Lo que se sabe, lo que está a nuestro alcance, es que no disponen de tiempo.

 

Además, ¿a quién se le ocurre hoy informar por escrito? ¿Cómo alguien puede pretender que gente sin una micronésima de tiempo pueda destinar algo de lo que no dispone a leer si, además, hoy en día –SXXI- ya no se lee, precisamente, por falta de tiempo? _Éste ‘cenutrio’ merece ser despedido; ¡Mira que hacernos perder el tiempo…!

 

Esta es la realidad actual en algunas organizaciones; si bien la falta de tiempo se extiende a todos los ámbitos.

 

Lo grave ya no es ni que haya ni que no haya tiempo ni que no se dedique el escaso a informarse suficientemente; lo apabullante, lo grave, lo alarmante es que no se respete el tiempo de los demás. Me refiero al mío, a mi tiempo, cuando se incumplen horarios y plazos, cuando las propuestas se mueren ¡con el tiempo! sin que alguien decida, haciéndome desperdiciar el que yo tenga o no tenga, consumiendo mi tiempo en distracciones y futilidades. ¡Inadmito dicha desfachatez!, tal ejercicio del poder, que no de la autoridad, tal fanfarronada de los despilfarradores de mi tiempo, tal robo, pues hay violencia en ello e ineptitud en la demora.

 

Mi tiempo es mi vida. ¡Mi tiempo tiene un valor incalculable! Ni lo empeño ni lo dono, lo aplico escrupulosamente y con celo manifiestos. Custodiar el propio tiempo me parece el primer gesto de respeto hacia uno mismo y la condición previa para aplicarlo –como quieras-, pero en libertad.

 

Hay abrepuertas -¿No lo saben?-, peticiones de permiso para traspasar umbrales cuando quieres acceder a recintos íntimos, como cuando quieres adueñarte de un horario que no te pertenece. No accionar esas palancas en espera de una respuesta en libertad es el primer signo de falta de respeto y significa un abuso. Inadmitirlo es una de mis maneras para expresar respeto a las personas que concito o con aquellas que comparto fragmentos de mi existencia, pues mi vida la reservo para los míos y para mí.

 

¡Por favor! Presentadores, ponentes y oradores, mirar vuestros relojes y si tenéis algo que transmitir decirlo ya e iros a casa. Gracias.

 

© jvillalba

 

En el transcurso de la vida se presentan situaciones únicas, casuales.

 

Por los derroteros que uno se conduce y por los devenires y sucederes que a uno se le sobrevienen y le conducen, acontecen situaciones fugaces, eclosionan destellos que, por milésimas de segundo, oscurecen alrededores y alumbran ocasiones; tras ello, según tu elección, quedas en penumbra o no.

 

Es el consabido, no por conocido más consciente, juego de las decisiones por el que decides, optas, se conduce y diriges tu destino. Pues el destino se fragua –tú lo dibujas- en fracciones de destellos; la vida, si pudiera representar su discurrir, la simbolizaría con su sumatorio.

 

Aquella mañana… En aquel atardecer… Durante la crecida de la marea… En aquel instante crucial… Cuando atravesé aquel cruce… Mientras nos despedíamos… Con ocasión de aquel gesto… si en vez de, hubiera optado por…

 

No hay más tiempo ni más ocasión que un destello para optar en la bifurcación; pero hay más ocasiones, no con más tiempo, para echar nuevamente ficha.

 

Se da la circunstancia de que el juego de las decisiones es una apuesta sin fin, una rosca que se enrosca, una y otra vez sobre sí, sin que concluya su capacidad de giro.

 

Dicha cuestión tiene dos lecturas: decidas lo que decidas, has de seguir decidiendo. Una jugada perdida no arruina ni termina la partida. Una jugada ganada hay que exponerla continuamente, sin fin, permanentemente. Quien decide, gane o pierda ha de volver a jugar ficha. Quien decida dejar que se consuma la jugada sin apostar, gana o pierde también, y a su pesar.

 

Hay un juego de las decisiones que ocurre en los instantes. Y mientras el destino se construye apilando los destellos.

 

© jvillalba

Los pliegues del tiempo me llevan donde ya estuve.

 

En ocasiones, con sorpresa, uno descubre que su destino ya transcurrió por allí, por las inmediaciones, muy cerca, por los mismos derroteros. Con el tiempo llegas a la conclusión de que el tiempo es una espiral en la que cada curva, cada pliegue, representa una muesca de experiencia más.

 

Mi piel transida, arrugada como las diaclasas que agrietan el pétreo granito, suman pliegues a mi piel que relatan mi vida: un petroglifo de tiempo en el que cada surco helicoidal representa mi rumbo de derrota en esta travesía en pos del horizonte. Nos conviene, en la noche oscura y tranquila, en el amanecer, recorrer nuestros pordentros, adentrarnos en cada surco, en los profundos y en los livianos para descubrir muchas cosas. Y, luego, atesorar esas claves sobre nosotros mismos.

