Los pliegues del tiempo me llevan donde ya estuve.

 

En ocasiones, con sorpresa, uno descubre que su destino ya transcurrió por allí, por las inmediaciones, muy cerca, por los mismos derroteros. Con el tiempo llegas a la conclusión de que el tiempo es una espiral en la que cada curva, cada pliegue, representa una muesca de experiencia más.

 

Mi piel transida, arrugada como las diaclasas que agrietan el pétreo granito, suman pliegues a mi piel que relatan mi vida: un petroglifo de tiempo en el que cada surco helicoidal representa mi rumbo de derrota en esta travesía en pos del horizonte. Nos conviene, en la noche oscura y tranquila, en el amanecer, recorrer nuestros pordentros, adentrarnos en cada surco, en los profundos y en los livianos para descubrir muchas cosas. Y, luego, atesorar esas claves sobre nosotros mismos.

 

Somos soberanos de nuestro destino, por ello hemos de concedernos tiempo…

 

Todo el tiempo del mundo… ¿Hay algo más valioso? Si no somos capaces de cultivarnos y hacernos fuertes, ¿qué podremos ofrendar a nuestra amada? ¿Cómo podremos ponernos al servicio de aquellos a quienes amamos? Si no somos los amos de nuestro tiempo, ¿qué tiempo podremos entregarles? ¿Hay don más valioso? Tiempo equivale a vida y vida es sinónimo de salud y armonía, pues vida es un concepto concluso, esférico, limpio en sí mismo.

 

Si no tienes vida… Si tu vida no te pertenece… Si tu vida no tiene tiempo…

 

Ten valor para parar, para detener el tiempo de los otros y marcar tu propio ritmo.

 

Primero has de poseerte y luego podrás conducir tus pasos. Pero antes has de descubrir el horizonte y fijar tu rumbo; sólo así podrás tener una vida propia… que ofrecer.

 

© jvillalba

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