Estamos en una sociedad infoxicada, cargada de información, sobresaturada, invadidos por la contaminación acústica, en la que el modelo publicitario tradicional nos ha venido acostumbrando a estar rodeados de ruido, con el que hemos aprendido a vivir.

En las empresas sucede, poco más o menos, lo mismo. Hay demasiado ruido. Recibimos numerosas informaciones, en el día a día, por múltiples canales, bajo numerosos soportes. Debido al correo electrónico muchos profesionales padecen overquota y se reconocen esclavos de la situación, si bien es fácil, tan sólo hay que organizarse, pero organizarse bien.

A la mesa nos llegan informes, memorandos, proyectos, propuestas, peticiones… Por el portal interno o por la intranet nos bombardean con noticias, alertas, avisos… nuevas publicaciones de todo tipo, actualizaciones…. Mediante el webmail y por la blackberry nos piden citas, nos abrasan a spam, nos sirven suscripciones, se nos informa de eventos, se nos invita a actos, se nos pide trabajo, nos presentan ofertas, recibimos consignas… Respondemos al fijo, pero colgamos para atender al móvil, el operador nos fríe a SMS’s y MMS’s con absurdos, repetidos y trasnochados ofertones, los proveedores hacen gala de su modernidad mandándonos también, de vez en vez, más SMS’s en un alarde del no va más para resultar magistrales en la atención a sus clientes (¡váyase usted a paseo, por favor!).

Tenemos reuniones y más reuniones; salimos de una para entrar en otra  (¿cuándo trabajamos? ¿cuándo tenemos tiempo para prepararlas? ¿cuándo para pensar?). Estamos en veinte comisiones… Cuando nos reunimos con alguien en el despacho, no hay vez en la que alguien no se tome la licencia de interrumpir o que no suenen los teléfonos; cuelgas, y otra.

En la era digital tenemos las mesas repletas de papeles, más o menos ordenados, amontonados (¡y creíamos superado el cero papeles!); no sé por qué, pero el primer bien de equipo que se amortiza son las impresoras…

Cuando vas a desayunar, alguien en los ascensores o por los pasillos o en la calle te sale al paso para (“ya que”… te ve) hacerte traspaso de algún asuntillo, nuevo o viejo, pero que has de atender… Y así seguimos, día a día, produciendo bienes y servicios.

¿Cómo podemos mejorar nuestra comunicación interna en el ojo del huracán?

La clave no es única, sin duda; ni fácil, por supuesto. Al fin y a la postre la comunicación interna no se reduce a la emisión de un único mensaje, puntual. Ni tan siquiera a una única acción, aisalada. Ni alguien podrá pensar que consiste en un plan informativo, articulado en una gavilla con cierto número de acciones para dar traslado de informaciones sucesivas.

La comunicación interna es más una actitud, presente o no en el espíritu de la organización, que se manifiesta de múltiples maneras, y en todas las situaciones, que se termina concretando en los actos de las personas, permitiendo establecer lazos duraderos y consistentes para ejecutar un verbo que -en las empresas- se llama producir con eficiencia. Y para hacerla realidad la primera condición es llegar, que les llegue a las personas a las que se destina para que puedan saber en todo momento en dónde están y qué están haciendo, qué han de hacer y cómo ponerse de acuerdo para hacer lo que tienen que hacer, en el momento en que han de hacerlo. Pero no solo hacer, también sentir.

En el ecosistema de la infoxicación prima la economía de la atención y si se quiere llegar a las personas resulta imperativo interesarlas, de lo contrario estamos perdidos. Hay que sorprender, es necesario entusiasmar; ya no basta con seducir ni con invitar a participar, hay que involucrar, hay que dar sentido, crearlo, recrearlo y dejar experimentarlo, vivirlo. Porque la comunicación racional se decodifica con el corazón, desde el afecto, con la emoción.

Para ello no solo hay que tener una información que sea importante trasladar.

Sabemos que no basta “estucharla” y ponerle un lazo para hacerla atractiva; tenemos que despertar el interés, apelar a las emociones del sujeto, conocer los intereses de los destinatarios, sus necesidades, sus demanadas, lo que en este momento les resulta oportuno, aquello que les inquieta… Y averiguar que les puede facilitar la vida o resolver un problema. Y esta situación no es la misma para todos.

La comunicación interna es y ha de ser un facilitador; no un obstructor. Si el que comunica obstruye, destruye.

Luego una parte del trabajo del comunicador interno será la de conocer, con los ojos cerrados, perfectamente, el contexto y los perfiles de su audiencia para trabajar mensajes y paquetes informativos de tal modo que, a la calidad y a la pertinencia, le podamos sumar la relevancia, buscando los canales menos saturados para crear en los destinatarios experiencias de consumo en las que les merezca la pena invertir su tiempo para enterarse de aquello que, desde la perspectiva institucional, era importante transmitir (¿Bien. Y qué más? ¿Conseguir algún efecto, supongo? ¿O la comunicación se agota en la emisión?).

Conquistar el interés de las personas, dar con la clave, que no es la única ni puede trabajarse aisladamente, incrementará nuestras probabilidades de llegar a nuestra audiencia y estaremos más cerca de conseguir los efectos que buscamos como consecuencia del acto comunicacional.

Este es un paso decisivo que también marca la diferencia entre los comunicadores verdaderamente comprometidos y aquellos otros que se limitan a ir dando salida a sus paquetes de datos sumándose al ruido de la riada informacional.

No hay ni que chillar más, ni es necesario aspaventear más que otros para llamar la atención. Se trata de que usted consiga que, de forma natural, sea su audiencia la esté interesada en comunicarse con usted.

© jvillalba

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