 

Somos soberanos de nuestro destino, por ello hemos de concedernos tiempo…

 

Todo el tiempo del mundo… ¿Hay algo más valioso? Si no somos capaces de cultivarnos y hacernos fuertes, ¿qué podremos ofrendar a nuestra amada? ¿Cómo podremos ponernos al servicio de aquellos a quienes amamos? Si no somos los amos de nuestro tiempo, ¿qué tiempo podremos entregarles? ¿Hay don más valioso? Tiempo equivale a vida y vida es sinónimo de salud y armonía, pues vida es un concepto concluso, esférico, limpio en sí mismo.

 

Si no tienes vida… Si tu vida no te pertenece… Si tu vida no tiene tiempo…

 

Ten valor para parar, para detener el tiempo de los otros y marcar tu propio ritmo.

 

Primero has de poseerte y luego podrás conducir tus pasos. Pero antes has de descubrir el horizonte y fijar tu rumbo; sólo así podrás tener una vida propia… que ofrecer.

 

© jvillalba

Hay veces que te das cuenta a tiempo.

 

Iniciado el viaje, no hay marcha atrás. Pero la vida es una oportunidad continua con la vista puesta en el horizonte. Hay veces que, iniciado el viaje, cambias de rumbo, pues aquella línea del horizonte parece perderse entre la espesura de la rutina, entre hábitos de los que ni tan siquiera uno llega a ser consciente, entre prisas y ruido que te impiden pararte a mirar por dónde vas y que acallan el silencioso clamor de tu voz interior.

 

Hay veces que te das cuenta -a tiempo- de que no te vienes escuchando. Hay momentos fugaces, lúcidos, en que te das cuenta de que eres un extraño en el paisaje. Hay visiones meteóricas que te hablan de ti.

 

Hay que pararse. Hay que saber detenerse en el camino y acodarse en un recodo. Es preciso hacer un alto para empezar a buscarse. Hay que aprender a hacer no hacer nada para encontrarse con uno, para descubrir el horizonte, para escucharse y otear la línea del cielo para orientarse.

 

Todo acontece veloz, sucede en un tiempo sin tiempo para medirlo, se hace así inapresable y no da tiempo a comprenderlo; parece que el automatismo es la única reacción que cabe y que en vez de dirigirnos, nos dirigen, pues “_Todo sucede tan deprisa.”, que parece que no da tiempo. Parece que lo único importante es que algo suceda y que según se consuma se suceda otro suceso; así no es necesario pensar, ni planificar, ni ocuparse en variar ni un ápice la trayectoria de tu vida. Es así como el determinismo imperara.

 

Pero mi vida he de recrearla yo. Y sólo uno (tú; yo) tiene la llave de su propia vida, que sólo será lo que uno (tú; yo) se proponga que sea.

 

A mí me paró un día, la vida, el tiempo.

© jvillalba

Muchas cosas ocurren a destiempo.

Según parece, hay un tiempo para cada cosa: “_Cada cosa a su tiempo” -dicen unos-; “_Cada cosa tiene su tiempo” -defienden otros-. Es éste un mensaje que llevo escuchando desde niño; lo que sucede es que ‘la cosa’ (factor común denominador), no se sabe a ciencia cierta qué cosa sea. Tal vez… ¿cualquier cosa?

A la postre, lo que acontece es que ni es lo mismo (hacer) cada cosa a su tiempo que (adjudicar) un tiempo para cada cosa. En la primera se construye la cosa, el resultado entraña un acto creativo y, por ello, el acto mismo implica la acción comprometida del sujeto, que deviene ahora en artesano -si es que hace ‘la cosa’ con sus manos-. En la segunda, cada cosa tiene ya, intrínsecamente, esa entidad -cósica, sea cual fuere-, encerrada en sí misma, cerrada, redonda, y ésta se manifiesta en un tiempo definido, concreto, único, que ahora no es, como antes, el transcurrir creativo, sino la proyección de ‘la cosa’ a través de un plazo inapelable.

He de reconocer que, de niño, me hacía un lío de mucho cuidado, pero no he podido olvidar aquellas disquisiciones en que ocupaba parte de mi tiempo tratando de desenmarañar el significado de ‘la cosa’ y esforzándome por descerrajar el significado del tiempo.

