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En el centro de nuestros universos, un año más el ciclo se renueva brindándonos la ocasión de mirar hacia atrás, de comprender el pasado, de mirar hacia adelante, de hacernos dueños de los nuevos destinos que nos fijemos.

Ahora, hoy, cuando el receso navideño nos permite reposar por unos instantes nuestras miradas, mi invitación de este año no es otra que sugerir un tiempo para caer en la cuenta de lo cercano, de lo más próximo, de lo inmediato.

Quizá descubramos que, en términos de balance final, cuente más reparar en la llama que alimenta nuestros corazones que dejarse guiar por esa luz -tal vez inquietante- del final del túnel.

¡Feliz Navidad! Y próspero Año Nuevo.

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“Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena.” Ingmar Bergman.

En la actualidad ya no se puede entender el trabajo de calidad de espaldas a los tiempos de dedicación, lo que también ha sido expuesto en el X Congreso para Racionalizar los Horarios Españoles, que ha tenido lugar en Madrid los días 11 y 12 de noviembre de 2015.

[ Artículo completo publicado el 16.11.15 en el blog Con tu Negocio ]

Hoy, día primero del año, tenemos por delante 8.784 horas. Esta es mi primera reflexión para un año bisiesto: 8.784 horas.

Los expertos en gestión del tiempo recomendarían pararse a pensar, inventariar actividades y proponerse objetivos, evaluar aquellas a tenor de éstos, propondrían priorizar unos y otras, organizarse, discriminar entre lo urgente y lo importante y tomar decisiones, echar mano de la agenda o de alguna herramienta time system o de un Personal Digital Assistants, trabajar a plazos, introducir la rutina de la puntualidad, idear colchones de tiempo, establecer un modelo de gestión eficiente del correo, del email, del teléfono, de las visitas y para las reuniones; empezar a utilizar filtros de diferente cuño, proponerse identificar los ladrones del tiempo, aprender a decir ‘no’… y un sin fin de tácticas más, como gestionar adecuadamente secretarias o asistentes y aprender el arte de la delegación, también conocer los propios biorritmos y la propia curva de rendimiento…; todo ello para rentabilizar nuestro caudal de tiempo.

Pero no son estas las consideraciones que me interesan hoy, un año en el que la crisis parece que perdura y que en las familias adoptará el formato de la recesión. Un año que, recién anunciado, antes de dar la primera campanada, ya se sabía portador de un ADN de mala calidad.

En este primer día de un año, al que se le supone que precisará ingeniería genética para subsanar una herencia deficitaria, prefiero adoptar una perspectiva diferente a la del euro y me doy cuenta de que todos somos iguales en lo que considero su mejor virtud: el tiempo que se nos ofrece por delante.

Es mi segunda reflexión para el año: todos somos igual de ricos en horas, minutos y segundos. Todos. Todas las personas y todos los humanos; todos tenemos un patrimonio de 8.784 horas que ya hemos empezado a gastar o a invertir, pues el tiempo no podemos almacenarlo, ni congelarlo, ni estirarlo; sencillamente transcurre, pasa, se derrama grano a grano y, a cada grano, se eclipsa.

Se trata, entonces, de plantearse cómo gastamos nuestro patrimonio, en qué y con quiénes, a quién se lo ofrendamos como una dádiva o a quiénes les restringimos o les privamos del nuestro. Y en qué y con quiénes acompasamos nuestro tiempo.

Hay un conocido fenómeno llamado banco de tiempo, o del tiempo, en virtud del cual las personas afiliadas intercambian el valor de su tiempo; un capital de horas que todos tenemos. Un sistema económico en el que no interviene moneda alguna.

El tiempo es oro; esto bien lo saben las familias desde tiempos inmemoriales; véase, por ejemplo, el tiempo que nos dedican las denominadas clases pasivas –los ancianos, por ejemplo- y el valor de las actividades que realizan a favor de sus familias y el coste que les supondría si no las asumieran ellos.

