Curiosamente no se repara en el tiempo de los demás.

 

Nadie tiene tiempo. ¿Será por esa misma causa que está de moda citar a reuniones cinco minutos antes de la hora de salida? Como –según parece- nadie tiene tiempo, se prolongan y alargan reuniones sin contenido; digo bien, sin contenido. Será –digo yo- que, por la misma razón, no habrá habido tiempo para prepararlas.

 

Ya que no hay tiempo, tampoco debe haberlo para cumplir horarios fijados ni para completar programas, porque –ya se sabe- no hay tiempo ni se puede destinar –ya que no lo hay- a controlar los fuera de tiempo, obligando a auditorios y reunidos a permanecer aunque éstos no reciban beneficio ni producto ni herramienta ni utilidad alguna de esa sesión a la que fueron convocados, las más de las veces sin orden del día, sin programa, sin horario…, pues, ya que no hay tiempo, ¿cómo podría fijarse la duración?

 

Como es sabido impera la idea de que no hay tiempo. Y tampoco lo hay para informarse ni para escuchar ni para entender propuestas ni para profundizar en proyectos que, quienes los encargaron y por falta de tiempo no los podían abordar, como siguen sin disponer de tiempo, en consecuencia, lógicamente, en congruencia absoluta con su falta de tiempo, no pueden destinar lo que no tienen ni tan siquiera a recibir la información que pidieron. Por ello, por su falta de tiempo se encuentran indisponibles.

 

Así, nos encontramos insertos entre una clase de dirigentes harto capaces, pues desatendiendo y declinando -por falta de tiempo- logran liquidar multitud de asuntos en el menor tiempo posible. Disponen, por tanto, de la fórmula para hacer evaporarse cualquier asunto, lo que les permite hacerse algo de tiempo para invertirlo en quién sabe qué, pues hay información reservada –¡Tchssssuuu! Alto secreto- por la que se desconoce cómo lo aplican. Lo que se sabe, lo que está a nuestro alcance, es que no disponen de tiempo.

 

Además, ¿a quién se le ocurre hoy informar por escrito? ¿Cómo alguien puede pretender que gente sin una micronésima de tiempo pueda destinar algo de lo que no dispone a leer si, además, hoy en día –SXXI- ya no se lee, precisamente, por falta de tiempo? _Éste ‘cenutrio’ merece ser despedido; ¡Mira que hacernos perder el tiempo…!

 

Esta es la realidad actual en algunas organizaciones; si bien la falta de tiempo se extiende a todos los ámbitos.

 

Lo grave ya no es ni que haya ni que no haya tiempo ni que no se dedique el escaso a informarse suficientemente; lo apabullante, lo grave, lo alarmante es que no se respete el tiempo de los demás. Me refiero al mío, a mi tiempo, cuando se incumplen horarios y plazos, cuando las propuestas se mueren ¡con el tiempo! sin que alguien decida, haciéndome desperdiciar el que yo tenga o no tenga, consumiendo mi tiempo en distracciones y futilidades. ¡Inadmito dicha desfachatez!, tal ejercicio del poder, que no de la autoridad, tal fanfarronada de los despilfarradores de mi tiempo, tal robo, pues hay violencia en ello e ineptitud en la demora.

 

Mi tiempo es mi vida. ¡Mi tiempo tiene un valor incalculable! Ni lo empeño ni lo dono, lo aplico escrupulosamente y con celo manifiestos. Custodiar el propio tiempo me parece el primer gesto de respeto hacia uno mismo y la condición previa para aplicarlo –como quieras-, pero en libertad.

 

Hay abrepuertas -¿No lo saben?-, peticiones de permiso para traspasar umbrales cuando quieres acceder a recintos íntimos, como cuando quieres adueñarte de un horario que no te pertenece. No accionar esas palancas en espera de una respuesta en libertad es el primer signo de falta de respeto y significa un abuso. Inadmitirlo es una de mis maneras para expresar respeto a las personas que concito o con aquellas que comparto fragmentos de mi existencia, pues mi vida la reservo para los míos y para mí.

 

¡Por favor! Presentadores, ponentes y oradores, mirar vuestros relojes y si tenéis algo que transmitir decirlo ya e iros a casa. Gracias.

 

© jvillalba

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