Tú vales lo que vales, pero “solo no vales nada”.

Una de las más conocidas recomendaciones de seguridad en la montaña es el consabido consejo: “Nunca vayas solo”. Dicha recomendación es válida para cualquier actividad al aire libre, desde la realización de una sencilla ruta de senderismo hasta cualquier otra gesta aunque alpinistas, escaladores y senderistas de todos los tiempos hayamos desafiado la soledad de cumbres, paredes de roca o hielo y caminos.

Un caso paradigmático fue el protagonizado en 1980 por Reinhold Messner (el primer hombre en hollar los catorce ochomiles), quien se enfrentaría en solitario al Nanga Parbat (8.125 m.), una cima que había hollado diez años antes ascendiendo por la vertiente Rupal, la cara Sur, junto con su hermano Günther, que pereció en el dramático descenso que se vieron obligados a realizar por la pared Oeste (vertiente Diamir). Pero dicha gesta –mayúscula- ni ha sido la única ni el referido protagonista ha sido el único -ni lo será- en procurarse el placer de encararse consigo mismo en la soledad de sus proyectos.

Sea como fuere y aún admitiendo el valor del aprendizaje del hombre solo -ante los desiertos caminos, las imponentes paredes o las enhiestas cumbres- enfrentándose a sus miedos y reconociendo sus límites frente a una dificultad que le sobrepasa, aprendiendo a decir “No”, asimilando la diferencia entre lo que resulta peligroso y lo que representa un riesgo objetivo, aprendiendo a renunciar sin rubor, sabiendo que ha de entrenarse hasta la extenuación para superarse un grado la vez siguiente, comprendiendo que estando solo tan solo es él enfrentado a sí mismo, se termina por comprender que el equipo es la llave para dar el paso clave que permitirá lograr y compartir aspiraciones.

Es entonces, en esos momentos en los que el autoengaño no conduce a lugar alguno, cuando terminas dándote cuenta de que adiestrarse es necesario, pero que el verdadero valor del entrenamiento está en disfrutarlo con otros. Compartir, aquí, dota de un sentido superior a la vivencia que se experimenta. Lo que no quita para que busques momentos en los que te quieres encontrar contigo mismo sin otros estímulos que demanden tu atención para ese encuentro.

Posiblemente es una lección que se aprende de joven cuando, encaramados a un reto cuya verticalidad se nos impone a plomo, en determinado momento tomamos conciencia de que un simple fallo, por anecdótico que fuere, podría dar al traste con ilusiones hondamente gestadas.

Quienes se aventuran lo tienen muy claro, aunque algunos de ellos se embelesen en la práctica del solo integral. No podemos perder de vista que el solipsismo es una opción para realizar un viaje interior que también nos conviene de vez en vez, pero nunca en exclusiva.

La imagen de la cuerda, a modo de un cordón umbilical capaz de transformar el peligro inespecífico en riesgo calculado, representa un eje de confianza que crea equipo, un hilo de comunicación que embarca en el mismo proyecto a dos compañeros de cordada, cada uno amarrado a cada extremo de ese eje de complicidad, una argamasa mediante la cual se comunican para complementarse, contribuyendo cada uno a la progresión de ambos, largo a largo, para ganarle metros al suelo; relevándose a cada tramo. Asumiendo alternativamente, uno y otro, la mayor responsabilidad del avance y la mayor responsabilidad de cubrir la progresión del que asume la cabeza de la cordada, un seguro o salvaguardia, soporte o paracaídas, que inspira confianza para dar un paso más. Un trabajo milimétricamente tejido en equipo, relevándose en las responsabilidades, equipando y desequipando tramos, tomando el reemplazo hasta hacer cumbre, una empresa común que no termina hasta que ambos regresan a la placidez del valle; una unión que persiste incluso más allá del reino del silencio porque compartir la misma cuerda crea complicidad.

La montaña, los caminos verticales y solitarios, los territorios emblemáticos, la soledad de cumbres señeras, el reino del silencio que se alza sobre las nubes, nos enseñan que tú vales lo que vales, pero que “solo no vales nada”.

© jvillalba

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