Más allá del más acá acontece la otredad.

 

Asumir la identidad del otro no es tarea fácil, requiere, entre otros logros, un esfuerzo grande; ser capaz de prescindir de uno mismo; poseerse para olvidarse de sí y tener una opción para percibir al otro.

 

La mismidad es un concepto que entraña la posesión; no el acto de poseer ni el gesto de apresar, pero sí el hecho de conocerse, que es lo mismo que abarcarse en lo uno y en lo otro, en toda dimensión, y la capacidad de comprender qué nos sucede, qué sentimos, cómo reaccionamos y tratar de averiguar el por qué de esos estados internos y de esas respuestas al entorno. Resulta preciso identificar qué es debido a nosotros y asumirlo, paso previo para llegar a aceptarnos. Comprender qué es nuestro, qué del otro, y escucharse son requisitos para descubrir cómo quisiéramos ser e iniciar el viaje para serlo.

 

Un proyecto de vida no puede improvisarse, pero tampoco puede tomarse prestado.

 

Hay que ser muy valiente, casi visionario, para ver al otro desde fuera de nosotros, y a nosotros con él. Hay que desprenderse de uno y haber apaciguado los propios clamores para ser capaces de escuchar, y no sólo de oír, a los demás. Escuchar atentamente a los demás implica reconocer la otredad; es una condición inapelable para consolidar la mismidad.

 

Aquí mismo, más cerca de lo que supones, se encuentran todos los demás.

 

© jvillalba

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