2. No tengo tiempo

 

No hay tiempo para comunicar. ¿Usted se lo cree? Si usted no se lo cree, por qué exige de sus trabajadores ese ejercicio de credulidad o, quizá mejor, de fe (3) –entendida en el sentido que le diera el danés Søren Aabye Kierkegaard-.

 

El tiempo es el que es, pero es exactamente el mismo para todos. La diferencia estriba en su modo de empleo o, lo que es lo mismo, destinamos y repartimos nuestro tiempo en aquello, y sólo en aquello, que nos parece importante; para lo que no lo sea –seamos francos-, no tenemos tiempo.

 

Dígame usted cuál puede ser la percepción de los trabajadores. ¿Cuánto tiempo dedica a comunicarse con ellos? Y, cuando lo hace, ¿cuál es el objeto de dicha interacción? Le invito a descubrir sus centros de interés, le sorprenderá lo fácil que es ponerlos de manifiesto. Durante una semana lleve un registro minucioso del empleo de su tiempo, se dará cuenta de las contradicciones en que es capaz de incurrir y de lo distanciados que se encuentran su discurso y sus prácticas.

 

Recuerde que la comunicación es multidimensional (hablada, escrita, no verbal, comportamental) y que todo lo que nos expresa comunica por nosotros. ¿Cuánto tiempo dedica a la comunicación con otros? ¿Con quiénes interactúa más? ¿A qué actividades destina su atención? Lo reconozca o no, la comunicación requiere tiempo –su tiempo y el tiempo de usted- y no se puede improvisar.

 

© jvillalba

3) La fe es un salto paradojal en lo absurdo. Véase también

http://es.wikipedia.org/wiki/S%C3%B8ren_Kierkegaard

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