Al igual que yo, ustedes lo habrán visto. “El miedo se instala en la oficina”

Es el titular, ampliamente reproducido hoy, al que ha dado lugar el último estudio Randstad Workmonitor, según el cual, el miedo al despido en España se ha instalado entre los más jóvenes (48,5% entre los menores de 25 años), alcanzando al 38% de los españoles en edad de trabajar. Porcentajes que, en cualquiera de los supuestos analizados, supera en España al de otros países europeos.

No voy a ser yo quien ponga en cuestión las conclusiones de este estudio, pero es verdad que en nuestras empresas parece que se ha instalado la espiral del silencio. No hace mucho más de 48 horas, un directivo de sobrada solvencia me confiaba –hablando de su empresa- que aquí –en la suya- “Está mal visto decir que algo está mal”, por lo que los estudios internos que realizan tienen el sesgo al que les conduce la espiral del silencio. Un malinterpretado sentido de empresa, contamina las prospecciones y búsquedas de feed-back en las que se embarcan algunos de sus responsables tratando de averiguar el impacto de algunas de las nuevas prácticas que están implantando.

Así, inversiones ‘desorientadas’ y ajenas a la realidad del momento en materia de desarrollo, algunos saben que no están resultando efectivas y que tienen mala prensa entre el conjunto de los trabajadores. Sin embargo, ¿qué llega ‘arriba’? Que todo parece bien, que las inversiones realizadas, a la postre gastos inútiles,  se perciben como positivas. Que es posible que hasta un fracaso se interprete como un éxito.

De entre las consultas que dicha noticia me ha impulsado a realizar, elijo citar una cuya fuerza descriptiva me ha dejado ¡K.O.!:

“Durante este año algunos estudios han recogido datos tan escalofriantes como que los pelotas florecen, los mentirosos ganan puestos, los mediocres más avispados se sitúan, los chivatos se llevan el gato al agua y los menos atrevidos (antes peor considerados) ganan en escalafón. Parece que hemos entrado en una complicada etapa donde todo vale y lo único que cuenta es salvarse”. Paula Arenas (página 13)

Alguien me decía esta misma tarde que el miedo no tenía por qué ser malo, pues todos sabemos que una pizca de estrés resulta, incluso, positiva. Es lo que actores y comunicadores denominan el miedo escénico, un ‘agudizar las orejas’ al que conduce la sobre excitación permitiendo enfrentarse a la situación (ataque) y superarla con bien.

Cuestión distinta es el miedo paralizante, el pánico, un estado de sobretensión que paraliza, que bloquea (incluso la fuga del escenario) y que impide actuar y de cuyo resultado se sigue la muerte o el ridículo, en cualquier caso, el fracaso.

Y en esta situación es en la que se encuentran numerosos trabajadores, paralizados ante el miedo al despido, por mucho que compensen (un 74%) su sensación de impotencia con una supuesta impresión de encontrar nuevamente empleo (mecanismo de sobrecompensación), lo que no deja de ser una simple disonancia cognoscitiva. ¿Les sorprende?

Ante este panorama, lo más lógico es que a los intermediadotes en el mercado del empleo les sobren proponentes espontáneos e inducidos ante cualquier nueva oferta, pues una reacción preventiva (fuga) consiste en buscar otras oportunidades ante las amenazas reinantes. ¿Puede esto tacharse de deslealtad? ¿Puede reprocharse de oportunista la proliferación del networking actual?

Mi conclusión, por simple que pueda parecer, es que en esta época uno de los principales activos de las empresas es y sigue siendo gestionar sus capacidades humanas. Y para ello se necesita saber definir un plan de futuro, comunicarlo y transmitir y crear la seguridad que hoy no reina en la mayoría de nuestras organizaciones.

¡Sálvense las que puedan!

© jvillalba

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