Resulta curioso que muchos, o algunos de nosotros, hayamos sido tenidos por negativos en situaciones en las que un superior requería nuestro beneplácito y nuestro punto de vista era diametralmente opuesto al de sus argumentos. ¿No les ha sucedido alguna vez?

(Aunque éste no es el motivo de esta nota, hay que mencionar, aunque sea de pasada, que otra de las barreras de la comunicación son los juicios de valor, tildar o criticar al contertulio con cualquier adjetivo valorativo como el que titula este post.)

Oponerse a un pensamiento, no tener clara una medida, prever consecuencias no deseadas en la implementación de una directiva… o anticipar reacciones no recomendables y, en consecuencia, desaconsejar la toma de esa decisión, ¿es ser negativo? ¿O será tener otra visión, quizá más o menos autorizada que la del interlocutor?

Se dice que ser negativo es oponerse. ¿Están seguros? (Me estoy acordando ahora de la genial obra “Doce hombres sin piedad”, de Reginald Rose)

Se dice que ser negativo (se suele asociar o confundir con personalidades pesimistas) es oponerse a los cambios, estar siempre en contra, ‘refunfuñar’, ver la botella medio vacía, verlo todo de color negro, estar amargado… y, en fin, un sin fin de epítetos y eufemismos que tienen un único propósito: depreciar el argumento del que contra-argumenta, restar valor a la opinión solicitada cuando ésta no se muestra a favor de lo propuesto. ¿Es eso negativismo?

Subyace en este asunto el propósito oculto de quienes, pidiendo opinión, la desautorizan por opuesta a la deseada. Pero en numerosas ocasiones el grado y responsabilidad obligan a decir verdades que no quieren ser escuchadas, siendo el primer principio de la mejora empezar por darse cuenta y reconocer lo que no está bien, lo que puede mejorarse, lo que está mal y sin más paliativos, pero con la intencionalidad de poner remedio y progresar.

Manifestar la visión opuesta a la del superior jerárquico, salir de la esfera de lo confortable –quitarle la razón- y recomendarle que se replantee una decisón significa correr el riesgo de ser considerado un negativista y a ello pocos se atreven cuando su influencia hacia arriba se basa más en la adulación que en la propia competencia, más en la docilidad que en la asunción de una responsabilidad.

Difícilmente una solución es única, probablemente un solo punto de vista no sea el único y verdadero posible.

De cara a la toma de decisiones en la empresa sucede que el abanico de opciones es, como poco, múltiple y no se podrá valorar el grado de acierto hasta que se tome la decisión, se implemente ésta y transcurra el tiempo suficiente que permita valorar a dónde nos condujo, si representó un acierto o si fue un error. Sin embargo, de todos es conocido que hay sujetos prepotentes, que se creen en posesión de la verdad y que suelen coincidir con aquellos que se permiten tildar a colaboradores indóciles de “tan negativos”.

Pero es que se confunden términos y acciones. Se da la circunstancia de que quienes buscan la aquiescencia directiva suelen ser los directivos obstruccionistas.

Los obstruccionistas son aquellos que impiden la acción, que dificultan las iniciativas, que se caracterizan por justificar una falta reiterada de colaboración y que manifiestamente no colaboran, que tachan de negativistas a quienes tienen otra visión que les impide alcanzar sus propios objetivos, pues los obstruccionistas, no se engañen, trabajan para sí, por lo que cualquier medida que dificulte el logro de sus propósitos les facultará para ejercer la perversión lingüística en reuniones y entre pasillos, confundiendo a quienes no les conozcan y posicionando a quienes quieran ganarse sus favores.

Lo que tengo claro es que, una responsabilidad por la que se les paga a los directivos, una función inalienable que deben asumir, es manifestar su criterio sin ambages, oponerse, si llega el caso, cuando su competencia y su visión les faculta, ante la situación o ante una toma de decisiones, y ofrecer su punto de vista, así como una suerte de recomendaciones, aunque éste, y aquellas, se sepa que son poco populares entre la cúpula directiva o entre los homólogos. Hacerlo es signo de compromiso e indicio de vitalidad. Silenciarse en el refugio de lo políticamente correcto nos pone ante quienes no merecen formar parte del equipo directivo.

© jvillalba

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