_ ¿Cuántas veces hemos oído aquello de “nadie es imprescindible”?

_ ¡Tantas que ya nos lo creemos!

El lenguaje es un generador de realidades, pero los términos ‘realidad’ y ‘la realidad’ ni son sinónimos ni significan lo mismo aunque fonéticamente lo parezcan. El primero nos lleva al terreno de la verosimilitud, mientras que el segundo nos conduce a la frontera  de la verdad; aquél cimenta el consenso sobre el artificio, más o menos creíble; éste se ampara en el imperio de la (cuasi) objetividad, de lo contrastable e incontrovertible… Al final, los hechos no son lo que son, sino que son el significado con el que dotamos, mediante la persuasión y el encantamiento, a los acontecimientos.

La construcción de la realidad, una o muchas sucesivas, entre un conjunto de realidades posibles, es una de las actividades a las que nos entregamos humanos y sociedades y que configura la principal prioridad del poder. Y es que las palabras seducen y el lenguaje es una de las evidencias más patentes de su omnímoda influencia (instrumento que algunas organizaciones desaprovechan ostentosamente –aprovecho para decir-). Hay que construir historias

Historias que pasan a erigirse en referentes principales del imaginario popular admitiéndose como si de auténticas verdades (leyes naturales) se tratara, como sucede con la mencionada lexía “Nadie es imprescindible”.

_ ¿Están ustedes seguros?

_ Me temo que estamos jugando a justificar medidas.

Cuando argumentamos esa verdad lo que estamos tratando de decir, en realidad, es que ninguna persona tiene la condición de ser cuerpo y alma de un negocio, empresa u organización y, por ende, su desaparición (o depuración) no afecta a la marcha o vida de tales grupos, que son independientes de los miembros.

_ ¿Están ustedes seguros?

“Yo quiero sobrevivir, ganar… para sobrevivir a una guerra hay que transformarse en guerra. Yo soy prescindible, es como si alguien te invita a una fiesta, tu no apareces y a nadie le importa.”

Creo que intencionadamente se ha sustituido el término en esta frase verosímil. Si bien es cierto que, como anunció Rambo, “Yo soy prescindible”, también lo es que “Yo soy insustituible”, que todos nosotros lo somos, pues –para empezar- cada uno de nosotros somos irrepetibles. Y si ponemos en contexto las realidades, lo que acontece y se demuestra es que, cuando alguien, una persona concreta, falta o se ha dado de baja o desaparece o fallece, familias, escuelas, universidades, negocios, empresas, organizaciones… clases y grupos… sienten un vacío (en otras ocasiones un alivio) que no se puede colmar, aunque sí reemplazar.

En términos de gestión de personas, de su valor único y excepcional –sin ambages, con normalidad- cuando se decide prescindir de alguien que “lo ha dado todo” por un proyecto, que lleva su impronta, que se nutre de su inspiración, el proyecto proseguirá –sin duda-, pero lo hace con otro estilo, se empapa de otra alma, tiene otro talante… y muy probablemente cambie de rumbo. Esto todos lo sabemos.

Siendo así, seguramente somos prescindibles cuando se persigue prescindir de los significantes, pero sin duda somos insustituibles en el valor que tenemos, en nuestros significados, con nuestras diferencias e intencionalidades, con lo que se cumple la segunda acepción de la RAE que confiere a imprescindible: en nuestra condición somos “necesarios, obligatorios”, que es justamente lo contrario de prescindible (¡Que no se nos ‘abstraiga’, por favor).

Cuestión distinta -y sin embargo íntimamente relacionada- es que a alguien le importe o no que sigamos en esta ‘fiesta’.

© jvillalba

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