Hay veces que te das cuenta a tiempo.

 

Iniciado el viaje, no hay marcha atrás. Pero la vida es una oportunidad continua con la vista puesta en el horizonte. Hay veces que, iniciado el viaje, cambias de rumbo, pues aquella línea del horizonte parece perderse entre la espesura de la rutina, entre hábitos de los que ni tan siquiera uno llega a ser consciente, entre prisas y ruido que te impiden pararte a mirar por dónde vas y que acallan el silencioso clamor de tu voz interior.

 

Hay veces que te das cuenta -a tiempo- de que no te vienes escuchando. Hay momentos fugaces, lúcidos, en que te das cuenta de que eres un extraño en el paisaje. Hay visiones meteóricas que te hablan de ti.

 

Hay que pararse. Hay que saber detenerse en el camino y acodarse en un recodo. Es preciso hacer un alto para empezar a buscarse. Hay que aprender a hacer no hacer nada para encontrarse con uno, para descubrir el horizonte, para escucharse y otear la línea del cielo para orientarse.

 

Todo acontece veloz, sucede en un tiempo sin tiempo para medirlo, se hace así inapresable y no da tiempo a comprenderlo; parece que el automatismo es la única reacción que cabe y que en vez de dirigirnos, nos dirigen, pues “_Todo sucede tan deprisa.”, que parece que no da tiempo. Parece que lo único importante es que algo suceda y que según se consuma se suceda otro suceso; así no es necesario pensar, ni planificar, ni ocuparse en variar ni un ápice la trayectoria de tu vida. Es así como el determinismo imperara.

 

Pero mi vida he de recrearla yo. Y sólo uno (tú; yo) tiene la llave de su propia vida, que sólo será lo que uno (tú; yo) se proponga que sea.

 

A mí me paró un día, la vida, el tiempo.

© jvillalba

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