Conducir es una expresión más de nuestra personalidad y, por tanto, esa actividad nos refleja, lo mismo que reproduce la sociedad en que vivimos.

En general, un coche es algo más que un vehículo, es una burbuja, un campo de fuerza, en el que las personas surcamos el espacio, lo atravesamos, sintiéndonos seguros -encerrados- en su habitáculo, que nos aísla y defiende del exterior; pero el coche no significa lo mismo para una mujer que para un hombre.

 

Las mujeres suelen valorar más los aspectos hogareños, prácticos, del vehículo: su habitabilidad, su espacio, la capacidad del maletero, su confortabilidad, su estética, armonía y colorido y tienden a ser más limpias y cuidadosas con el interior a fin de hacer de él un espacio agradable, como si de una sala de estar se tratara.

Los hombres nos sentimos más atrapados por los aspectos mecánicos y de marca: cilindrada, potencia, velocidad que desarrolla, perfil aerodinámico, CX (coeficiente de penetración aerodinámica), marca (prestigio social, status), consumo, llantas de aleación ligera y de perfil bajo, cuadro de mandos…, pero todo ello tamizado por las necesidades familiares y aprobado por la esposa.

 
En tanto que conductores, mujeres y hombres no tenemos el mismo comportamiento y afrontamos el tráfico de manera muy distinta; como distintos son los coches familiares: el principal para el hombre, el secundario para la mujer.

 
El tráfico tiene su propio código, sus signos, sus símbolos, su lenguaje, su sintáctica, su semiótica, su señalética y, al igual que el habla es la concreción del lenguaje, nuestro estilo de conducción es el lenguaje del tráfico puesto en práctica, que cada quien resuelve según sus peculiaridades.

 
Desde una perspectiva dinámica, el coche representa una proyección fálica, que se incrementa con la velocidad. Muchos hombres lo viven así, como una competencia permanente con el resto de los conductores. Vamos, un sin vivir continuo pretendiendo revalorizar su hombría y velando para que no se quebrante su autoestima. Para algunos, que se reconocen a primera vista en carretera, o en vías urbanas, conducir es un acto de afirmación.

 
Por contra -y en general-, las mujeres suelen hacer gala –también en el tráfico- de una inteligencia emocional muy superior a la del común de los hombres conductores: son más amables y respetuosas, no se suelen picar, suelen ceder el paso, conducen de una manera más tranquila (pero también menos atenta), respetan más las señales de tráfico y raramente entran en conflicto. Sencillamente van a lo suyo; para ellas el coche es un medio de transporte, no una finalidad en sí misma, y no tienen por qué entrar en una demostración permanente: no son más por ir más deprisa, ni por adelantar a todos, ni porque alguien les pite. Simplemente, les da lo mismo y, además, se ríen del conductor que va de macho por la vida, pues ellas perciben la hombría desde otra perspectiva.

 
He venido observando que, como un reflejo que es de la sociedad, el tráfico también ha cambiado. ¡Y mucho!. La involución en los comportamientos de los usuarios de la vía pública, que ha experimentado, es tremenda: en un carril de aceleración, ya nadie respeta la señal de Ceda el paso; si el vehículo que va detrás advierte un intermitente indicando un cambio de carril, en vez de seguir a su ritmo, acelerará para impedirlo; da igual que hayas iniciado una maniobra de adelantamiento, si el que va delante se ha propuesto adelantar, aunque te vea por el retrovisor, se colará para ser él quien adelante primero, haciéndote frenar; si la densidad de tráfico te ha impedido ceñirte al costado que necesitas para no forzar un giro, difícilmente te dejarán girar y hasta cabe la posibilidad de que se te obligue a recorrer un mayor espacio para tomar alguna ruta alternativa; pero si es otro el que tiene que girar, ya verás cómo se cruza sin ningún miramiento delante tuya; los tiempos de demora de los semáforos, ya no son tales ni cumplen la función de seguridad, pues la gente se los salta sin miramiento alguno; que alguien tiene que detenerse en una calle impidiendo el paso a los demás vehículos, se detiene y ¡que el que venga atrás que espere!

 

En resumen, los conductores, por lo general, demostramos que no tenemos sentido cívico ni responsabilidad social, pues incurrimos a diario en conductas productoras de accidentes, sin el menor reparo. La gente parece que no sabe que los vehículos son letales; actúan como si les diera lo mismo, vayan solos o acompañados, transiten por vías solitarias o con una densidad de tráfico propia de las horas punta.

 
Está claro que el tráfico hoy se caracteriza por la creciente agresividad e insolidaridad de los conductores.

 

Esto no es otra cosa que un reflejo más de nuestra sociedad. Otro día podemos hablar sobre las restricciones en materia de seguridad vial.

 

© jvillalba


Los últimos datos que recuerdo informan de que el 84% de los propietarios de un vehículo se han comprado uno del color que no habían elegido en el concesionario.

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