Uno de los problemas de confundir la necesidad de transmitir y recibir información con la comunicación, o dicho como corresponde, con el establecimiento del diálogo en las empresas es que te das cuenta de que la gente, en una buena proporción, no lee, por lo que los canales de una sola vía, la de la emisión sin retorno, no garantizarán nunca que la transmisión de información es suficiente para responder a las necesidades de comunicación en la empresa.

Es verdad que los adultos tenemos la responsabilidad, también, de informarnos acudiendo y revisando las fuentes institucionales; forma parte de nuestras obligaciones –digamos- morales o profesionales: estar informados en todo aquello que nos compete en las tres dimensiones de cualquier trabajador: como persona que integra una comunidad laboral, como trabajador que está sujeto a una institución y como profesional que asume determinadas responsabilidades propias de su especialidad.

Llegados a este punto conviene recordar el aforismo que sentencia: “el desconocimiento de la Ley no exime de su cumplimiento”.

Pero lo cierto es que muchos no leen, otros leen por encima sin prestar la suficiente atención y los menos están atentos a los comunicados que la institución distribuye. De esta realidad te das cuenta a poco que prospectes en las empresas: la gente desconoce una parte significativa de la información que se difunde, argumentando las más de las veces (1) la falta de tiempo, (2) la presión del día a día –que es lo mismo y revela una deficiente distribución del tiempo-, (3) la sobrecarga de actividades –más de lo mismo- y (4) la necesidad u obligatoriedad de dar salida a las tareas urgentes.

De lo argumentado se desprende que, para un porcentaje de sujetos, la información que se distribuye por escrito puede esperar, no entra dentro de sus prioridades, y que su lectura se demora “para cuando haya tiempo”. Pero también puede suponerse que otro porcentaje la echará un vistazo por encima para determinar el grado de demora de la información que le llega.

Aún hay otro problema en la transmisión de información por una sola vía. Algunas empresas no han catalogado sus productos informacionales homologando canales por clase de información de manera que puedan facilitar hábitos de recepción sobre la base de los intereses de los trabajadores.

Pero aún suponiendo que la información se lea, queda por determinar si se entiende en los mismos términos propuestos por el emisor.

Para más INRI, los focos productores de información escrita en las empresas suelen ser prolijos y tienden a primar la importancia que para ellos tiene la emisión sobre la relevancia que para los destinatarios guardan esos mensajes, de manera que la sobreabundancia de difusión de información suele estar garantizada y termina saturando los canales de una sola vía, toda vez que la emisión de mensajes suele estar descentralizada, lo que contribuye a confundir a los receptores que terminan recibiendo paquetes de mensajes sin catalogar en términos de relevancia y prioridad, pues aquella función dosificadora, que debiera estar centralizada para su difusión ordenada en aras a lograr una distribución armónica y coherente de información, no tiene asignada figura formal que la respalde.

Ya en el top de la falta de tiempo, que obliga a la lectura en trasverso –por encima- se encuentran no pocos altos directivos que fundamentan una buena parte de la toma de decisiones en resúmenes ejecutivos.

La personalidad de un individuo es la que es y, por lo general, somos como somos en todas las facetas de la vida cotidiana, de manera que quien no tiene un hábito de lectura en su vida difícilmente en la empresa será un lector consumado.

A modo de referencia traigo a colación el “Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros Tercer Trimestre de 2008”, elaborado por Conecta Research & Consulting para la Federación de Gremios de Editores de España -FGEE-, según el cual, en España hay un 46,1% de no lectores, de ellos, un 33,7% no lee nunca, mientras que los lectores españoles dedican 50 minutos diarios a la lectura, siendo el entretenimiento el principal motivo para la lectura –en este caso de libros (51,2%)-

Según el mismo informe, mi conclusión es que el perfil del lector español se acerca más al de una mujer, menor de 45 años, con estudios universitarios, que reside en una población de más de 50.000 habitantes.

Un dato curioso es el argumento del 52,6% de los encuestados para explicar por qué no acuden a bibliotecas: “no tienen tiempo para ir” (72,7% en 2009)

Si tenemos en cuenta que una tercera parte de la población no tiene el hábito de la lectura, y partimos de la hipótesis de que la plantilla de las empresas se distribuyen como una población normal, aquí tienen ustedes un argumento para plantearse cómo trabajar la distribución de información y si los canales de una sola vía sirven a sus propósitos comunicacionales.

Abundando en el paralelismo, según el último barómetro del CIS, del mes de junio, sólo un 24,6% de los españoles considera que se lee mucho o bastante, lo que significa que la mayoría piensa o reconoce que no y que el 80,1% admite que se debería dedicar más tiempo a la lectura.

No obstante, un 41,1% dice leer periódicos (incluidos gratuitos y digitales), un 6,6% informa leer revistas (incluidas gratuitas y digitales) y un 26,1% asegura leer libros, en todos los casos, diariamente.

Con todo, un 21,9% confiesa que no lee por falta de tiempo, porcentaje al que debemos sumar el 6,7% que admite no leer nunca, otro 37,6 que reconoce que no le gusta o que no le interesa y aún cabe considerar un 19,1% que prefiere emplear su tiempo en otra cosa.

Sólo un 16,8% dicen leer para estar informados y únicamente un 3,7% de los encuestados lee por razones profesionales o de trabajo, mientras que el 15,1% asegura hacerlo para aprender y mejorar su cultura.

Para finalizar, interesa saber que ante la pregunta “¿Su trabajo u ocupación requiere leer libros, informes, etc. ….?” La tabla de resultados es la que sigue: Habitualmente el 24%; De vez en cuando el 9.3%; En raras ocasiones el 6.3%, Nunca o casi nunca el 58.3%; y, N.C. el 2.2%.

Pregúntese por el impacto de la información que difunde por escrito. ¿Lo conoce?

© jvillalba

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