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Quizá las personas necesitemos ir asimilando experiencias vitales para mudar la visión. Quienes han vivido situaciones límite, saben a qué me refiero.

Sin llegar tan lejos, y echando la mirada atrás, según transcurre el tiempo, principios que parecían incontrovertibles pasan a segundo plano; hechos y realidades en las que no habíamos reparado, cobran vital importancia.

El viernes pasado me encontré en el trabajo a mi amiga Maite derrumbada, deshecha, desgajada, desgarrada; finalmente, derrotada. La noche anterior falleció una tía suya, aún joven, en la cincuentena, aquejada de cáncer.

No sabía si anteceder este post con el título que finalmente he dejado o denominarlo ‘La gran lección’. En efecto, la muerte es la gran lección, un temario que se nos repite cada cierto tiempo, pues parece que no terminamos de aprehender esta enseñanza. Hay algo en nosotros que nos hace rechazar estos contenidos; no nos gusta hablar de ello; no prestamos atención.

En las empresas, pocos hombres de empresa hablan de la muerte -a no ser que les acontezca un hecho desgarrador- y pocos la tienen presente. Simplemente, la muerte en las empresas es un trámite sujeto a protocolo.

Creo que en la vida ser conscientes de que solo el principio y el final están escritos, pero que, al fin, hay un final, es un referente fundamental. Considero que en el trabajo, que consume una buena parte de nuestras vidas, nos vendría muy a colación tener en cuenta este sencillo principio: antes o después, morimos.

De cara a la gestión no me parece una tontería que quienes mandan y quienes son mandados sepan que lo harán por tiempo finito, que nada se llevarán consigo y que tal vez muchas decisiones y actuaciones podrían variar su rumbo si nos atuviesemos a lo fundamental: trabajar para vivir; trabajar para mejorar; mejorar para facilitar… la vida.

De cara a la propia administración de tiempo y esfuerzos no me parece descabellado reformular nuestras prioridades de conformidad con la gran lección, lo que posiblemente nos ayudaría a imprimir eficiencia en nuestra actividad y a saber discriminar para conceder la importancia que tienen las personas; también las que amamos -a las que necesitamos y nos echan de menos y nos reclaman- y evitar darnos cuenta un día de que nos las perdimos.

No creo que sea malo morir, mejor aún lo más tarde posible y siempre que uno sea capaz para gozar de independencia en la vida diaria. Creo que lo patético es malvivir cuando en nuestra mano está disfrutar de la vida que tengamos en las mejores condiciones de salud física, psíquica y social.

La muerte más que apabullar, nos iguala.

Si en las empresas adoptáramos este prisma ante cualquier conflicto y ante las crisis, cabe una posibilidad de que recapacitásemos para acercar posturas y buscar soluciones. Por mucho que lo defendamos, no merece la pena salirse con la de uno, interesa más –eso creo- que nos salgamos con aquella que nos beneficie a todos, que beneficie al conjunto, que nos haga la vida más fácil y placentera a mandos y empleados, a clientes y colaboradores, a todos. Contribuyendo al bien social.

Decía que lo patético es malvivir.

No puedo saberlo, pero me parece que cuando me toque sabré, por mis propios  indicadores, si bienviví o malviví.

¿Me quedó por decirle que le amaba? ¿Permanecí pendiente de un abrazo o de estrecharme la mano con alguien? ¿Debí haber dicho lo que no dije hasta que se me pudrió dentro? ¿Hice lo que quise hacer? ¿Viví en otro mundo al que me correspondía? ¿Me perdí la vida de mi gente, su evolución, su desarrollo… su envejecimiento? ¿Estuve con ellos cuando me necesitaron? …

¿Me regocijé por dejar de hablarle a alguno de mis compañeros, tal vez por una menudencia? ¿Me permití retirarle el saludo a alguien, quizá por un malentendido? ¿Me callé lo que debí haber expresado en aquellas ocasiones? ¿Me atrapó el silencio hasta escalvizarme? ¿Rechacé aquel cambio por miedo, por temor, por inseguridad? ¿Me preocupé cuando debí ocuparme? ¿Tomé decisiones infundadas? ¿Fundé mis decisiones en arbitrariedades? ¿Me dejé claudicar para alcanzar prebendas? ¿Me escaqueé de mis responsabilidades? ¿Fui intolerante con quienes percibí más débiles? ¿Me aproveché de mi cargo? ¿Me permití irme a casa amargado? ¿Trasladé las preocupaciones del trabajo a mi familia? ¿Sometí a mi familia al imperio de mi carrera profesional? …

¿Dejé de ir a donde siempre había querido viajar? ¿Estudié lo que siempre había deseado aprender? ¿Cultivé aquella pasión que tanto me atraía? ¿Hice buenos amigos? ¿Sentí el calor de las personas? ¿Tuve que agachar la cabeza aunque la mantuviese herguida? …

Cuando opté por el título de este post me vino a la mente Luis Cencillo, uno de los grandes maestros que he disfrutado. El estado de desfondamiento de Maite me lo recordó: los hombres no recibimos por naturaleza un suelo bajo los piés y tenemos que construirlo para tener un fondo sobre el que sujetarnos, pues la humanidad estaría sin base -desfondada- si no fuera por el edificio de tradiciones, ideas, creencias, convicciones o costumbres a las que nos aferramos.

