El trabajo absorbe una porción muy importante de nuestras vidas y, de alguna manera, las condiciona. Cuando menos, el flujo de ingresos periódicos condiciona notablemente nuestro estilo de vida y muchas de las decisiones que tomamos para gestionarla.

Así, y aunque éste no sea el principal motivador, que no lo es, una parte de nuestra vida gira alrededor de nuestras fuentes de financiación, y no cabe duda de que los ingresos debidos al trabajo son, para la mayoría, la principal palanca de estabilidad y futuro, por lo que el dinero representa seguridad. Y ésta sí que es una de las más prístinas motivaciones que moviliza al sujeto a la acción. En este caso, encontrarlo y, una vez hallado, conservarlo y, en la medida de lo posible, mejorarlo.

Siendo el trabajo la principal fuente de ingresos para la mayoría, el empleo tiene una significación que excede el ámbito laboral, pudiendo llegar a perturbar la armonía familiar ante la posible amenaza de perderlo. La estrategia de algunos para conservarlo es pretender por todos los medios ganarse la consideración de ‘imprescindibles’, estrategia a todas luces pírrica; mientras que otros buscan ser queridos y hacerse necesarios satisfaciendo alguna de las necesidades que detectan en quienes les dirigen, pudiendo llegar a debilitarse y a perder su carácter en un esfuerzo por resultar ‘cómodos’ y, como consecuencia, conservar su fuente de ingresos.

La casuística es numerosa y no podré agotarla aquí, pero sí tengo espacio para mencionar un caso típico en quienes vivencian una amenaza real y cercana de pérdida de empleo: la disonancia cognoscitiva, mediante la cual declaran ser ellos quienes desean resolver la situación,  pero no lo hicieron antes. Están seguros de que no les faltarán ofertas de recolocación, pero no han tenido ocasión de aceptar alguna. Manejan ya alguna propuesta, pero no hay concreción sobre la misma. Aseguran que, cuando ellos no estén en la empresa, ya se darán cuenta de lo que se pierden, pero enseguida la gente olvida.

Desde esta perspectiva las relaciones laborales tienen algo o mucho de patológico, pues numerosas personas encuentran en la percepción de la nómina el motivo diario para acudir a sus puestos de trabajo, ocupaciones de las que ‘echan pestes’. Garantíceles otra fuente de financiación y veríamos cuántos de ellos acudirían al día siguiente a trabajar.

Ésta me parece que es la prueba fehaciente de que la psicología laboral pierde el rumbo cuando predica irrealidades tales como que el trabajo satisface las necesidades de autorrealización del individuo. La realidad nos informa de que por lo general no es así. En algunos casos así es, en otros muchos la gente se realiza en actividades extralaborales por las que no percibe retribución alguna y en la mayoría de los casos las personas están decididamente insatisfechas con su trabajo y literalmente ‘hartas’ del entorno relacional en el que éste se produce, por no decir de sus jefes y compañeros, a quienes les une una relación de amor-odio.

Creo que los psicólogos industriales, o del trabajo, no sé si consciente o inconscientemente, yerran el tiempo verbal, pues la correcta declinación sobre tal afirmación de realización ha de conjugarse en futuro condicional y con total sujeción a un juicio de valor.

Prueba de lo que vengo diciendo es que la cuarta parte de los trabajadores no desconectan del trabajo durante sus vacaciones. ¿Por qué? Porque, les guste o no les guste, su trabajo es fundamental para ellos –un simple principio de realidad lo informa-, representa su sistema de vida, significa su medio de asegurar su vida cotidiana y es la oportunidad de ofrecer una vida mejor a su familia.

Situaciones como la actual, en la que las amenazas de la pérdida de empleo no son ajenas a la realidad diaria, agudiza la tendencia a seguir ‘enganchados’ con la propia problemática laboral. Unos más, otros menos, la gran mayoría sigue pensando en sus trabajos, queriendo resultar imprescindibles, por lo que siguen* (70% por teléfono, 21% por email y 9% restante por otros medios) en contacto con sus lugares de trabajo; supongo que más los trabajadores de cuello blanco que los operarios de producción.

Les confieso que ya no me encuentro en esta estadística, pues actualmente no sigo ni enganchado ni en contacto con mi oficina. He conseguido irme de vacaciones y centrarme en disfrutarlas en compañía de los míos y atareado con mis cosas.

En estas vacaciones les recomiendo desconectarse de sus preocupaciones laborales, una terapia que les permitirá centrarse en el disfrute del momento y compartirlos con los suyos ajenos a cualquier otra distracción.

Deje su trabajo en suspenso hasta su regreso y, cuando vuelva, ocúpese de trabajar más y mejor. Seguro que si empieza a sincronizar sus tiempos con sus realidades y aplica su energía a las cuestiones centrales, adoptará una perspectiva privilegiada, mejorará sus resultados y obtendrá satisfacciones.

Abróchense los cinturones y reconecten sus vidas, me lo agradecerán.

Felices vacaciones.

© jvillalba

* Encuesta Randstad, de 2009.

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