El cayado del silencio es un báculo a modo de bordón que permite sujetarse en las empinadas y agrestes crestas de la palabrería.

Permanecer callado no es lo mismo que acariciar el silencio.

Hablar cuando uno se ha ganado el derecho a la palabra, y se tiene algo que decir, no es decir por decir.

Permanecer en silencio para observar y asimilar, para conocer y llegar a saber, no es lo mismo que callar.

El sonido del silencio en nada se parece al estruendo del mutismo, cuando alguien permanece callado.

El silencio habla por sí mismo, es una actitud armónica plena de dinamismo y fuerza, es un encuentro solipsista con los pordentros de uno mismo y muchas veces en conjunción con el entorno, con el exterior, con la otredad.

Callar es no saber qué decir o no tener fuerza para decirlo o no haberse ganado el derecho a la palabra o privar al otro de tus manifestaciones, de tu esencia.

Permanecer a la escucha, en silencio, es una manera inigualable de conocer, un acto reflexivo que nos permite empaparnos de sabiduría, una aparente inacción que se encuentra en pleno movimiento.

La palabra se proyecta en espiral, en un movimiento creciente de vida, mientras que el silencio representa el árbol de la sabiduría que sujeta la bóveda celeste.

Se habla cuando hay que hablar. Se cultiva el silencio cuando su expresión representa otra manera de manifestarse.

© jvillalba

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