Podemos regalar dinero, o bienes materiales, pero el dinero no tiene el valor del tiempo aunque se nos entregue dinero por nuestras horas trabajadas. Podemos hacer obsequios, pero las treinta monedas no suplirán jamás la compañía, el cariño, la conversación o la serenidad que puede transmitirse en virtud del roce y de la complicidad.

Este año 2012 parece que será difícil; sin embargo somos ricos, tenemos un patrimonio que, queramos o no, hemos de gastar y en esa sucesión de actos de consumo estará la diferencia entre el bienestar y el malestar. Un caudal de huidizos segundos que grano a grano nos permitirá edificar una historia que merecerá la pena, o no, acariciar.

© jvillalba

Un hilo de voz…

Del silencio al sonido, la vida.

En ese ciclo, tu aliento.

En ese tramo, tu acervo.

En ese transcurso, tu sabiduría.

De un extremo al otro, tu discurrir.

En ese horizonte, tu destino.

En ese tránsito, tu tiempo.

En esa espiral, tu vida.

Del silencio a la palabra, tu conocimiento.

En ese espacio, tus opciones.

En ese tiempo, tu horizonte.

En ese acto, tu elección.

Del silencio a la palabra media un hilo,

como del sonido a la mudez.

No silencies tu palabra esta Navidad

y reclama tu Nueva Oportunidad.

© jvillalba

Lo que acontece en Internet se viene tildando de virtual, entrecomillado, por oposición al denominado mundo “real”, cuya agenda o actualidad –dicho sea de paso- reconstruimos a diario; luego equiparar virtual con irreal parece, como poco, arriesgado y denota un total desconocimiento de la psicología humana. Pues, ¿dónde acontece lo real?

 

A estas alturas, superado Heráclito de Efeso, ya constatamos y admitimos la incertidumbre: no sólo todo cambia, sino que cada vez los cambios se suceden más deprisa disminuyendo significativamente el intervalo de tiempo que media entre dos nodos.

 

Negroponte comentaba que Tiempo Internet es una expresión que alude a la compresión del tiempo que, naturalmente, ha sido propiciada –digo yo- por la socialización de la Red de redes. Sin atreverse a fijar factor alguno de multiplicación para convertir el tiempo que conocemos a tiempo Internet, acude al ejemplo: “lo que antes se tardaba en hacer en un mes ahora se tarda un día.” Bill Gates, a finales de los 90, hizo famosa la frase “el mundo va a cambiar en los próximos diez años más de lo que lo ha hecho en los últimos cincuenta.” Por otra parte, Norman Harrington sentenció que “prácticamente nada de lo que era un principio empresarial inamovible en los años 90 ha resistido el decenio del vuelta a empezar y, además, el replantearse todo continuamente se ha convertido en un factor necesario de éxito”.

 

Así las cosas, la velocidad de reacción ante el continuo devenir se yergue en pieza clave del éxito: la adaptación; hoy más que nunca, supervivencia. Y es que sucede que el péndulo de Internet es el que marca ahora, se quiera o no, nuestro tiempo, ése en el que los nodos se acortan para dar paso a los acontecimientos que se suceden con velocidad de vértigo. Si en un mundo interconectado estamos a menos de seis clics de cualquier lugar, parafraseando a Negroponte, tendremos que ajustar nuestros tiempos al de los que hacen clic, que es quienes producen la actualidad, antes y con mayor velocidad, luego la realidad se construye hoy en el tiempo virtual.

 

Quizá Swatch, dos mil cuatrocientos noventa y tres años después de la muerte de Heráclito, no iba tan desencaminada cuando introdujo el término “Tiempo Internet”

 

@625.beats

 

© jvillalba

Me parece que el tiempo tiene truco porque siempre hace lo mismo: se nos esfuma; es un mago del escapismo.

 

Que el tiempo no se estira, ¡ya lo sabemos! Que el tiempo no se puede almacenar para consumir cuando mejor convenga, ¡ya lo sabemos! Que el tiempo no se puede comprar en el hiper y que no hay comercios especializados en la venta de tiempo, ¡ya lo sabemos!

