Muchas cosas ocurren a destiempo.

Según parece, hay un tiempo para cada cosa: “_Cada cosa a su tiempo” -dicen unos-; “_Cada cosa tiene su tiempo” -defienden otros-. Es éste un mensaje que llevo escuchando desde niño; lo que sucede es que ‘la cosa’ (factor común denominador), no se sabe a ciencia cierta qué cosa sea. Tal vez… ¿cualquier cosa?

A la postre, lo que acontece es que ni es lo mismo (hacer) cada cosa a su tiempo que (adjudicar) un tiempo para cada cosa. En la primera se construye la cosa, el resultado entraña un acto creativo y, por ello, el acto mismo implica la acción comprometida del sujeto, que deviene ahora en artesano -si es que hace ‘la cosa’ con sus manos-. En la segunda, cada cosa tiene ya, intrínsecamente, esa entidad -cósica, sea cual fuere-, encerrada en sí misma, cerrada, redonda, y ésta se manifiesta en un tiempo definido, concreto, único, que ahora no es, como antes, el transcurrir creativo, sino la proyección de ‘la cosa’ a través de un plazo inapelable.

He de reconocer que, de niño, me hacía un lío de mucho cuidado, pero no he podido olvidar aquellas disquisiciones en que ocupaba parte de mi tiempo tratando de desenmarañar el significado de ‘la cosa’ y esforzándome por descerrajar el significado del tiempo.

Es verdad, muchas cosas… ocurren a destiempo. Sí. Muchas. Quizá demasiadas…

Hay ‘cosas’ que son experiencias. Hay ‘cosas’ que son vivencias que se precipitan o no llegan y que finalmente no se pueden acariciar. Hay ‘cosas’ que son oportunidades… que, en consecuencia, no pueden aprovecharse… y se desaprovechan… y trenes que pasan sólo una vez y estaciones de paso que se visitan permanentemente, incurriendo, en ambos casos, en el fuera de tiempo.

¿Tener vivencias a destiempo nos ayuda a aprender? ¿La inoportunidad incrementa nuestro deseo hasta convertirlo en fervor? Unas y otras son ocasiones desaprovechadas, un deambular de un lado a otro con el paso cambiado. Pero ¿y el sujeto? ¿Y el primer papel? ¿Quién lo representa? ¿’La cosa’? ¿El tiempo? ¿Cuál es el actor principal?

Me temo que soy yo; que ‘cosa’ y tiempo convergen en mí. ¿De lo contrario, qué pinto yo en todo esto? Y, si es así…

No estoy seguro, pues si de mí se trata creo que los sucesos a destiempo, que los acontecimientos inoportunos, que las respuestas balbucientes a sobre-experiencias han conformado mi carácter, mi visión, mi manera de interpretar este mundo y mi estilo para conducirme a través de él, surcándolo de frente, disfrutando cada caer de cada grano de arena, con la vista puesta en el horizonte, siempre al Norte, en pos del ancho Norte, pero en absoluto cegado ni al momento ni al entorno ni al ambiente ni al paisaje, observando, respirándolo, dejándome cada célula de mi piel a cada paso, con paso no cansino, quedo, acariciado, disfrutado.

No creo que la inoportunidad haya hecho acto de presencia en mi vida. Cada cosa encajó en su momento, cada inoportunidad se incrustó perfectamente en su tiempo y en su momento, pues ello me permite ser lo que hoy sea y sentirme como hoy me siento: un viajero que aprende en el viaje, un caminante que conoce la magia de los caminos, un navegante que se orienta sin titubeos en la noche oscura o bajo un sol radiante, cegador.

No es lo mismo. ¡Es verdad! Es diferente, como distinto es el vino decantado, envejecido, añejo. No añoro mis inoportunidades; si no fui capaz de estar a la altura, ahora estoy a la altura que haya sido capaz de elevarme o de caerme y comprendo que altura y bajura convergen en un mismo punto: en uno mismo.

Así es ‘la cosa’.

© jvillalba

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