Estamos tan inmersos en el mundo del trabajo que tendemos a olvidar las principales etapas en las que descansan las prácticas productivas actuales, pues el trabajo retribuido es una realidad reciente. En efecto, si en la edad antigua primó la esclavitud (dialéctica amo-esclavo) y en la Edad Media la servidumbre (dialéctica señor-vasallo), no es hasta la modernidad, con el advenimiento de la industrialización, movimiento que requirió el acopio masivo de mano de obra y propició la migración del mundo rural al medio urbano, cuando aparece la figura del asalariado en el nuevo escenario: el mercado de trabajo, entendiéndose la fuerza de trabajo como una mercancía que se compra y se vende (dialéctica burguesía-asalariado).

Del campo a las ciudades

En la Edad Moderna, dichas migraciones internas, del agro a la urbe, dieron al traste con el modelo de familia tradicional, dando lugar al modelo nuclear, mejor adaptado a la nueva realidad. Las exigencias de la industrialización introdujeron, por tanto, cambios significativos en la sociedad, y dieron lugar a un nuevo marco de relaciones industriales caracterizado por la necesidad de colaboración entre los actores productivos, la aparición de conflictos entre la propiedad y la masa asalariada y la emergencia de situaciones de abuso que pervertían la esencia del contrato social, lo que propició que se fueran introduciendo paulatinamente mejoras, basadas tanto en consideraciones éticas como en preceptos legales que permitieron ir sujetando a regulación el nuevo mercado de trabajo.

Una ordenación que no se inspiró en criterios altruistas, sino que perseguía preservar la obtención de riqueza garantizando el óptimo productivo, para lo que era imperativo suavizar las tensiones crecientes que impedían el diálogo social. Desde una perspectiva histórica, los logros que ha venido alcanzando la clase trabajadora han sido permitidos con la intención de preservar el statu quo del capital y no tanto por efecto de un pensamiento humanista en defensa de las personas.

De la ciudad a las playas

Las principales notas que, en términos generales, caracterizaron el modelo de trabajo emergido de la industrialización, que necesitaba absorber mano de obra para dar respuesta a la producción en masa, fueron las escasas exigencias de especialización para el ingreso, lo que permitió el acceso masivo a los empleos una vez terminada la etapa de escolarización, y el trabajo a tiempo completo, mediante la contratación indefinida, posibilitando que se fuera adquiriendo –sobre la marcha- la competencia necesaria para el desempeño de la actividad, ir acumulando antigüedad, poder desarrollar una carrera profesional, a resultas de un dilatado período de servicio, y, en cierto modo, tener asegurado un puesto de trabajo hasta la jubilación. Un modelo al que en una primera fase accedían mayoritariamente hombres y que en España se prolonga desde el desarrollismo de finales de los años 50 –Plan de Estabilización de 1959- hasta la Crisis del Petróleo de 1973 -fecha en que la mujer ya se encuentra plenamente incorporada al mundo del trabajo-, un resurgir sin precedentes abanderado por la industria y la nueva economía del turismo de sol y playa.

Logros malogrados

Si antes el trabajo era mayoritariamente industrial, hoy la tercerización ha cobrado carta de naturaleza, empleando a más de 70% de la población activa. Pero no solo hemos vivido este cambio. Si antes las mutaciones se producían con lentitud, hoy las alteraciones mundiales son una constante con propagación de efectos locales, como lo demuestran las crisis. La generación de los 50 ha conocido momentos tan decisivos como la crisis del petróleo, la recesión del 92 con origen en la Guerra del Golfo y la crisis financiera global del verano de 2007, en la que todavía nos encontramos. Además de los efectos de la irrupción tecnológica y de la globalización, tales factores críticos han generado inestabilidad y han desencadenado una carrera sin retorno por la competitividad, han introducido la lucha por la innovación, han despertado la necesidad de ahorrar costes a toda costa y, entre otras consecuencias, nos han sumido en la búsqueda del abaratamiento mediante la deslocalización y la externalización de actividades.

De la ciudad a la aldea global

Hoy en día el trabajo no es ni de por vida ni es, por fortuna, exclusivamente masculino; la contratación es mayoritariamente temporal; no pocos empleos son a tiempo parcial; la exigencia de movilidad se ha instalado con naturalidad en nuestras vidas, como dan fe de ello los flujos migratorios; la antigüedad ha perdido peso y las carreras profesionales ya no se suelen desarrollar en una sola empresa, sino por efecto de la rotación libre o forzosa; para los más, la especialización y la alta cualificación son condición de ingreso en el mercado laboral; el teletrabajo, el trabajo por horas, el trabajo de fin de semana, el trabajo temporal, el trabajo a domicilio, el trabajo autónomo y el trabajo retribuido exclusivamente a comisión se han introducido como fórmulas alternativas ante la escasez del empleo por cuenta ajena.

En la etapa actual los trabajadores han tenido que asimilar cambios y han tenido que adaptarse a situaciones cambiantes haciendo gala de una especial flexibilidad, actitud exigida por empleadores que, al ritmo de las presiones del mercado, han optado por ir mermando los logros alcanzados por la clase trabajadora en el siglo pasado. Así, las reconversiones industriales, los ajustes de salarios y los reajustes de plantillas, las prejubilaciones y los ERES, la movilidad geográfica y funcional, las exigencias idiomáticas y tecnológicas, la introducción de la oficina móvil y del teletrabajo, las barreras de la edad para el empleo, la exigencia de una formación permanente a iniciativa y a cargo del propio profesional son algunos de los factores que se han sumado para precarizar los empleos e incrementar la iniciativa emprendedora, todo lo cual ha dado un vuelco al estilo de vida que conoció la generación de postguerra, o del 36, y nos ha instalado en un marco de inseguridad respecto del empleo y de incertidumbre con relación al futuro, para el que se vaticina el derrumbamiento del sistema público de pensiones.

La cara oculta de la globalización

Un horizonte preocupante debido a la creciente desigualdad económica y social, con riesgo de exclusión para algunos, en una aldea global auspiciada por un capitalismo financiero cuyo imperialismo económico ha erosionado el poder de los gobiernos, por efecto de un transnacionalismo en el que todos los estados compiten entre sí, sin que sea posible defenderse de las fluctuaciones económicas mundiales ni establecer medidas protectoras ante las fuerzas económicas globales que ahora rigen los mercados y afectan nuestras vidas.

Ante dicho panorama no resulta fácil ni para las empresas y ni para los gobiernos intervenir para equilibrar las necesidades de seguridad con las exigencias de flexibilidad que tenemos trabajadores y ciudadanos: poder vivir bajo un modelo de flexiseguridad que posibilite el reparto de empleo y de la riqueza, que ofrezca vías de desarrollo popular y preserve los gestos de solidaridad social. Tales demandas incumplidas y dicho estado de situación contraponen las ventajas de la globalización –apertura, incremento de oportunidades, respaldo de la libre iniciativa, el valor de la diversidad- al coste de la mundialización –inseguridad, riesgo, insolidaridad, precarización, desigualdad, pobreza, exclusión-.

Un estado de situación que, por el momento, no tiene marcha atrás y con el que más vale aliarse en provecho propio, posiblemente aspirando a resolver por uno mismo lo que antes venía dado o resolvían otros, que obcecarse en perjuicio propio.

Anuncios