 

Pero también sabemos que el tiempo es el que es, ni más tiempo ni menos tiempo que el que es. ¿O no? Y que para todos es el mismo. Sólo que tiene fecha de caducidad.

 

Vengo observando que en las organizaciones, la mía o cualquier otra, una de las frases de moda -que no la única- es ésa que expresa el deseo implícito de estirar el tiempo, pues, en general, “no hay tiempo”. Y quisiéramos estirarlo como si fuera de goma.

 

¿Cómo que no hay tiempo? Tú y yo tenemos el mismo, todos tenemos el mismo tiempo, solo que lo distribuimos de manera diferente y nos   diferenciamos -precisamente también- en eso: en aquello a lo que lo aplicamos que, en el cómo lo distribuimos. De alguna manera, estas decisiones representan lo que para nosotros importa más.

 

Objetivamente es verdad que “nuestras cargas” exigen de por sí una porción de tiempo. En unos casos, mucha; en otros, menos. Y que hay muchos “ladrones” de tiempo; y en la vida diaria de las organizaciones, muchos más.

 

Para el análisis inferencial de las culturas corporativas, resulta una fuente muy rica de información el uso y aplicación del tiempo. Si las dotaciones presupuestarias dan la pauta -relativa- sobre lo importante, la aplicación del tiempo lo pone aún más de manifiesto y en términos absolutos. Os invito a revisar mentalmente algún ejemplo.

Lo que también es verdad en nuestras vidas, es que nuestro tiempo es limitado. Ese límite es el que aconseja destinarlo sin dilación alguna a lo que verdaderamente importa. Y cada quien, lo sabemos.

 

Propongo la dotación de tiempo como premio, de manera que la ganancia sean cinco días consecutivos de libranza, a elección de los ganadores y en el año natural. Me parece que estos premios son de oro y el “murmullo” que se escucha parece confirmarlo.

 

Ante una crisis que ya es recesión y un entorno que defiende la conciliación, premiemos con ‘oro’ el aporte de valor en las organizaciones ¿Quién da más?

 

© jvillalba

Curiosamente no se repara en el tiempo de los demás.

 

Nadie tiene tiempo. ¿Será por esa misma causa que está de moda citar a reuniones cinco minutos antes de la hora de salida? Como –según parece- nadie tiene tiempo, se prolongan y alargan reuniones sin contenido; digo bien, sin contenido. Será –digo yo- que, por la misma razón, no habrá habido tiempo para prepararlas.

 

Ya que no hay tiempo, tampoco debe haberlo para cumplir horarios fijados ni para completar programas, porque –ya se sabe- no hay tiempo ni se puede destinar –ya que no lo hay- a controlar los fuera de tiempo, obligando a auditorios y reunidos a permanecer aunque éstos no reciban beneficio ni producto ni herramienta ni utilidad alguna de esa sesión a la que fueron convocados, las más de las veces sin orden del día, sin programa, sin horario…, pues, ya que no hay tiempo, ¿cómo podría fijarse la duración?

 

Como es sabido impera la idea de que no hay tiempo. Y tampoco lo hay para informarse ni para escuchar ni para entender propuestas ni para profundizar en proyectos que, quienes los encargaron y por falta de tiempo no los podían abordar, como siguen sin disponer de tiempo, en consecuencia, lógicamente, en congruencia absoluta con su falta de tiempo, no pueden destinar lo que no tienen ni tan siquiera a recibir la información que pidieron. Por ello, por su falta de tiempo se encuentran indisponibles.

 

Así, nos encontramos insertos entre una clase de dirigentes harto capaces, pues desatendiendo y declinando -por falta de tiempo- logran liquidar multitud de asuntos en el menor tiempo posible. Disponen, por tanto, de la fórmula para hacer evaporarse cualquier asunto, lo que les permite hacerse algo de tiempo para invertirlo en quién sabe qué, pues hay información reservada –¡Tchssssuuu! Alto secreto- por la que se desconoce cómo lo aplican. Lo que se sabe, lo que está a nuestro alcance, es que no disponen de tiempo.

