Expansión & Empleo informó ayer, con un titular que no pasa desapercibido, Por qué no hay que preocuparse de la reputación en la red, de un curioso artículo de Lucy Kellaway (“Why I don’t care about online reputation”), publicado en Financial Times, en el que se refería a un post* de Michael Arrington, aparecido en Tech Crunch, en el que afirmaba que “Tratar de controlar, o incluso gestionar, la propia reputación en La Red es cada vez más difícil (…) Y está a punto de empeorar mucho” **.

La amenaza señalada por ambos articulistas no parece ser otra que el amparo de emisores anónimos en servicios tecnológicos que permiten el anonimato, práctica ante la que siempre me he manifestado en contra por mucho que se espete el argumento de preservar la identidad del dicente en evitación de presuntas ‘represalias’, cuando su crítica no sea políticamente correcta en opinión del establishment de turno.

Tengo la convicción de que el argumento de preservar la identidad a favor de la sinceridad, no exento de verosimilitud, no es estrictamente realista ni creíble ni razonable, pues también permite el exceso, el libelo, la difamación y, entre otras posibilidades de parte, tendenciosas, infundadas y malintencionadas, favorece interpretaciones torticeras al servicio de otros intereses alejados de la verdad, entendida como entidad objetiva acreditable.

Así, las aparentes ventajas del anonimato, en las que malvados y depravados se ocultan, quedan al servicio de quienes opinan sin argumentos, sirven a los intereses partidistas de personalidades timoratas, apagadas, con criterio posiblemente, pero sin personalidad para refrendar con su identidad su opinión o permitir el careo, el contraste o la réplica.

El anonimato sirve para esconderse, para no dar la cara, viene bien a quienes temen significarse y rehuyen responsabilizarse de lo que dicen. En definitiva, voces cuya espesura pone en entredicho la honestidad del dicente y desacreditan, por principio y por definición, su discurso.

Cuestión distinta a responsabilizarse del uso de la palabra pública es la valentía, pues aquí de lo que hablo es de ética; es decir, responsabilizarse de lo dicho, que es un comportamiento que le corresponde decidir y ejecutar al individuo.

Pero también hablo de moralidad, del valor que se concede al anonimato y del posicionamiento que, en consecuencia, socialmente se adopte ante un contenido ‘depositado’ por un don nadie, alguien sin identidad a propia elección; o sea, un objeto social toda vez que, quien así obra, renuncia conscientemente a erigirse en sujeto de lo dicho.

La identidad del dicente es la que respalda lo dicho, siendo una garantía inicial de credibilidad, pues aún en el error, toda opinión es meritoria y respetable si contempla la opción de que pueda ser reafirmada o reformulada por medio del diálogo.

Acreditar como sujeto una opinión permite establecer el diálogo, contrastar pareceres, revisar argumentaciones, reconsiderar perspectivas, enriquecer visiones… y es, por tanto, una actitud constructiva que permite empezar a entenderse y denota una intencionalidad  positiva a favor de la construcción del diálogo. El anonimato, por contra, deja patente que el objetivo es cerrar de un portazo toda posibilidad de diálogo, expone su indignidad y denota el interés totalitarista de estos ‘francotiradores’ agazapados en la espesura de discursos ‘destructivistas’.

© jvillalba

* Reputation Is Dead: It’s Time To Overlook Our Indiscretions

** “Next week a startup is launching that’s effectively Yelp for people (look for our coverage in a few days).”

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