Hay quienes confunden la imagen corporativa con la reputación de la empresa, pero mientras que la primera se basa en percepciones, la segunda se sustenta en resultados.

El proceso de construcción de la identidad es privativo de las organizaciones, por medio del mismo definen su personalidad y fijan el carácter con el que desean ser identificadas y mediante el cual se esfuerzan por diferenciarse del resto de sus afines; pero la reputación es el juicio que formula el público sobre la organización y denota el éxito o el fracaso del proceso de construcción de su identidad.

Partiendo de que la organización tiene clara la identidad que desea que la caracterice, reducir la distancia entre lo que significa para el público y lo que realmente pretende ser forma parte de la administración de la reputación, para lo que ha de invertir esfuerzos y recursos, entre ellos, el tiempo destinado a su gestión.

Pretender ganarse una determinada reputación ni puede improvisarse ni puede lograrse centrándose en la gestión de los productos y servicios que constituyen el eje principal de sus ganancias, pues la reputación va mucho más allá de las características de los productos o servicios y representa la valoración o el reconocimiento que los grupos de interés hacemos, sobre el estilo de relación de una empresa con nosotros.

Esto no es una novedad; ya desde el año 2000, sabemos por la encuesta MORI (Market Opinión Research Internacional) que el 47% de los españoles –frente al 25% de los europeos- consideramos muy importante el estilo RSC de una empresa a la hora de tomar una decisión de compra y que el 49% de los europeos creemos que la RSC es uno de los factores que más influye en nuestra percepción sobre las empresas. Desde 2001, un indicador a tener muy en cuenta, entre otros, es el que ofrece El Monitor Empresarial de Reputación Corporativa (MERCO)

© jvillalba

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