 

Además, ¿a quién se le ocurre hoy informar por escrito? ¿Cómo alguien puede pretender que gente sin una micronésima de tiempo pueda destinar algo de lo que no dispone a leer si, además, hoy en día –SXXI- ya no se lee, precisamente, por falta de tiempo? _Éste ‘cenutrio’ merece ser despedido; ¡Mira que hacernos perder el tiempo…!

 

Esta es la realidad actual en algunas organizaciones; si bien la falta de tiempo se extiende a todos los ámbitos.

 

Lo grave ya no es ni que haya ni que no haya tiempo ni que no se dedique el escaso a informarse suficientemente; lo apabullante, lo grave, lo alarmante es que no se respete el tiempo de los demás. Me refiero al mío, a mi tiempo, cuando se incumplen horarios y plazos, cuando las propuestas se mueren ¡con el tiempo! sin que alguien decida, haciéndome desperdiciar el que yo tenga o no tenga, consumiendo mi tiempo en distracciones y futilidades. ¡Inadmito dicha desfachatez!, tal ejercicio del poder, que no de la autoridad, tal fanfarronada de los despilfarradores de mi tiempo, tal robo, pues hay violencia en ello e ineptitud en la demora.

 

Mi tiempo es mi vida. ¡Mi tiempo tiene un valor incalculable! Ni lo empeño ni lo dono, lo aplico escrupulosamente y con celo manifiestos. Custodiar el propio tiempo me parece el primer gesto de respeto hacia uno mismo y la condición previa para aplicarlo –como quieras-, pero en libertad.

 

Hay abrepuertas -¿No lo saben?-, peticiones de permiso para traspasar umbrales cuando quieres acceder a recintos íntimos, como cuando quieres adueñarte de un horario que no te pertenece. No accionar esas palancas en espera de una respuesta en libertad es el primer signo de falta de respeto y significa un abuso. Inadmitirlo es una de mis maneras para expresar respeto a las personas que concito o con aquellas que comparto fragmentos de mi existencia, pues mi vida la reservo para los míos y para mí.

 

¡Por favor! Presentadores, ponentes y oradores, mirar vuestros relojes y si tenéis algo que transmitir decirlo ya e iros a casa. Gracias.

 

© jvillalba

 

En el transcurso de la vida se presentan situaciones únicas, casuales.

 

Por los derroteros que uno se conduce y por los devenires y sucederes que a uno se le sobrevienen y le conducen, acontecen situaciones fugaces, eclosionan destellos que, por milésimas de segundo, oscurecen alrededores y alumbran ocasiones; tras ello, según tu elección, quedas en penumbra o no.

 

Es el consabido, no por conocido más consciente, juego de las decisiones por el que decides, optas, se conduce y diriges tu destino. Pues el destino se fragua –tú lo dibujas- en fracciones de destellos; la vida, si pudiera representar su discurrir, la simbolizaría con su sumatorio.

 

Aquella mañana… En aquel atardecer… Durante la crecida de la marea… En aquel instante crucial… Cuando atravesé aquel cruce… Mientras nos despedíamos… Con ocasión de aquel gesto… si en vez de, hubiera optado por…

 

No hay más tiempo ni más ocasión que un destello para optar en la bifurcación; pero hay más ocasiones, no con más tiempo, para echar nuevamente ficha.

 

Se da la circunstancia de que el juego de las decisiones es una apuesta sin fin, una rosca que se enrosca, una y otra vez sobre sí, sin que concluya su capacidad de giro.

 

Dicha cuestión tiene dos lecturas: decidas lo que decidas, has de seguir decidiendo. Una jugada perdida no arruina ni termina la partida. Una jugada ganada hay que exponerla continuamente, sin fin, permanentemente. Quien decide, gane o pierda ha de volver a jugar ficha. Quien decida dejar que se consuma la jugada sin apostar, gana o pierde también, y a su pesar.

 

Hay un juego de las decisiones que ocurre en los instantes. Y mientras el destino se construye apilando los destellos.

