El día 26 me quedé pensativo según avanzaba en la lectura del artículo titulado “El e-learning se abre paso en las empresas”, publicado por Dossier Empresarial. (¡Largo me lo fiáis, amigo Coriolano!, que le espetaría Juan Valdés en el “Diálogo de la lengua”).

Según el articulista, en referencia a un estudio de Deloitte, un 23% de las empresas encuestadas han puesto en marcha su propia plataforma e-learning, si bien sigue siendo mayoritariamente promovida la formación presencial por parte de las empresas (65% de los programas; frente al 35% de la formación bajo una modalidad a distancia).

Créanselo, todavía -en 2010- el gran desarrollo tecnológico experimentado en el mundo se aprovecha insuficientemente por parte de las empresas españolas.

Recientemente estuve analizando la implementación de una plataforma e-learning en una empresa del sector servicios y me quedé extrañado porque, tras evolucionar por un espacio inusable, comprendí que se trataba de un alojamiento para cursos y ya está, por lo que decidí cotejar mis primeras impresiones con los responsables de la misma.

Les pregunté por el modelo educativo que supuestamente estaba detrás, pero no había tal. Les interpelé si pretendían disponer exclusivamente de un espacio para alojar lecciones tipo texto o si también pretendían crear una comunidad educativa aglutinada bajo la idea de un e-campus con propuestas de valor añadido; no lo habían pensado. Y así, una sucesión de interrogantes que, sorprendentemente en la fase de ensayo, no habían sido concebidas ni tan siquiera en el funcional del proyecto.

¿Qué objeto persigue esta plataforma? ¿Qué necesidades cubre y cómo las satisface? ¿Cuál era la oferta de valor? ¿Cuál su interés para el alumnado? ¿A qué profesionales se destina? ¿Qué oportunidades ofrece? ¿Cuál es el valor diferencial con respecto de las acciones presenciales al uso; es decir, puntuales? Dicha ausencia de modelo, ¿cómo se alinea con la estrategia, cómo refuerza la consecución de objetivos, con qué otros planes de empresa converge? ¿Qué se va a conseguir con ello en términos tanto de adquisiciones como de retorno en los puestos de trabajo?… Y un amplio etcétera de considerandos que quedaron sin respuesta, aunque… se tomaron nota de ello.

He conocido diferentes plataformas y en materia como ésta la verdadera diferenciación y el aporte de valor no descansa en la tecnología, que es muy similar en usos y funcionalidades, sino en el modelo educativo en el que se sujeta el edificio formativo  y en el grado de personalización y de interactividad con el alumnado, lo que conduce a planteamientos radicalmente distintos.

Por anotar una curiosidad, hace unos días también discutía lo que considero un error de concepto de un supuesto modelo educativo denominado “100% on line” que impedía la descarga de materiales pedagógicos a los alumnos, obligándoles a permanecer dependientes (100×100; de ahí la tilde) de la conexión y de las pantallas de sus ordenadores, sin posibilidad siquiera de estudiar las materias off line y sin referencia complementaria alguna, pero con un dudoso sistema de tutorías de grupo con interacciones uno a uno.

Mientras hablamos de éstas prístinas etapas de las políticas de desarrollo del talento de algunas empresas, hay quienes habiendo creado un marco para la implementación de tecnología social en el ámbito del aprendizaje significativo [La red 2.0 atrapa la formación] siguen insatisfechos investigando  otras posibilidades como el t-learning, buscan involucrar al alumno en su propio aprendizaje co-learning o se plantean la utilización de Skype con fines educativos, como por ejemplo hace la Facultad de Traducción e Interpretación de la Universidad Autónoma de Barcelona, o se están planteando, por poner el caso, cómo aprovechar el microbloging en el ámbito de la enseñanza.

© jvillalba

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