Parece que no tenemos claro que también es necesario tener recursos que realicen el trabajo más árido, monótono, repetitivo y de precisión que a otros les atrae menos.

En los procesos de evaluación del desempeño, en los que me pregunto hasta qué punto se complementan con una rigurosa calificación del mérito, suele prevalecer un interés por aquellos trabajadores con destacado rendimiento y potencial, susceptibles de ser promovidos, como también por aquellos otros que se sabe comprometidos, gozan de influencia, tienen iniciativa y se prevé que podrían demostrar ascendencia sobre terceros y que bien pueden incardinarse en la línea sucesoria para, llegado el caso, tomar el relevo.

Pero también se da la circunstancia de que en toda empresa hay que ejecutar operaciones ingratas, realizar tareas más penosas, abordar cometidos menos atractivos o asumir funciones subalternas con menor proyección, menos lucidas e incluso que pasan desapercibidas; y alguien ha de tener la entereza y disposición de ánimo para acometer aquellos trabajos básicos, menos valorados, pero esenciales para el normal funcionamiento organizativo.

No pocas veces, quienes asumen “el trabajo sucio” viven el día a día en el olvido, relegados en misiones que se consideran de menor envergadura y que cualquiera podría ejecutar, pues los subalternos no se suelen considerar piezas clave. Sin embargo podríamos calibrar con exactitud su importancia si nos atreviéramos a prescindir del personal subalterno tan solo una semana, cinco días.

Tengo in mente a trabajadores que cumplen con sus cometidos, cuyo rendimiento es bueno, notable, suficiente o adecuado, que cubren perfectamente los requerimientos del puesto y que tienen una buena disposición general, que están adaptados, no crean problemas, valoran la estabilidad en empleo y suelen hacer bien su trabajo, demostrando buenos hábitos laborales. Me refiero a gente que cumple, por irrelevante que a algunos pueda parecerles su cometido.

Mucho me temo que cuando hablamos de talento se nos llena la boca de términos grandilocuentes como competencias, conocimiento en acción, capacidades… y nos olvidamos de considerar estos empleos de base como lo que son: el fundamento de nuestra capacidad, posibilitado por trabajadores clave que propician que la empresa cuente con los elementos que precisa para que la maquinaria organizativa pueda enfrentarse con éxito a los retos diarios.

En toda área, departamento y sección se necesita contar con recursos fiables, adaptados y cumplidores capaces de asumir tareas sencillas o complejas, tediosas, reiterativas, sin brillo, probablemente aburridas, en ocasiones de baja cualificación en términos académicos sin las cuales el trabajo de muchos otros con mayor titulación sería interminable o imposible. Son facilitadores, sin cuyo concurso la vida se nos complicaría ¡Y mucho!

Sin embargo, se corre el riesgo de desocuparnos de estos trabajadores, algunos de los cuales son la primera imagen de la empresa mientras que otros muchos son anónimos para el público, colectivos a quienes no se les cuida o no se les cuida tanto como a otros “espadas”. Pero nos convendría ¡y mucho! reparar en ellos, atenderles, ocuparnos de su bienestar y retenerles; por lo que –dicho de paso- ni han de estar ausentes de los planes de desarrollo que concibamos ni han de omitirse en las revisiones de la práctica retributiva que revisemos.

Me provocan un gran respeto aquellos profesionales que, durante la jornada, se vuelcan en su trabajo sin pretender aparentar otra cosa, sin complejos, que tienen las ideas claras y que han decidido trabajar para vivir, porque también es una opción personal tener el coraje de decidir que la vida no se te vaya en el trabajo. Personas con la vida asentada cuyas principales aspiraciones y motivaciones se encuentran en su esfera personal y se sienten satisfechas con un trabajo estable que les permita, en medida razonable, conciliar sus intereses personales y profesionales.

Me refiero a personas a las que les importa más su éxito vital que su estatus profesional, que están conformes consigo mismas, que conocen a fondo su trabajo y se conducen con autonomía, que aportan y cumplen con eficiencia, que dan muestra de responsabilidad, pero que no sienten especial interés por descollar en el entorno laboral, en el que son contributivos sin ser competitivos y que habitualmente y por norma, cumplida su jornada, marchan a la hora y en punto, salvo que alguna urgencia o pendiente ocasionales les obligue a rematar la tarea.

No hablo ni de personas mediocres ni de trabajadores del montón, tipologías que abundan en las estructuras empresariales, capa directiva incluida, y que comprometen la productividad global; lo que resulta injusto. Hablo de profesionales que respetan su trabajo, un medio de vida que toman muy en serio, que les permite saberse útiles y obtener ingresos; hablo de personas nobles, exentas de complicaciones, que tienden a ser sinceras y en las que se puede confiar, que resuelven sus obligaciones profesionales sin hipotecar la propia existencia más allá de lo necesario y lo superfluo y sin otras pretensiones de ostentación de estatus o responsabilidad.

© jvillalba

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