 

© jvillalba

Mientras veo caer los finos granos de arena, a veces me he preguntado cómo suena el tiempo.

 

Cada tiempo tiene su voz. Hay voces que son ecos, sonidos que resuenan en valles profundos y cavidades, que reverberan murmullos y no pueden acallar el tiempo presente. En esas ocasiones se vive como no se quiere y es el rumiar de nuestras voces interiores las que proyecta, con su voz, nuestro tiempo, que se pliega para indicarnos el verdadero camino: es el eco del tiempo que aconseja cambiar de presente.

 

De siete maneras se expresa el tiempo; aquella es una de ellas.

 

Hay una voz fuerte, presente, atronadora; es el ruido contra el que tropieza el tiempo presente dejando caer sus granos con ruido, estrepitosamente. Imagina un tiempo sin sonido… Nuestro existir se ciñe al diapasón que macera nuestros oídos, marcando cada suceso, haciendo sucederse los instantes, diferenciándolos. Cuando esta voz se expresa, sucede el tiempo de los otros, cuya fortaleza hace acallar el eco del tiempo, derramando sus granos.

 

De siete maneras suena el tiempo; la segunda es a trompicones.

 

A los sueños les desalojan los cantos de sirena, que tañen su melodía desde la noche de los tiempos; así, hay un tiempo que suena a tañido, a coro griego mezclado con cantos de sirena, que impulsa lamentos y desiderativos provocando alucinaciones y fantasías para acunarte hasta abotargar la conciencia. Son voces urdidas para despilfarrar tu tiempo que se confunden con el eco del tiempo.

 

De siete maneras se pronuncia el tiempo; la tercera recorre los lamentos.

 

Cuando ruidos, coros y cantos se han vencido, suenan trompetas y timbales orquestando los tiempos del halago, tiempos en los que otros ganan tiempo extrayendo utilidades, trepanando sensibilidades para silenciar el eco del tiempo y hacer que hagas por ellos lo que ellos no son capaces de hacer, haciéndote malgastar tu propio tiempo. Quien sucumbe a la sinfonía del halago pierde la ocasión de invertir en su propio tiempo.

 

De siete maneras habla el tiempo; la cuarta se disfraza de destino.

 

A toque de corneta, el tiempo suena como las órdenes: imperativo, castrense, cortapisante, categórico. Es la voz de los débitos, de las obligaciones, de perchar en galeras a golpe de tambor; un tiempo de encadenarse que dedicar a cosecharlo. Aquí los pliegues del tiempo se arremolinan y se enriscan, se enmarañan, sonando todos al mismo tiempo; hay que tener un oído muy fino para discriminar sonidos: ecos, ruidos, coros y cantos, halagos, órdenes… Del grado de pericia para discernir sonidos se deriva el aprovechamiento del tiempo, en provecho propio o ajeno.

 

De siete maneras se declina el tiempo; la quinta se oculta detrás de la conciencia.

 

Hay una voz festiva, amable, con la que también se manifiesta el tiempo. Es la voz de la algarabía. Cuando al tiempo del quehacer le suplanta el de la holganza, parece como si la audición fuese un sentido dormido. Esta voz representa el peligro de la incomunicación y la claudicación del diálogo interior.

 

De siete maneras susurra el tiempo; la sexta se oculta detrás de la belleza.

 

Hay un sonido para el silencio que se conoce cuando se ha escuchado el eco del tiempo y, con esmerada atención, se han acompasado los pasos con los latidos del corazón. Es el tiempo que mana plácidamente, sin interrupción, que fluye deslizándose cuando uno es capaz de escucharse y aprende a dialogar consigo mismo, respirándolo, arremansándose y dejándose fluir. Si a ello se llega, se posee el arcano del tiempo y uno se hace dueño de su propio tiempo. Cuando el mismo silencio se comparte, en paz y al mismo tiempo, se produce la complicidad. Amar es también compartir la liturgia del tiempo al mismo tiempo.

 

De siete maneras se conjuga el tiempo; ésta es una de ellas.

 

© jvillalba

Autor

Javier Villalba

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