Adoptar perspectiva significa trascender el desfondamiento humano para superarlo, dotándolo de sentido y significado, construyendo, en suma, una cultura. En tanto no elaboramos el duelo por la muerte, el abandono de un ser querido nos desfonda, nos deja sin fuerzas quedando en el desamparo, nos hace sentir erelictos. Cuando se es consciente, la muerte nos obliga a reconstruir nuestro fondo. De ahí el título.

Pero según desgranaba frases parafraseaba mentalmente, una y otra vez, la primera estrofa de una de las canciones de Blas de Otero: me moriré tranquilo si sé que me he vivido. Pero hay más, mi título favorito, posiblemente porque soy un eterno aprendiz, es que el ha quedado velado entre las primeras líneas: La gran lección.

Si lo pensamos un minuto, puede que sabernos con un principio y tener la certeza de que tendremos un fin nos ayude a relativizar lo nimio y a fijar la atención en lo fundamental; en el fundamento de nosotros mismos.

Generalizar esta visión con cordura y tenerla con respecto del trabajo y de las relaciones profesionales puede que nos haga ser cada día más eficientes y dichosos al restarle importancia a lo casual y anecdótico.

Cuando menos, nos hará más humanos.

Es entonces cuando despertamos al principio de realidad; una verdad que se sobrepone a numerosas recreaciones que alimentamos a diario.

Hoy Maite lucía un nuevo peinado. Se lo he hecho notar y le he dedicado un guiño. Ella me ha regalado una sonrisa.

© jvillalba

Vídeo 5º Aniversario Horarios en España (13′:14”) –

Según el estudio realizado en España por Randstad, durante el mes de agosto, sobre una muestra de 1.593 personas, parece ser que el 57% de los españoles (63% mujeres; 51% hombres) sentimos con la vuelta al trabajo  “irritabilidad, tristeza, insomnio, dolores de cabeza, alteraciones en el apetito o desmotivación”, durante unos días, conjunto de síntomas –síndrome postvacacional- de los que venimos oyendo hablar desde hace años, si bien me empieza a resultar sospechoso que no siempre dicha desadaptación -transitoria- formara parte de los registros de actualidad de los medios, a la vuelta al trabajo y antes de la vuelta al ‘cole’, hecho que también tiene su propia patología y que en breve atiborrará de noticias similares nuestras sobremesas declinando la interminable lista de rabietas, inseguridad, llantos, ansiedad, vómitos y hasta fracaso escolar; reacciones que tampoco llegué a conocer en mi infancia a la vuelta de las vacaciones ¡Y eso que se prolongaban por espacio de tres meses!.

Estos últimos años, sí, se siguen republicando los mismos o parecidos titulares, encabezamientos que no recuerdo en los años 70 y 80, pues, no estando tipificada tal disfunción -para unos; para otros enfermedad-, los ciudadanos acudíamos al trabajo, incluso con una sonrisa en la boca, deseando comentar nuestras vacaciones y retomar nuestra actividad con ánimos renovados.

Me resulta chocante, pero para esta supuesta realidad actual, que comparten padres e hijos, me atrevo a darle mi propia explicación, que no es otra que la que dimana de la inversión de valores que ha experimentado la sociedad; que tiene mucho de bueno, pero que -en algunos casos- lo hacemos malo.

Todavía me extraña que, tal y como están las cosas, este año no se le haya sacado más partido al rechazo o resistencia que presuntamente les produce a una mayoría –si admitimos como ciertos los datos que difunden y repiten los medios- regresar al trabajo para quedarnos sin él. ¿Curioso, eh?

© jvillalba

La opinión de Rojas Marcos.

Francisco Javier Lavilla Royo.

Decálogo de la Comisión Nacional para la Racionalización de los Horarios Españoles.

10 razones para adoptar la jornada continua en verano.

Innovar resulta arriesgado y costoso, pero no hacerlo significa poner en riesgo la supervivencia de las organizaciones, máxime en épocas de crisis en las que reforzar el posicionamiento resulta crítico.

 

Las crisis, que en esencia son cambios, representan oportunidades. Son la ocasión para centrarse en lo importante, permiten replantearse rutinas, hábitos y prácticas y posibilitan darse cuenta de que las cosas pueden hacerse de otro modo, por lo que cabe interrogarse sobre lo que se hace, el por qué y para se hace y cómo se viene haciendo.

