¿Escucharse o escuchar sé?

¿Es posible plantear un mensaje al viento? ¿Podemos hablar de comunicación sin escucha? ¿Cabe tratar de la información sin destinatario?

Me parece que para poder trabajar estos asuntos hay que hacerlo desde, cuando menos, la dualidad, si bien cualquiera de nosostros sabe que es posible el diálogo interior; muy probablemente porque lo ha experimentado en más de una ocasión.

Siempre me ha asombrado esa costumbre Nepalí de tender banderolas de oración al viento, para que éste, al agitarlas, traslade súplicas y plegarias, escritas en aquellas telas, a sus dioses. Es un rito que siempre me pareció bello, enmarcado en aquellos majestuosos paisajes. Los collados de las altas tierras del Karakorum están sembrados de trapío en acción de rezo. Ya todo el mundo sabe que los Sherpas los despliegan siempre antes de apoyar la ascensión de una expedición y me temo que los campos base no serían lo mismo sin aquellos lienzos de colores ondeando al viento. No cabe duda de que Sherpas y nepalíes tienen muy claro quiénes son los destinatarios de sus mensajes; estoy por creer que aquellas oraciones, cargadas de estética y paisaje, rebosantes de ilusiones, cumplen una misión esencial, premeditada y transcendental.

Cuando un niño pequeño garabatea unos pintajos, está claro que no los hace para sí, pues siempre su mensaje gráfico se dirige a alguien cercano, próximo, principalmente padres y hermanos. ¿Os habéis fijado que cuando un chaval se cae a solas no suele llorar, pero si alguien anda cerca e inmediatamente repara en la caída, aquél irrumpe en sollozo profundo?. ¿Para qué llorar si no hay nadie que pueda recibir su mensaje de dolor o susto y nadie puede aliviar su angustia?

No escribo para mí, lo hago para comunicarme, adopto la iniciativa de expresarme probablemente porque busco establecer alguna fórmula transaccional, con alguien, intercambiar algo con él, provocar un dar y recibir. Sería más extraño ir hablando solo por la calle…, pero algunos pocos lo hacen, ¿qué pretenden? ¿Llamar la atención? ¿De quién? ¿De los inespecíficos transeuntes? ¿Cuánto importa aquí el destinatario del mensaje?

Cuando un adolescente, o cualquier otro, escribe, a solas, su diario íntimo, personal, es posible que secretamente, en ese diálogo consigo, haya creado un personaje con el que se comunica, al que dirige su diálogo, y en el que encuentra refuerzo.

Real o imaginario, trascendente o terrenal, presente o ausente, cercano o lejano, irreal o vivenciado, siempre hay un alguien -o un algo- más allá de nosotros al que nos dirigimos, al que hacemos destinatario y sujeto de nuestra comunicación. Otras veces también lo hay, pero ni se le toma en cuenta.

Queda por saber si ese otro es asumido como tal, como alguien diferente y diferenciado, o no, y si lo percibimos desde nuestra perspectiva y le damos cabida a su identidad diferencial reparando en él; quizá ahí resida la diferencia entre hacerle sujeto o tomarle como objeto.

© jvillalba

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