Pienso en un espacio cultural en el que los trabajadores puedan participar y expresarse generando valor para ellos mismos y para los demás usuarios; un espacio lúdico, de aprendizaje, para intercambiar ideas, propuestas, aficiones, intereses, que les dé visibilidad en sentido amplio y diferencial y que facilite las conexiones entre ellos; pienso en un espacio flexible y escalable que ofrezca el lado humano de la organización mediante las contribuciones en torno de diferentes propuestas, objetos (social objects) alrededor de los cuales la gente quiere conectarse porque responden a motivos por los cuales diferentes personas están dispuestas a interactuar.

Si lo preguntamos directamente, y desde el principio, si somos capaces de ir construyendo el espacio con su participación, y como consecuencia de la misma lo vamos ampliando y redefiniendo, seguro que nos hacemos con la lista de “motivos” que nos “mueven” a interactuar y a conectarnos, a participar y a contribuir. Lo mejor, internamente, es encontrar la /kimiyá/* entre todos.

El lado humano tiene tirón, como años antes lo tenían –salvando distancias y contenidos- las secciones ‘rosa’ en las revistas internas. Ahora bien, según mi experiencia, de lo lúdico a lo profesional media menos de un paso.

¿Qué nos está demandando la gente? Ante todo, pluralidad de enfoque. Desde dar a conocer pasiones de índole cultural, artística o deportiva, y poder exponer producciones propias, volcadas en el ecosistema 2.0, hasta opciones centradas en necesidades profesionales que desean hacerse extensivas al conjunto. Y es que hay ‘apóstoles’ que movilizan voces demandando foros temáticos especializados, espacios para consultar y debatir asuntos de los que se ocupan a diario, soluciones para co-crear contenidos de ocio y de negocio.

La gente quiere sentirse parte de un conjunto, agruparse en comunidades –tanto para expansionarse como para mejorar en su trabajo-, crear sus redes, cultivar vínculos (social graph), suscribirse a lo que les interesa, encontrar aliados para facilitarse el trabajo, hacer más liviana su tarea y disfrutar trabajando. Quieren ser escuchados y resolver ineficiencias. No lo duden, buscan la eficiencia en su trabajo. Desean ser reconocidos, reputarse, ganar ascendencia en su especialidad, ser populares en su entorno. Las personas reivindicamos nuestro derecho a gestionar nuestra consideración en tanto que trabajadores, en tanto que profesionales competentes.

Estos son valores tangibles a los que también se llega abrazando la cultura 2.0. ¿Y para qué? Para reforzar la ecuación afectiva en virtud de la cual se cumple que siempre que obtenga valor (social capital), me engancho a lo que me lo proporciona; simplemente porque me entusiasma; porque me enriquece.

Si engagement es el resultado de aquellas prácticas que concebimos para atraer y retener a los clientes, desde una perspectiva interna puede traducirse por gestión del compromiso, a lo que podemos llegar aprendiendo de los logros conseguidos por las redes sociales para, una vez adaptados, aplicarlos en la construcción de la mancomunidad interna.

Numerosas voces se pronuncian en contra del software social en el seno de las empresas. Coincide que, en algunos casos, son las mismas que lo promueven en el exterior. Abundan las excusas que disfrazan su resistencia en argumentos de productividad, pero lo cierto es que la cultura 2.0 no está aún implantada en muchas empresas y quizá abordar un proyecto de apertura social no sea posible sin realizar previamente un estudio piloto, pues el cambio de mentalidad que significa y el abandono de rutinas que supone no lo hace fácil.

Sabemos que en el exterior la gente abraza rápidamente esta tecnología para proveerse de experiencias placenteras de las que antes no disfrutaban; al menos en los mismos términos que hoy. ¿Y dentro por qué no?

Ahí fuera tenemos el software 2.0 en todas sus versiones y que, por lo general, es mucho más potente y barato que el corporativo, abriendo numerosas posibilidades que mucha gente conoce y usa ya en su vida diaria; más, cuanto más jóvenes sean.

Puede que la solución esté en el juego. Y es posible que, aprender jugando, sea la manera menos amenazante para hacer entender las ventajas que internamente se podrían imputar en beneficio del negocio. Quizá sea ésta una de las pocas estrategias para ayudar a comprender a quienes se resisten cómo utilizar productivamente el software social en el día a día de la empresa.

Y las posibilidades, que son numerosas, están en la mente de todos.

© jvillalba

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* Piedra filosofal.

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