Pregúntese por un instante qué le despierta la confianza sobre alguien. ¿Se lo ha planteado alguna vez? Quizá de ese ejercicio de introspección extraiga algunas consideraciones, como por ejemplo: confío en mi familia; me gusta la gente educada, clara y directa; me merecen respeto aquellos que se sinceran conmigo; me gusta saber por dónde me va a salir la gente; no creo en quienes dicen una cosa y hacen otra; confío en las personas responsables y comprometidas; desconfío de quienes me adulan; me gusta la gente de palabra…  U otras, parecidas o distintas, al fin y al cabo hablamos de impresiones, estamos en el terreno de los sentimientos y nos referimos a las percepciones subjetivas que suscitan en nosotros emociones de aceptación o rechazo sobre el comportamiento de nuestros semejantes.

Es posible que haya dado un paso más y que se haya preguntado qué resultado obtendría si se aplicase estos mismos pensamientos a usted. No en vano, como resultado de sus reflexiones, dispondría de un checklist que le podría servir de guía  en este pequeño experimento. Dígase qué resultado ha obtenido. ¿Merece su confianza? Creo que hace rato que sabe por dónde voy.

Si agrupa los comportamientos que despiertan su confianza en otras personas, de ahí podrá inferir las dimensiones de la conducta que influyen en la construcción de la confianza.

Quizá, sean para usted importantes las muestras de amor y los gestos de cariño, sentirse respetado, percibir transparentes a los otros, recibir muestras de confianza, tener la tranquilidad de poder predecir las reacciones de su interlocutor, percibirle como un sujeto cumplidor, tener evidencias de su coherencia, saberle una persona de palabra…

Posiblemente desconfíe de quienes tiene la constatación, o cuando menos suficientes indicios, de que no dicen lo que hacen ni hacen lo que dicen y de aquellos otros que sospecha que le dicen lo que le agradaría oír…

Hablamos de la vida diaria, de hechos cotidianos, de vivencias normales junto a otras personas en diferentes escenarios, uno de los cuales es el trabajo, un ecosistema muy particular en el que una mayoría de trabajadores (98%) no confía en sus jefes. Se trata de un estudio británico (Chartered Management Institute) del que se hicieron eco la Fundació Factor Humà y, entre otros, La Vanguardia, en el pasado agosto.

Es verdad que no en todos los países ni en todas las culturas* nos comportamos de la misma manera -y que el índice de la Distancia al Poder también varía-, pero lo cierto es que el citado estudio pone de manifiesto que los trabajadores británicos desconfían de sus jefes; unos (48%) porque temen molestarle, otros (30%) porque temen ser tenidos por incompetentes y el resto (20%) porque temen ser juzgados negativamente. Incluso, un 23% aseguran no confiar en sus consejos o creen que serían incapaces de ayudarles. ¿Somos nosotros tan distintos?

Hago mi ejercicio a vuela pluma y derivo por el siguiente derrotero:

_ Creo en quienes creen en mi, en quienes me valoran, me dan pruebas de respeto y me muestran indicios de cariño. En ésos en cuya palabra puedo confiar y me permiten creer en ellos. En los que no me defraudan. En los que no se contradicen. En quienes saben reconocer sus errores y también en quienes saben pedir perdón. En aquellos que me ofrecen un feed-back limpio y honesto, aún a riesgo de que me duela y no me guste la imagen que me trasladan de mí. Confío en quienes me corrigen buscando hacerme salir de un error y me ayudan a progresar. En quienes me evitan que me equivoque. Confío en quienes se me confían y me ofrecen su verdad con minúsculas. En quienes, primero, se esfuerzan por conocerme y luego se forman su opinión sobre mí. Me gustan los que miran de frente sosteniendo la mirada, ésos que no se guardan las manos en los bolsillos y tienen el pulso firme, quienes me hablan como un adulto que soy y me reconocen como tal. Me inspiran admiración quienes me dan lecciones, con quienes aprendo, los que me permiten crecer…

_ Desconfío de quienes ponen paños calientes, de quienes contemporizan, de quienes dicen a todo que sí (como los perritos del 1.500; ¿recuerdan aquellos SEAT?), de ésos que se justifican siempre, de aquellos que nunca tienen la culpa o la responsabilidad, de quienes se desdicen con sus actos. No creo en quienes me halagan los oídos gratuitamente y sin rubor alguno, ni en quienes me dan la razón y no me ofrecen nuevos puntos de vista en ocasión alguna. Desconfío de quienes hablan sin saber de lo que hablan y, además, concluyen. No confío en quienes de mi desconfían y me niego a fiarme de quienes la han hecho, me la han hecho o se la hacen a alguien. No me resultan fiables quienes prejuzgan ni quienes ven en todo una amenaza. No me gustan las puertas cerradas ni los cuchicheos ni los chismes ni quienes buscan los recovecos para escaparse. Inadmito a los inmorales y desconfío de quienes no se conducen éticamente o de quienes ponen ésta al servicio de otros beneficios, al amparo de sus argumentos…

Me pregunto si estos jefes lo habrán hecho, alguna vez en su vida, y sin son conscientes de que la confianza no la confiere el rango. Tardamos años en construirla y podemos derruirla en fracciones de segundo; así de frágiles son sus cimientos.

Llegados aquí recomiendo ‘escuchar’ la voz autorizada Helen Wilkinson y Pablo Cardona en la entrevista, de mayo de este año, que les propuso Universia Knowledge@Wharton, con motivo del trabajo de investigación: Cómo crear el círculo virtuoso de la confianza.

(Del original) A modo  de perla, y para ir haciendo boca:

Helen Wilkinson: “Los comportamientos que generan confianza serían los siguientes: Consistencia y predictibilidad (sin contradecirse y argumentando las opiniones); integridad (basados en principios éticos); comunicación abierta y fluida con los colaboradores (la mentira nunca es buena opción); compartir y delegar (que se traduce en una mayor motivación e implicación personal); preocupación por los subordinados (la empatía es una de las competencias que más ayudan); y lealtad. La confianza se basa en la interconexión de estos componentes.”

Creo, al fin, que confianza y desconfianza se comportan como una espiral cuya área va creciendo con cada vuelta.

* Geert Hofstede. Diferencias culturales entre países en relación a cuatro dimensiones: la distancia al poder (PDI), el individualismo-colectivismo (IND), la aversión a la incertidumbre (UAI), y la orientación hacia la masculinidad o la feminidad (MAS).
Recomendado. IESEInsight. Cuarto trimestre 2009 número 3. (pdf)

© jvillalba

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