Alguien me dice que va a recabar información anónima, sobre otros profesionales, porque esto garantiza la obtención de información y la participación en el proceso.

 

Tradicionalmente se ha venido defendiendo el anonimato como fórmula de participación y de producción de información, pues los hay que se resisten a participar abiertamente sus contribuciones debido, quizá, también al uso que los receptores puedan hacer de la misma e, incluso, contra él.

 

Es decir, que se parte de una desconfianza hacia el demandante de información confidencial o de opiniones reservadas y privativas del sujeto, pero esto sucede en situaciones que no favorecen la libre expresión y en aquellas otras en las que ya se sabe que se demanda conocer impresiones o hechos de cuya observancia pueden derivarse consecuencias, ya sea para el emisor o para terceros a los que no se tiene la intención de perjudicar; se trata de entornos en los que se alberga alguna sospecha sobre las intenciones del demandante de información y se tiene algún temor sobre las posibles consecuencias que se podrían derivar de la emisión de opiniones.

 

Pero también la falta de complicidad se puede producir por no disponer de argumentos de respaldo y también porque no se desee contribuir gratuitamente en entornos en los que el sujeto entiende que no merecen su colaboración.

 

Y así el anonimato se convierte en un cebo para extraer lo que de otro modo no parece posible obtener.

 

Cada vez me lo creo menos. A estas alturas estoy convencido de que el supuesto anonimato, que presumiblemente ampara la identidad del dicente, se convierte en una trampa para los cazadores furtivos de información.

 

¿Cómo puede ser fiable una información que refiere una fuente desconocida? ¿Qué credibilidad puede tener una opinión incógnita? ¿Cómo pueden acreditarse asertos que no se pueden contrastar? ¿Qué garantías pueden ofrecer unos juicios que no admiten comprobar la fortaleza de sus fundamentos? ¿Qué valor han de tener confidencias subjetivas a salvo de todo careo? ¿Qué rigor puede aducirse de las impresiones emitidas por evaluadores ocasionales cuya cualificación para juzgar a otros más que dudosa es inexistente?

 

Así, amparados en el anonimato resultaría posible emitir juicios y opiniones gratuitas o tendenciosas o hacer afirmaciones sin estar cualificado para ello.

 

Queda claro que la dispensa de responsabilidades a cambio de información representa algo así como conceder el salvoconducto del todo vale; es decir, se contamina el proceso mismo de adquisición de información de terceros al eliminar todo filtro sobre la validez y fiabilidad para la información obtenida.

 

Tengamos en cuenta la condición humana, su psicología, y los procesos de creación de opiniones y asignación de responsabilidades, disonancia cognoscitiva incluida, y tendremos que admitir la falta de rigor en la adquisición de información sujeta a las garantías de anonimato, máxime cuando ésta se refiere a personas que de alguna manera afectan o pueden interferir en nuestras vidas, ya sea favorable o desfavorablemente, como es el caso de los juicios que se emiten –al margen de los procesos de evaluación- sobre sujetos con quienes tienes establecemos transacciones laborales o profesionales a diario o con frecuencia.

 

Una opinión, un juicio, una calificación o un aserto sobre alguien tienen más valor si vienen refrendados por el autor que los emite y éste es capaz de sostenerlos y fundamentarlos en cualquier situación y frente a cualquiera, por lo que prefiero obtener menor número de opiniones acreditadas que mayor número de juicios cuyo aval sea la ocultación de aquellos que tiran la piedra y esconden la mano, actitud que no me ofrece garantía alguna.

 

© jvillalba

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