En mi bandeja de entrada figuraba esta mañana la pregunta1 formulada por Randstad en una de sus últimas encuestas, ampliamente difundida por los medios; mientras que el titular de la nota de prensa no se ceñía rigurosamente a la verdad histórica.

No se trata de una nueva tendencia que haya nacido por generación espontánea; es una antigua técnica de gestión, más propia de microempresas y de PYMES, que mantuvo agazapados en sus puestos de trabajo a padres de familia que no supieron lo que fue disfrutar de la conciliación. Una fórmula al servicio de emprendedores y directivos sin escrúpulos que persiste en nuestros días, no ya por efecto de la crisis, sino a consecuencia de una cultura de la apariencia y de la complacencia, de la que también encontramos otros reflejos en la sociedad actual, y que en el siglo pasado tuvo notable incidencia en las décadas de los años 60 y 70, con especial virulencia durante la crisis del petróleo. Una estratagema económica ideada para reducir costes y encubrir beneficios a base de ampliar jornadas por los mismos jornales, cuyo único fundamento descansa en un desequilibrio real de poderes y cuyo resultado se concreta en un reparto parcial de la riqueza.

Al fin, una palabra fea, un vocablo aún sin registrar en la RAE, que es de los que suena mal y que hace alusión al estar de una manera peculiar: ‘de cuerpo presente’, inerte, sin vida, como un espantapájaros que tan solo se cimbrea, como haciendo reverencias, al tenor de los vientos.

La nota de Randstad recoge, alumbrado por 1.000 encuestados, el retrato robot del presentista: “Un varón, menor de 25 años, con estudios básicos y de origen español2(tipo que no concuerda con los que he identificado durante mi carrera profesional, lo que puede que se explique por efecto de la población a la que se refiere una muestra posiblemente accidental) y señala que casi la mitad de los dicentes reconoce el presentismo en sus compañeros (¿Y en ellos? Me queda la duda). Un dato me resulta más esclarecedor: según la misma encuesta, la gente nos hacemos presentistas por efecto del miedo.

¿Por efecto del miedo o más bien como consecuencia de trabajar en un ambiente amenazante en el que se respira la paranoia atenazante del despido? Por lo que sé, no hay efecto sin causa, o causas, ni comportamiento que no tenga una explicación.

Hay mucho negocio y PYMES que no actúan como lo hiciera Siemens-España en los años 90, que remitía un primer aviso a quienes permanecían en sus puestos pasada la hora de salida, preguntándoles si no eran capaces de concluir con su labor en el horario laboral. Más claro, el agua.

Tal vez esta cultura que digo, la de la apariencia, tenga su origen en una interpretación distorsionada del compromiso entendido unidireccionalmente y vinculado a comportamientos sobreactuados fuera del horario exigible. Una generosa dádiva del trabajador, un plus de tiempo que graciosamente dona haciendo dejación de otras responsabilidades o incumpliendo otros compromisos. Todo un ejercicio de coherencia.

Por fortuna para los gestores menos avezados, la nota hace hincapié en la baja o nula productividad que resulta del presentismo y apunta cómo esta anticultura profesional termina desfondando a las empresas.

No dice, y debería advertirlo, que el presentismo es un efecto nocivo que también lastra durante la jornada legalmente establecida e incuba nichos de contraproductividad.

¿Cómo se previene la improductividad? Orientándose a los objetivos, rindiendo durante el período laboral y gestionando óptimamente el tiempo.

© jvillalba

  1. ¿Estaría dispuesto a estar más horas en su puesto de trabajo para evitar ser despedido?
  2. Téngase en cuenta que los emigrantes son uno de los colectivos más afectados por la crisis y que de cada 10 demandantes de empleo 3 son emigrantes.

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