“Querida amiga…”

Voy por el séptimo capítulo; me quedan cien páginas y en lo que coincido con Mey es que en casa es donde mejor se está. ¡Sin duda!

Confieso que al terminar la página 53 me siento decepcionado. Esperaba otra ‘cosa’. Me sorprendió que, en la sociedad actual, una mujer decidiera libremente –hace 14 años- dejar su profesión de periodista tras sincerarse consigo y expresar su vocación de cuidado, para dedicarse a ‘sus labores’.

Mey Zamora, catalana desde hace 45 años, se licenció, ejerció el periodismo y ya cumple tres quinquenios al frente del cuidado de su hogar. Felizmente casada, estoy seguro de que se enorgullece de sus cuatro hijos.

El pasado Junio, Plataforma Editorial publicó “Dulce hogar. Un retorno a lo esencial”, prologado magistralmente por José Antonio Marina, del que se han hecho eco no pocos medios de comunicación [La Luna de La Cope: audio].

Al llegarme la onda, sentí curiosidad y albergaba la esperanza de que encontraría una nueva perspectiva, en esta ocasión desde el lado femenino, de la que obtendría provechosos aprendizajes, pero el estilo por el que se ha decantado Mey en estos primeros siete capítulos me recuerda la línea editorial de las revistas escritas por mujeres para mujeres –en mi opinión- un tanto adormecidas y superficiales; me refiero a ese estilo de consejero en zapatillas de andar por casa que presupone cierta dosis de complicidad con supuestas lectoras y que le hace perder –según lo veo- fuerza, ‘gancho’, personalidad.

No quiero decir con esto ni que desdeñe la opción que tomara Mey ni que vaya en contra de su modelo ni tan siquiera que le reste mérito: ni a su decisión, ni al valor de participarla, ni (¡Dios me libre!) a su persona, ni a su trabajo; creo firmemente que el trabajo doméstico (como también el trabajo fuera de casa), la llevanza de una casa, el arte de convertirla en un hogar único y, concretamente, el papel de la mujer en la sociedad ha sido, es y será absoluta e indudablemente principal.

Por suerte para todos, hombres y mujeres, que ahora trabajamos y compartimos, codo con codo, las responsabilidades familiares y el sustento del hogar, aquel rol titánico lo asumimos con complicidad y agrado, por lo que hemos de sentirnos orgullosos –unos y unas- al haber recuperado nuestro lugar en el hogar –y por ende en la sociedad- y al haber sabido compartir y renunciar al monopolio del mismo.

Probablemente mi visión de “Dulce hogar” esté mediatizada por haber albergado unas expectativas que probablemente estaban fuera de lugar. Buscaba conocer detalles, soliloquios al borde del intimismo, una perspectiva diferente y diferencial, un enfoque filosófico, el relato fresco del día a día, el insight de lo esencial. No sé, quizá otra literatura, tal vez otro estilo literario.

Seguramente es muy pronto para pronunciarme y deba terminar de zambullirme en este mar de palabras en el que, hasta ahora, solo he tenido ocasión de introducir el dedo gordo del pié.

También he de decir que estoy muy de acuerdo con la mayoría de las afirmaciones vitales expresadas por la autora, en la que reconozco coherencia y sinceridad y a quien le concedo el valor de tener el gesto de compartir su retorno a lo esencial.

© jvillalba

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