Es verdad, muchas cosas… ocurren a destiempo. Sí. Muchas. Quizá demasiadas…

Hay ‘cosas’ que son experiencias. Hay ‘cosas’ que son vivencias que se precipitan o no llegan y que finalmente no se pueden acariciar. Hay ‘cosas’ que son oportunidades… que, en consecuencia, no pueden aprovecharse… y se desaprovechan… y trenes que pasan sólo una vez y estaciones de paso que se visitan permanentemente, incurriendo, en ambos casos, en el fuera de tiempo.

¿Tener vivencias a destiempo nos ayuda a aprender? ¿La inoportunidad incrementa nuestro deseo hasta convertirlo en fervor? Unas y otras son ocasiones desaprovechadas, un deambular de un lado a otro con el paso cambiado. Pero ¿y el sujeto? ¿Y el primer papel? ¿Quién lo representa? ¿’La cosa’? ¿El tiempo? ¿Cuál es el actor principal?

Me temo que soy yo; que ‘cosa’ y tiempo convergen en mí. ¿De lo contrario, qué pinto yo en todo esto? Y, si es así…

No estoy seguro, pues si de mí se trata creo que los sucesos a destiempo, que los acontecimientos inoportunos, que las respuestas balbucientes a sobre-experiencias han conformado mi carácter, mi visión, mi manera de interpretar este mundo y mi estilo para conducirme a través de él, surcándolo de frente, disfrutando cada caer de cada grano de arena, con la vista puesta en el horizonte, siempre al Norte, en pos del ancho Norte, pero en absoluto cegado ni al momento ni al entorno ni al ambiente ni al paisaje, observando, respirándolo, dejándome cada célula de mi piel a cada paso, con paso no cansino, quedo, acariciado, disfrutado.

No creo que la inoportunidad haya hecho acto de presencia en mi vida. Cada cosa encajó en su momento, cada inoportunidad se incrustó perfectamente en su tiempo y en su momento, pues ello me permite ser lo que hoy sea y sentirme como hoy me siento: un viajero que aprende en el viaje, un caminante que conoce la magia de los caminos, un navegante que se orienta sin titubeos en la noche oscura o bajo un sol radiante, cegador.

No es lo mismo. ¡Es verdad! Es diferente, como distinto es el vino decantado, envejecido, añejo. No añoro mis inoportunidades; si no fui capaz de estar a la altura, ahora estoy a la altura que haya sido capaz de elevarme o de caerme y comprendo que altura y bajura convergen en un mismo punto: en uno mismo.

Así es ‘la cosa’.

© jvillalba

Hay hechos que se repiten. Hay modismos que vienen y se van. Hay olores del mes que se ponen de moda.


Últimamente le ha tocado al tiempo -no al atmosférico, al que trascurre impasible- y sólo escucho frases como: “_No tengo tiempo”; “_Nos falta tiempo”; “_No he tenido tiempo”; “_No hay tiempo”; y un amplio etcétera de lexías del mismo porte.


Es incierto, es un error pensar así; todos tenemos el mismo tiempo, ni menos ni más. Es verdad que no se almacena, pero también lo es que caduca. Es verdad que no se estira, pero también que se desperdicia o se aprovecha. No cabe duda de que cada cual tiene su percepción y es innegable que cada uno adoptamos nuestra perspectiva, pero, si antes hemos convenido qué es importante y qué urgente y qué grados de importancia tienen los diferentes asuntos que así hemos catalogado, ¿por qué ha de producirse una diferencia de criterio que hace que se atienda lo urgente y se postergue lo importante?


Reconocerlo no resulta bastante, en este caso no es un signo de sabiduría, pues pone de manifiesto la falta de coherencia. Es el hiato de la contradicción teoría-práctica.


Pero profundizar en las causas resulta deprimente. ¿Hay alguien que actúe contra sí, en contra de sus intereses?. Puede que sí, pero son excepciones, anormalidades que se ubican en los extremos de la curva de Gauss, sujetos muy probablemente aquejados de alguna disfunción. Empiezo a creer que aquel acuerdo de partida, no era tal, sino -simplemente- una treta para salir del
impasse ya que se dan dos circunstancias: una, resulta evidente la importancia del asunto referida al ámbito en que se trata; dos, probablemente haya otros intereses desconocidos, que no se han partipado, que impulsen a aquél a invertir su tiempo en lo que considera verdaderamente importante para sus intereses.


Y si es así, ¿por qué no incluirlos en las cuestiones a considerar para la calificación de los grados de importancia?. Cabe una respuesta, quizá porque sean cuestiones con espinoso argumentario y de precaria racionalización y, por ende, inadmisibles desde alguna perspectiva. Quizás.


¿A dónde llegamos con esto? No es difícil suponerlo. Al desequilibrio en la interacción, a la relación asimétrica, al ¿diálogo? a distinto nivel… Juzgue y califique cada cual. ¿Nos hemos quedado sin tiempo?


© jvillalba
 

Autor

Javier Villalba

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