El maestro ha de hacer un esfuerzo antes de ponerse a enseñar si pretende provocar un aprendizaje, lo que no sólo significa que ha de hacer explícito parte de lo que sabe, sino que también tendrá que encontrar el vehículo apropiado para transmitirlo; es decir, encontrar la fórmula (vía) para trasvasarlo, de él al alumno, hacer que le llegue, lo que sólo será posible si éste quiere, o sea, si permeabiliza sus membranas, uno de cuyos requisitos es la atención activa.

 

(Me viene la imagen de un avión repostando en vuelo)

 

Pero queda una segunda parte, el alumno (permeable, atento, interesado) recibe, pero tiene que asimilar lo que recibe, introyectar en él esa píldora de saber, y ejercitarlo para hacerlo suyo, deformándolo, reformateándolo a su estilo, para convertirlo en conocimiento (de momento, tácito).

 

Si me permitís que adopte un paralelismo orgánico, en la infancia hay muchas conductas que se repiten ecolálicamente, por imitación, incluso llegan a forjar una mecánica muscular de actos repetitivos que pueden llegar a parecer gestos con pericia, que pueden llevar parejas conductas muy elaboradas. Por ejemplo jugar con el teléfono (estoy viendo a uno de mis sobrinos). Estas conductas son meras y burdas imitaciones, pero son la base para luego asentar un conocimiento (veo a mi otra sobrina, que es más mayor y ya es capaz de hablar por teléfono; aunque no de sostener una conversación con alguien que no vea delante suyo).

 

Me estoy acordando ahora de mis primeras clases de Tai Chi Xuan. Suponen un esfuerzo brutal, repites y repites movimientos, preguntas, corriges, repites… Acabas con agujetas, semana tras semana. Puede parecer que los has aprendido, pero mientras que no los integras y concatenas, secuencia tras secuencia de movimientos, no los haces propios, no consigues incluirlos en tu repertorio de conductas ni tienes conocimiento de su significado, del que tú tendrás que imprimirle a esta práctica; cuando lo consigues, empiezas a saborearla /sapere/ y a aplicarla en tu provecho; antes de esto no eres capaz de mostrársela (hay una diferencia con enseñar) a alguien.

 

Un chiquillo puede canturrear y repetir la ‘Tabla del siete’ todo lo que quieras, hasta la saciedad, pero en tanto no se implique, no lo relacione con algo conocido para averiguar algo que desconocía (insight), mientras no lo aplique y le encuentre el significado que para él representa, no sabrá aritmética, pues, salvo para que le premien o para que no le castiguen, la aritmética no le resulta útil. Lo que no es útil (para uno y de algún modo) no se aprende, que es lo mismo que olvidarlo, aunque se haya repetido muchas veces.

 

Termino con un aserto que se opone al dicho popular: “El saber ocupa lugar”.

 

© jvillalba

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