Alertado por el titular “La falta de comunicación interna y la desmotivación son dos de los grandes males de las empresas”, publicado con fecha de ayer en Expansión & Empleo, me faltó tiempo para ponerme en contacto con el CEF, con tal fortuna que Ángel Fernández Muñoz, director del cuarto estudio Las 10 toxinas empresariales, psicólogo y profesor del Máster en Dirección de Recursos Humanos del Centro de Estudios Financieros –CEF-, me lo remitió, dando con ello pié a este post.

En primer lugar, destacar un comentario del director del estudio que concuerda con una de mis reiteradas afirmaciones: corresponde a directivos y mandos la responsabilidad de crear equipo y asumir la responsabilidad sobre la marcha de la empresa. Durante mi carrera profesional he constatado, más a menudo de lo razonable, la facilidad de integrantes de cuadros directivos para inhibirse (y eximirse) de las consecuencias de su deficiente capacidad de gestión. No en vano, a quienes toman las decisiones les corresponde asumir las consecuencias de las mismas.

“Ocho de cada diez encuestados poseen formación universitaria. Tienen trabajadores a su cargo (por tanto, ellos mismos son responsables, en alguna medida, de la salud de su empresa) el 43% de la muestra.”

Esta misma mañana comentaba, con un alto directivo, que cada vez me voy creyendo menos la incidencia de las variables que nos circundan, pues numerosas de ellas las creamos nosotros mismos, son fruto de nuestra siembra y, a la postre, todo se reduce a una cuestión de actitudes, pues las empresas son una abstracción, lo que existe son personas al frente de las mismas y detrás de ellas que son quienes crean maquinarias perfectamente engrasadas o recrean mecanismos chirriantes. Así visto, quizá uno de los requerimientos esenciales, previo a otros,  sea definir el perfil humano de las personas con las que se desea contar para hacer equipo y cultivar ambientes saludables, energéticos, que darán ocasión -cumpliéndose otros requisitos, por supuesto- a hacer de las empresas auténticos proyectos sostenibles.

Me toca muy de lleno que el 62% de los encuestados (1.440 sujetos) hayan significado que el factor más perjudicial en su empresa es la mala comunicación interna, cuestión que vengo poniendo de relieve porque me parece una realidad bastante extendida. Curiosamente, los rumores, que tanto tienen que ver con la deficiente o inexistente comunicación interna, ocupan el décimo lugar, con un 32% de los electores.

Digo curioso, pero no ha de extrañar pues siendo todos, desde el primero hasta el último, actores responsables de la comunicación, dicha responsabilidad es atribuible en grados que se corresponden directamente con la escala jerárquica. Y si es verdad que la mala comunicación causa deterioros difícilmente recuperables, díganme quiénes son los máximos responsables de la situación y qué medidas se toman para corregirla.

Consideren que cuando vulgarmente hablamos de comunicación interna, o de comunicación en las empresas, nos estamos refiriendo, principalmente cuando no en exclusiva a la comunicación institucional y a los actos comunicaciones de corte formal u oficial, cuya mayor responsabilidad recae en directivos y mandos, que son quienes la producen o debieran producirla.

Por el contrario los rumores se producen preferentemente por los trabajadores y circulan entre iguales dando lugar a lo que se llama comunicación informal u oficiosa –‘radio macuto’-, que es la que circula por los extrarradios de los cauces organizativos.

Se sabe que la existencia de rumorología causa daño y deteriora el ambiente, pero la cuestión a resaltar es que ésta, por lo general, no es la causa del daño ni del deterioro, sino la deficitaria (inexistente o contradictoria o incoherente o falaz) comunicación oficial. Y es que el rumor se trata anticipándose, manteniendo a las personas informadas sobre todo aquello que les concierne y afecta a su presente y a su futuro en la organización, satisfaciendo sus necesidades informativas, cognoscitivas y significativas.

Hay un tipo de rumorología que opera como un mecanismo de defensa en favor de la cohesión social, al igual que las comunidades de práctica que se crean espontáneamente por los trabajadores para resolver alguna ineficiencia organizativa que les afecta y sobre la que la institución se inhibe.

Desde dicha perspectiva y ante la espiral del silencio, los temores, las amenazas veladas o la manipulación subliminal, en un ecosistema laboral tóxico, sin respeto por las personas, se produce una clase de rumor espontáneo, liberador, que resulta saludable para mantener el equilibrio psíquico y paliar la soledad a que conduce el impuesto conformismo, pues el rumor no sólo se produce para completar la información que falta (función informativa) ni en un entorno sano se genera para fabularla (función manipulativa), sino en virtud de la necesaria homeostasis laboral (función liberadora).

Cuestiones muy distintas de esta clase de rumorología, que no por ello es beneficiosa, sino que opera como un recurso de salvaguardia, son otra clase de acciones promovidas a conciencia por algunos, tales como medrar en provecho propio, difamar con o sin fundamento, engañar a sabiendas o hacer circular información falsa o infundada en el propio beneficio.

Esto último plantea dos cuestiones principales: la primera, la ‘pasta’ de las personas que integran el equipo humano y la conveniencia de conformarlo sobre la base de ciertos patrones culturales; la segunda, la actitud de quienes sin discernimiento alguno (o con excesivo alcance de miras) prestan oídos a sujetos indeseables cuyo efecto puede llegar a ser devastador, cuestión que también pone de manifiesto la importancia de la construcción del equipo humano.

No olvidemos que información y comunicación son dos de los ingredientes que se encuentran en la base de toda manipulación.

Cuando existe una verdadera voluntad de curación, no cabe duda de que el indicador que la acredita es someterse a la función diagnóstico para adoptar las recomendaciones facultativas.

¿Se ha percatado de que la comunicación interna está presente en las 10 toxinas más valoradas?

Si no supiera por dónde empezar, el estudio que ha dirigido Ángel Fernández Muñoz le aportará su primer check-list.

© jvillalba

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