­_ “Pese a ser optimista…. te tengo que dar la razón. ¡SIGUE SIN ESTAR!”

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El lenguaje no sólo condiciona, sino que significa, recrea realidades y, por no alargarme, manipula…

 

Hay palabras que no siéndolo en origen (me refiero al etimológico) pueden actuar como falsos sinónimos, aunque con mayor precisión debería decir falsos sustitutos, que operan con el fin, precisamente, de recrear (fíjate bien que digo “re crear”; es decir, “re construir”) una realidad que interesa, pues la realidad no es única e inamovible; es diversa, variopinta y cambiante.

 

Un ejemplo es el erróneo empleo -a sabiendas o no- de “Optimismo”, quizá como acto de superstición para conjurar un hecho objetivo y probable que se presume, se teme o se pronostica inevitable, salvo que por casualidad suene la flauta. Éste goza además de la posibilidad de introducir subliminalmente el gazapo del término antitético para seducir al interlocutor, que aquí se interpreta como oponente o adversario; alguien que se manifiesta en contra del deseo larvado.

 

Me refiero a “Pesimismo”, cuyo efecto (¡Va de retro…!) introduce la connotación de “Gafe” que, además, también, aportaría otro argumento a favor de la superchería, pues habiendo conminado el destino probable, el efecto gafe lo neutralizaría trayendo la justificación de la mala y contraria suerte a la deseada (fíjate que digo deseada; es decir, que refiero la manifestación de un deseo)

 

Así las cosas -y para no cansarte más-, recordarte a Gracián -Baltasar- o a Schopenhauer -Arthur- con el ánimo de hacerte reflexionar, pues quizá un “pesimista” no sea más que un realista informado; es decir, con experiencia en el acontecimiento en el que un pretendido optimismo no significaría más que un acto de negación de la realidad y, por ende, de infantilismo.

 

© jvillalba

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