Pocas veces se escucha oír hablar de ilusión en las empresas, en los trabajos.

Da la impresión de que fuera un término devaluado, pero es polisémico, pues se emparenta con distorsiones sensoriales -más frecuentemente con las visuales-, se liga con su adjetivación -retrotrayendo a lo infantil-, se le confiere el significado de irreal e ilusorio, también se asocia con la infancia y con el juego, nos lleva al ilusionismo -en tanto que arte de la manipulación perceptiva-, por extensión nos sumerge en el mundo de la magia -que hoy es un pasarratos-, pero también se asocia con al arte de regalar -que genera tanta ilusión a unos y otros-.

En fin, que la ilusión parece recrear un mundo irreal, poco cercano al de los adultos -salvo para pasar una velada-, que resulta más propio de lo infantil y que deriva de alguna alteración perceptiva que contrasta con la realidad conocida y, al igual que el chiste, hace gracia justo en su punto de ruptura.

Así, no extraña el dicho que sentencia que “un pesimista es un optimista informado” ni lexías tales como “la cruda realidad” ni ironías concluyentes como la que dice “¡Bienvenido al club!” como gesto de felicitación ante un supuesto despertar (insight) en el que se comprende que “la realidad es lo que es” una triste y “descarnada realidad”.

¿Por qué se habla tan poco en los trabajos de la gestión de la ilusión? ¿A qué será debido que este término se circunscriba al entorno extralaboral? ¿Por qué numerosos trabajadores confiesan estar desilusionados? ¿Todos ellos albergaban esperanzas infundadas? ¿Tenerla es de ilusos?

Resulta dramático que alguien tenga que ir trabajar sin ilusión pero es que la ilusión que pueda tener, la que siembre, injerte, cultive, recoja y acaricie, la que diariamente nutra y riegue puede ser devastada por efecto de las tormentas que acontecen en la naturaleza empresarial.

Así, la ilusión es una delicada planta que puede ser arrancada, que se puede cortar y robar con violencia, que puede hurtarse sibilinamente, que un exceso de agua la puede pudrir como una excesiva exposición al sol la puede secar, que está sujeta a plagas de ejecuDivos que, como pulgones, pueden ir socavando su naturaleza, poco a poco… o más aprisa.

Hoy en día resulta necesario gestionar la ilusión en las empresas para recobrarla, pues sin ilusión no se rinde, no se generan beneficios, no hay motivos de los que echar mano para seguir adelante y ésta debería ser una competencia exigible en todos aquellos que dirigen ‘corazones’.

Resulta desmoralizante encontrarse rodeado de gente desilusionada, de gente que cumple incumpliendo, de personas a las que les ha sido arrancada la ilusión, que dejan pasar los días y las horas en espera del fin de semana, pues la ilusión se puede minar y dinamitar, hacer explosionar, y crear con ello legiones de trabajadores mutilados.

Por el contrario, cuando se gestiona la ilusión la persona pasa a ocupar el primer plano, las gentes se cargan de energía y bordan su papel, los equipos se cohesionan, el trabajo se cocrea, los trabajadores se crecen, los problemas desaparecen y los retos encuentran soluciones que, de pronto, surgen como por generación espontánea… ¡Y no! Es la fuerza de la ilusión la que genera los beneficios que ahora se producen de forma natural, y solo porque la ilusión también se transmite, se contagia, se pega y se adhiere al ADN de la organización, que se vuelve competente para hacerse inmune y expulsar de ella a cualquier organismo patógeno que la pudiera dañar.

Recobrar la ilusión pasa por regenerar las empresas.

© jvillalba

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