Interesantes reflexiones, Eugenio, con las que básicamente concuerdo, aún reconociendo que abres la caja de los truenos. O así lo siento.

Si, como dijera Jeff Howe, el crowdsourcing se dirige a un grupo indeterminado de personas, los proyectos colaborativos internos los dirigimos a un público determinado de personas que coincide que conforman la plantilla de la empresa, lo que sin ser la primera ni única supone una diferencia con Wikipedia, tomada como referencia.

La semana pasada un colega me explicó que, en febrero, así, por las buenas, había creado una cuenta en Yammer para alojar un proyecto colaborativo. La actividad consistió en las altas en una subcomunidad, el líder del proyecto había alojado tres documentos para debatir. La semana pasada, en mayo, no se había producido interacción alguna más allá de las dudas iniciales de funcionamiento. Debate, cero; producción, cero.

El mes anterior una colega del mismo sector que mi empresa me dijo que quería abrir un ‘perfil’ En Facebook para dar opción a que los trabajadores se expresarán (¿Dónde, qué cómo…?). Lo primero que tuve que decirle es que las personas dan de alta un perfil, las empresas una página.

Quiero decir con esto que la cuestión no sólo es si los trabajadores participan o no en proyectos corporativos, sino que también cabe la posibilidad de que para colaborar haya primero que crear las condiciones idóneas para estimular la participación. La gente tenemos que verlo atractivo y sentir que la propuesta es interesante –como la tuya, por ejemplo-; tenemos que apreciar algún tipo de beneficio, nos ha de reportar alguna ventaja por intangible que sea, por etérea que nos parezca.

Todas nuestras vidas tienen algún tipo de condicionante, sin duda, pero los márgenes de libertad de nuestros roles difieren. Sin entrar a valorar diferencias de presión, condicionamientos y abducciones, compartiré alguna otra idea.

Conseguir la participación me parece un hecho posible y deseable, es una opción realizable cuando se cumplen las condiciones mínimas para que la gente podamos participar, lo que trasciende discursos de intenciones.

Lo primero es interesarse verdaderamente por los sujetos de la acción, reputarse a sus ojos, resultar creíbles, llamar su atención, interesarles, proponerles un asunto básico para ellos que resuelve una de sus necesidades o les aporta un valor que perciben como tal y que no se consuma en el acto participativo, sino que lo trasciende, debe de haber una garantía de escucha y ha de suceder algo a resultas de la suma de actos participativos, algo debe cambiar entre el antes y el después y debe quedar clara la autoría: los participantes han de sentirse autores de dicho cambio, ser reconocidos por ello.

Pero la participación en la empresa no persigue actos estéticos, sino que demanda beneficios, tangibles o intangibles, cuantificables o apreciables, acumulables. Así, una de las condiciones primeras será tender el puente entre los intereses del negocio y las expectativas de las personas; se trata de alinear necesidades para obtener beneficios compartidos.

Esto no puede improvisarse, la participación exige una cultura de trabajo en equipo y un estilo colaborativo de empresa, una dirección ejemplar y una plantilla que sigue el ejemplo. La participación se diseña y solo puede proponerse con coherencia, haciendo converger intereses, desde la realidad y desde el beneficio mutuo, con un plan, trazando objetivos prácticos, explicándolos, dando fe de los resultados.

Muchas empresas tienen un discurso bienintencionado que convive con unas prácticas inconsistentes, respecto de su prédica principal.

En los dos últimos años estoy cotejando impresiones con colegas que quieren hacerlo todo, comunicarlo todo, abrirse al 2.0, implantar entornos SBM –social business media- a toda costa. Percibo mucha necesidad de sumarse a la moda, usos inadaptados a su contexto, objetivos difusos, modelos sujetos con alfileres, ideas confusas y poco planteamiento enterprise 2.0, si por ello entendemos el alineamiento de expectativas personas y empresa. Otros tantos he visto que se niegan en rotundo a todo lo que huela a social, a interacción, a réplica en sus feudos.

Así, la cuestión a plantearnos será si cumplimos, y en qué medida, las condiciones mínimas para posibilitar un entorno de escucha y complicidad, abierto, democrático, transparente y colaborativo en el ámbito interno de las empresas y qué propuesta de valor ofrecemos para hacerlo posible. Mientras que no lo cumplamos no podemos hacer recaer la responsabilidad de la participación en los trabajadores.

© jvillalba,

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