En la sociedad de la conversación -habría que decir de la información y de la comunicación-, hay empresas que están definiendo políticas de incomunicación. O dicho de otro modo, de inaccesos a la Red.

Políticas que pueden llegar a resultar esquizofrénicas, que es lo que sucede cuando una marca, con una óptica meramente presencial en los medios sociales, impide a determinados colectivos de sus propios trabajadores acceder a las mismas redes en las que éstas figuran presentes. Les aseguro que algunas hay.

Hay directivas de seguridad que no pretenden otra cosa que cortocircuitar las posibilidades de que sus trabajadores establezcan conexiones con propios y ajenos, impedirles relacionarse y malograr el acopio de información relevante que éstos pudieran gestionar para examinar estados de situación, documentarse, recabar puntos de referencia o empezar a conocer sobre determinados asuntos que interesa abordar o para los que se están buscando soluciones. Incluso se impide monitorizar la conversación y/o producción de contenidos agregados por visitantes, miembros, simpatizantes, folowers o gestores, cerrando un canal informativo sobre hechos que están aconteciendo que podrían ser de su interés profesional.

Conozco empresas que abiertamente se manifiestan en contra de que sus trabajadores dispongan de una cuenta profesional de correo electrónico, mucho menos que puedan realizar consultas en Internet y aún peor si se trata de redes sociales. ¿Se lo pueden creer?

Algunos de los argumentos de quienes pretenden adocenar al grupo de interés interno, ahora además estratificado y discriminado según una suerte de privilegios de acceso, terminan traduciéndose en la privación de la mayoría o de muchos al derecho a navegar por La Red y a introducirse también en la sociedad de la conversación en un vano intento de sofocar ineficiencias, presuntamente debidas a la pérdida de tiempo.

Y, como mejor solución, no se les ocurre otra idea que amurallar a la tropa detrás de un perímetro defensivo que les impida comunicarse con el exterior.

En vez de preguntarse cómo Internet y las redes sociales pueden ponerse de parte del negocio para conseguir que los trabajadores resulten más productivos y la organización más sinérgica, lo que no debería resultar extremadamente complejo si se fijan objetivos, se conciben indicadores, se contabilizan resultados y se compara el valor obtenido con los medios invertidos.

Decía que me parecen argumentos realmente débiles los que algunos enarbolan, so pretexto de la productividad, pues hoy en día Internet representa un complemento necesario para quienes trabajamos intentando ir un paso por delante de lo que figura en nuestro contrato de trabajo, pero también para quienes se toman un respiro en la dura jornada para recobrar fuerzas y seguir rindiendo en el suyo.

Afirmo lo anterior sobre la base de que lo primero no admite duda –luego iré a ello-mientras que lo segundo da para poca discusión. ¿Hasta qué punto puede llegar el rendimiento de un trabajador si lo analizamos con perspectiva temporal? En la medida en que he tenido ocasión –y por explicarme visualmente-, siempre les he pedido a mis colaboradores que rindan al 75% de su capacidad; nunca al 100%. El cien por cien, o el ciento diez por ciento, son opciones puntuales ante situaciones límite. Y éstas no deben ser ni las habituales ni las frecuentes en la organización del trabajo, pues la carga a gestionar ha de ser la justa para mantenernos activos y vigilantes, pero también en una medida equilibrada que nos permita sobrellevarla con garantías y de conformidad con los resultados exigibles, y teniendo ocasión de afrontar imprevistos y “yaques”.

Al cien por cien, y a diario, la sobrecarga produce fatiga, el rendimiento disminuye progresivamente y la ineficiencia y los errores se instalan y multiplican creando un círculo viciado cuya ruptura y reparación exige aún mayor inversión.

Circulen ustedes por una autopista, en un viaje de mil kilómetros, adaptándose al camino y a las condiciones, corran lo más que puedan y no paren. No paren nunca con el fin de llegar antes. Díganme, ¿hasta dónde creen que llegarán?

Otro conductor más reposado, también adaptándose a las condiciones, pero administrando las revoluciones del motor y parando a repostar cada cierto tiempo, descansando incluso, de vez en vez, supongamos que cada dos o tres horas, estoy seguro de que rebasará al primer conductor cuyo depósito quedará ‘seco’, dejando su vehículo trabado, a 800 kilómetros de su punto de partida y, tal vez, en la cuneta. Y eso contando con que no haya tenido algún accidente por el camino.

Mi experiencia con trabajadores –colectivo del que formo parte- y en trabajos diferentes me ha demostrado esto que defiendo: llegamos más lejos controlando situaciones que nos competen, atemperando cargas, planificando tiempos, anticipando imprevistos, trabajando con ritmo pero sin agobio, dedicando el tiempo que requieren –nunca menos, tampoco más- las actividades que acometemos, usando la cabeza para pensar lo que hacemos y cómo lo hacemos, pero también administrando nuestra capacidad de respuesta y la posibilidad de dar marcha atrás, cuando hay que corregir el rumbo y, además, hay que hacerlo.

En dicho sentido, la organización del trabajo resulta muy importante para crear las condiciones que permiten plantearse la obtención de eficiencia. Pero dicha organización del trabajo requiere adoptar mecanismos terapéuticos preventivos como pueden ser la posibilidad de distraerse o las ocasiones para distender mente y músculos, además de los consabidos kit-kat para el café o las comidas.

Aunque no se me escapa que la diversidad laboral es multicolor, que no son lo mismo los oficios de los tres sectores, que sin duda el trabajo en movilidad tiene sus particularidades, como también el universo de los trabajadores de cuello blanco, defiendo que hoy en día los trabajadores han de tener la opción de nutrirse de Internet por la vía parenteral y en tanto que valor agregado a la condición de trabajador, pues cada quien debe poder usar a su servicio su capacidad para obtener, procesar y producir información que necesita, ha de tener ocasión de encontrar referentes e intercambiar experiencias, posiciones y juicios con colegas, de la misma o de diferentes empresas; cada trabajador necesita establecer sus vínculos, crear sus conexiones, reforzar sus posibilidades de crecimiento en tanto que productor de resultados y no han de limitársele las opciones a la hora de salir a la arena de juego y realizar su trabajo como mejor sepa, enriqueciéndolo. El trabajador, casi más que derecho, tiene la obligación de poner a su servicio todos los medios de que disponga con normalidad para dar de si con naturalidad los mejores resultados.

No quiero olvidarme de referir que, entre los argumentos restrictivos, algunos creen haber dado con el incontrovertible, que no es otro que el coste del ancho de banda y de las transacciones a simultáneo, porque es verdad que este capítulo está creciendo con el uso y la normalización de la web social; argucia que interpreto como si en una fábrica se plantease trabajar a oscuras, dado el elevado precio de la energía eléctrica. Pero es verdad y he de reconocer que también sé de una siderúrgica, en el sur de España, que no podía hacer frente a la factura de la luz.

© jvillalba

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