En el transcurso de la vida se presentan situaciones únicas, casuales.

 

Por los derroteros que uno se conduce y por los devenires y sucederes que a uno se le sobrevienen y le conducen, acontecen situaciones fugaces, eclosionan destellos que, por milésimas de segundo, oscurecen alrededores y alumbran ocasiones; tras ello, según tu elección, quedas en penumbra o no.

 

Es el consabido, no por conocido más consciente, juego de las decisiones por el que decides, optas, se conduce y diriges tu destino. Pues el destino se fragua –tú lo dibujas- en fracciones de destellos; la vida, si pudiera representar su discurrir, la simbolizaría con su sumatorio.

 

Aquella mañana… En aquel atardecer… Durante la crecida de la marea… En aquel instante crucial… Cuando atravesé aquel cruce… Mientras nos despedíamos… Con ocasión de aquel gesto… si en vez de, hubiera optado por…

 

No hay más tiempo ni más ocasión que un destello para optar en la bifurcación; pero hay más ocasiones, no con más tiempo, para echar nuevamente ficha.

 

Se da la circunstancia de que el juego de las decisiones es una apuesta sin fin, una rosca que se enrosca, una y otra vez sobre sí, sin que concluya su capacidad de giro.

 

Dicha cuestión tiene dos lecturas: decidas lo que decidas, has de seguir decidiendo. Una jugada perdida no arruina ni termina la partida. Una jugada ganada hay que exponerla continuamente, sin fin, permanentemente. Quien decide, gane o pierda ha de volver a jugar ficha. Quien decida dejar que se consuma la jugada sin apostar, gana o pierde también, y a su pesar.

 

Hay un juego de las decisiones que ocurre en los instantes. Y mientras el destino se construye apilando los destellos.

 

© jvillalba

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