 

Normalmente estos planteamientos giran en torno a productos, servicios y procesos de negocio, pero pocos directivos se plantean la necesidad de revisar los estilos de dirección, las rutinas de toma de decisiones, la gestión de los activos intangibles y cómo diseñar políticas de gestión de personas para integrar en el proceso de desarrollo el talento organizativo.

 

  1. Innovar es aplicar el conocimiento para desarrollar (innovación incremental) productos, servicios, procesos, negocios y modelos organizativos existentes o para crear (innovación radical) nuevas soluciones (disrupción).
  2. Innovar es también mejorar.
  3. Innovación y cambio son sinónimos.
  4. Si cambiar es arriesgado, mucho más lo es no arriesgarse a evolucionar.
  5. La innovación es el elemento clave que explica la competitividad.
  6. Sin innovación no hay ventajas competitivas (diferenciales y sostenibles) en las que sujetarse.
  7. La innovación representa la oportunidad de obtener ventajas competitivas.
  8. Innovación es una idea que tiene éxito (acogida y aceptación).
  9. Si la novedad no obtiene el reconocimiento de los mercados (demanda de clientes traducida en ventas), no es innovación.
  10. La gestión estratégica de la información se ha revelado clave en el proceso de innovación.

© jvillalba

Lo que acontece en Internet se viene tildando de virtual, entrecomillado, por oposición al denominado mundo “real”, cuya agenda o actualidad –dicho sea de paso- reconstruimos a diario; luego equiparar virtual con irreal parece, como poco, arriesgado y denota un total desconocimiento de la psicología humana. Pues, ¿dónde acontece lo real?

 

A estas alturas, superado Heráclito de Efeso, ya constatamos y admitimos la incertidumbre: no sólo todo cambia, sino que cada vez los cambios se suceden más deprisa disminuyendo significativamente el intervalo de tiempo que media entre dos nodos.

 

Negroponte comentaba que Tiempo Internet es una expresión que alude a la compresión del tiempo que, naturalmente, ha sido propiciada –digo yo- por la socialización de la Red de redes. Sin atreverse a fijar factor alguno de multiplicación para convertir el tiempo que conocemos a tiempo Internet, acude al ejemplo: “lo que antes se tardaba en hacer en un mes ahora se tarda un día.” Bill Gates, a finales de los 90, hizo famosa la frase “el mundo va a cambiar en los próximos diez años más de lo que lo ha hecho en los últimos cincuenta.” Por otra parte, Norman Harrington sentenció que “prácticamente nada de lo que era un principio empresarial inamovible en los años 90 ha resistido el decenio del vuelta a empezar y, además, el replantearse todo continuamente se ha convertido en un factor necesario de éxito”.

 

Así las cosas, la velocidad de reacción ante el continuo devenir se yergue en pieza clave del éxito: la adaptación; hoy más que nunca, supervivencia. Y es que sucede que el péndulo de Internet es el que marca ahora, se quiera o no, nuestro tiempo, ése en el que los nodos se acortan para dar paso a los acontecimientos que se suceden con velocidad de vértigo. Si en un mundo interconectado estamos a menos de seis clics de cualquier lugar, parafraseando a Negroponte, tendremos que ajustar nuestros tiempos al de los que hacen clic, que es quienes producen la actualidad, antes y con mayor velocidad, luego la realidad se construye hoy en el tiempo virtual.

 

Quizá Swatch, dos mil cuatrocientos noventa y tres años después de la muerte de Heráclito, no iba tan desencaminada cuando introdujo el término “Tiempo Internet”

 

@625.beats

 

© jvillalba

 

Cada uno debe asumir que el motor de su cambio es él mismo. Lo creo firmemente, pues lo que tú seas o llegues a ser sólo depende de ti.

 

Por retomar alguna otra frase, más o menos célebre, me parece interesante traer a colación la referida por Alexei Tolstoi: “Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo”. Curiosamente la gente suele pensar que no tiene que cambiar, pero sí los otros, sus vecinos. Traducido al ámbito empresarial, ¿no habéis observado que, cuando hay que implementar un cambio, sueles encontrarte con una masa crítica de profesionales que, asegurando estar a favor de dicho cambio, permanecen quedos, pasivos, en espera de que sean otros quienes los ejecuten y pongan en marcha?

 

Siguiendo con las frases, hay una de Mahatma Gandhi: “Si quieres cambiar al mundo, cámbiate a ti mismo”, que, aplicada a la empresa, deberían adoptar los cuadros directivos en pleno, todos a una, para promover cambios, pues no en vano el mando es un agente modelizador excepcional, un referente, cuya función ha de integrar la de dar ejemplo.

 

Finalizo con una de Octavio Paz: “Las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo…. del miedo al cambio”. Se trata del daño que causa el inmovilismo, la cerrazón y la clausura frente a la apertura y renovación de aires, pues, para finalizar con otra mencionada por Paco Muro: “Si hay que caer, que sea intentando avanzar”.

© jvillalba

Autor

Javier Villalba

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