Mientras veo caer los finos granos de arena, a veces me he preguntado cómo suena el tiempo.

 

Cada tiempo tiene su voz. Hay voces que son ecos, sonidos que resuenan en valles profundos y cavidades, que reverberan murmullos y no pueden acallar el tiempo presente. En esas ocasiones se vive como no se quiere y es el rumiar de nuestras voces interiores las que proyecta, con su voz, nuestro tiempo, que se pliega para indicarnos el verdadero camino: es el eco del tiempo que aconseja cambiar de presente.

 

De siete maneras se expresa el tiempo; aquella es una de ellas.

 

Hay una voz fuerte, presente, atronadora; es el ruido contra el que tropieza el tiempo presente dejando caer sus granos con ruido, estrepitosamente. Imagina un tiempo sin sonido… Nuestro existir se ciñe al diapasón que macera nuestros oídos, marcando cada suceso, haciendo sucederse los instantes, diferenciándolos. Cuando esta voz se expresa, sucede el tiempo de los otros, cuya fortaleza hace acallar el eco del tiempo, derramando sus granos.

 

De siete maneras suena el tiempo; la segunda es a trompicones.

 

A los sueños les desalojan los cantos de sirena, que tañen su melodía desde la noche de los tiempos; así, hay un tiempo que suena a tañido, a coro griego mezclado con cantos de sirena, que impulsa lamentos y desiderativos provocando alucinaciones y fantasías para acunarte hasta abotargar la conciencia. Son voces urdidas para despilfarrar tu tiempo que se confunden con el eco del tiempo.

 

De siete maneras se pronuncia el tiempo; la tercera recorre los lamentos.

 

Cuando ruidos, coros y cantos se han vencido, suenan trompetas y timbales orquestando los tiempos del halago, tiempos en los que otros ganan tiempo extrayendo utilidades, trepanando sensibilidades para silenciar el eco del tiempo y hacer que hagas por ellos lo que ellos no son capaces de hacer, haciéndote malgastar tu propio tiempo. Quien sucumbe a la sinfonía del halago pierde la ocasión de invertir en su propio tiempo.

 

De siete maneras habla el tiempo; la cuarta se disfraza de destino.

 

A toque de corneta, el tiempo suena como las órdenes: imperativo, castrense, cortapisante, categórico. Es la voz de los débitos, de las obligaciones, de perchar en galeras a golpe de tambor; un tiempo de encadenarse que dedicar a cosecharlo. Aquí los pliegues del tiempo se arremolinan y se enriscan, se enmarañan, sonando todos al mismo tiempo; hay que tener un oído muy fino para discriminar sonidos: ecos, ruidos, coros y cantos, halagos, órdenes… Del grado de pericia para discernir sonidos se deriva el aprovechamiento del tiempo, en provecho propio o ajeno.

 

De siete maneras se declina el tiempo; la quinta se oculta detrás de la conciencia.

 

Hay una voz festiva, amable, con la que también se manifiesta el tiempo. Es la voz de la algarabía. Cuando al tiempo del quehacer le suplanta el de la holganza, parece como si la audición fuese un sentido dormido. Esta voz representa el peligro de la incomunicación y la claudicación del diálogo interior.

 

De siete maneras susurra el tiempo; la sexta se oculta detrás de la belleza.

 

Hay un sonido para el silencio que se conoce cuando se ha escuchado el eco del tiempo y, con esmerada atención, se han acompasado los pasos con los latidos del corazón. Es el tiempo que mana plácidamente, sin interrupción, que fluye deslizándose cuando uno es capaz de escucharse y aprende a dialogar consigo mismo, respirándolo, arremansándose y dejándose fluir. Si a ello se llega, se posee el arcano del tiempo y uno se hace dueño de su propio tiempo. Cuando el mismo silencio se comparte, en paz y al mismo tiempo, se produce la complicidad. Amar es también compartir la liturgia del tiempo al mismo tiempo.

 

De siete maneras se conjuga el tiempo; ésta es una de ellas.

 

© jvillalba

Anuncios