O la crisis de la descoordinación.

Cuando hablamos de comunicación en la empresa no nos referimos tanto a cómo alguien aplica la teoría de la comunicación, en los diferentes escenarios, ante un público, como al hecho de que la información circule -con cierto orden, bajo algún control, con alguna planificación- y a que se pueda hablar de ello y a que la comunicación sirva en la práctica para poner en común posturas y actuaciones y se muestre con claridad la dirección a seguir.

Aquí el comunicador ha de hacer para gestionar percepciones.

Cuando ello no sucede, o acontece de manera cortapisada, improvisada y sin retorno, cuando quienes trabajan lo hacen en compartimentos estanco, cuando el diálogo espontáneo fracasa, la cruda realidad nos informa de que no se quiere que la comunicación funcione; que es lo mismo que admitir que la desregulación comunicacional sirve a otros propósitos alejados del buen gobierno corporativo.

No se trata, por tanto –por poner el caso- de cómo alguien resuelve un discurso ni de cuál es el estilo de negociación, ni tan siquiera de si la práctica de la planificación de mensajes, medios y canales es o no la conveniente… Se trata, sencillamente, de una cuestión de actitudes que encuentran amparo en una débil cultura en la que cada quien, más o menos explícitamente y según su fortaleza en la estructura, campa por sus fueros so pretexto de la necesidad de concentrar todos sus esfuerzos en la consecución de sus objetivos de área, o parciales, que para el caso lo mismo da. El argumentario es extenso, no voy a desgranarlo ahora porque no terminaría de recitar una letanía de justificaciones que tienen de todo menos sentido común y madurez empresarial.

En este pandemónium  se oscila entre la falta de tiempo (no se puede ‘perder’) y el panegírico de los objetivos de la actividad (no de empresa), pasando por las asunción de responsabilidades (supuestamente inconexas del resto), la defensa del propio territorio (pérdida de poder), el criticismo de ciertos temas (defensa de las castas) o la confidencialidad estratégica (reserva táctica) o la búsqueda de la notoriedad excluyente (descoordinación) sin olvidarse de que lo único que hay que comunicar son órdenes y procedimientos, que es lo que a la gente le interesa conocer.

Aquí el comunicador se ve forzado a transformarse en terapeuta.

Lo que me interesa destacar ahora es  que cuando la comunicación se produce de mala manera, renqueando, sin arquitectura que la sujete, sin hechos en que soportarse, es síntoma inequívoco de la existencia de un problema cultural grave en la organización. La falta de dirección de la comunicación pone de manifiesto que la estructura de la empresa se organiza como si de una concitación de pandillas se tratara, lo que posibilita que cada grupo tire del carro en una dirección hasta conseguir volcarlo.

Para demostrar su hegemonía, cada líder impone su estilo diferencial, tipifica comportamientos, crea normas, recrea ritos y define su liturgia, reparte roles y prebendas, administra premios y sanciones ejemplares, impone coto a su territorio, infiltra oteadores, establece pactos con otras pandillas sobre la base de sus intereses, alimenta guerras con otras bandas, da pruebas de valor y se jacta de sus triunfos.

© jvillalba

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