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No les quepa duda, la comunicación es un arte.
Si nos ponen un lápiz en la mano, niños y mayores podemos realizar algún garabato o trazar sucesivos pictogramas con el instrumento, pero esta habilidad no nos faculta para exponer en el Guggenheim como tampoco para ingresar en la Academia (RAE), ni tan siquiera para ofertar el resultado a las editoriales o para hacernos con una columna en el diario local. Si lo consiguen, será indicativo de que gozan de reconocimiento como pintores, académicos, escritores o periodistas.
Así, la comunicación es una habilidad que vamos adquiriendo y desarrollando, unos más y otros menos, primero con el habla, una herramienta que en todos los casos está al alcance de nuestra mano y nos permite relacionarnos con el mundo, poner en común propósitos y necesidades entre los semejantes y organizar nuestras vidas con los demás, lo que significa vivir en sociedad. Pero no todos alcanzan el arte de la comunicación, ni tan siquiera muchos de los tenidos por comunicadores.
Una de las paradojas de la comunicación en la empresa es que, no siendo ésta una condición del modelo educativo, se exponen tácticas y recetarios para comunicarse con otros y en público, se muestran ejemplos de cómo hacerlo, se predican modelos de actuación y se apuntan las claves de oratoria…, pero los profesionales seguimos teniendo verdaderas dificultades para comunicar en público y para comunicarnos en las distancias cortas, lo que da como resultado que ponentes y oradores resulten distantes y/o aburridos y/o espesos y/o artificiales… sin que lleguen a conectar con el auditorio, a quienes a veces se nos traslada una manifiesta falta de convicción, cuando no una cara dura impresionante. Igualmente sucede en los pequeños grupos, como pueden ser las reuniones.
Y es que la comunicación es un arte. Un arte que se gesta en el individuo, que va macerando su actitud personal ante la vida y ante el otro, una forma de ser que se expresa en público y en privado, primero con comportamientos, actos y rictus, luego mediante cualquier otra fórmula expresiva en la que se vuelca la peculiar manera de entender el mundo, sin lo cual el propio discurso queda cojo, se distancia de la realidad y, como consecuencia, se ve como claudica el que comunica.
Es verdad que hay algunos principios que resulta necesario conocer, pero que en absoluto palian la falta de contenido y el enganche emocional con audiencias o interlocutores. Una de las propiedades de la comunicación es que resulta extraordinariamente sensible al scanner de los perceptores inconscientes y la gente se da cuenta.
El arte de la comunicación en público no se basa, como propone la industria del management, en una sucesión de rituales para la producción informativa, que el comunicador sigue escrupulosamente, como tampoco en saberse de memoria la alocución. El arte de la comunicación descansa en la actitud del sujeto, en su cosmogonía, en el respeto y aprecio que le merezcan interlocutores y audiencias, en el convencimiento de que para hablar hay que ganarse ese derecho y que tener ocasión de hacerlo exige aportar valor por respeto a la audiencia, requiere hablar con naturalidad en los propios términos sin perder de vista la perspectiva de quienes escuchan, sentir verdadero interés por los escuchantes, sea uno o sean muchos. El arte de la comunicación requiere sinceridad con uno mismo y amor por los semejantes, se fundamenta en anhelo de conectar, descansa en la curiosidad de conocer al otro, se produce cuando hay verdadero interés por lograr complicidad y salir del aislamiento que provoca sentirse el centro del mundo. Para poder comunicar hay primero que ponerse en cuestión y para saber lo que se dice hay antes que hacer un ejercicio de humildad y sencillez.
El arte de la comunicación empieza por ser, ante todo, persona.
© jvillalba


Me dirijo a los managers de las empresas, por ser ustedes, directivos y mandos, los responsables de la dirección de personas en el día a día y por ser la comunicación el principal instrumento a su servicio para dirigir, orientar, alinear, involucrar y motivar a las personas y, por ende, a los equipos de su dependencia. Luego ustedes son los actores esenciales en la construcción de las culturas corporativas y los principales impulsores de la moral de equipo en las organizaciones. Lo quieran o no, han de asumir que son o los principales agentes del cambio o su principal barrera.
La comunicación interna es un instrumento, nunca un fin en si mismo, que está al servicio de la estrategia siendo su principal objetivo influir en sus públicos para generar actitudes y conductas alineadas con los valores de la organización.
Por tanto, sus responsables, ustedes, son gestores del comportamiento organizativo y han de comprender que las personas trabajamos más y mejor si nos sentimos parte de un proyecto y de una organización.
Se trata de lograr unos efectos concretos mediante el aseguramiento del proceso por medio del cual la información que debe llegar, llegue a sus destinatarios, llegue en la forma y llegue en la cantidad que debe llegar y en el momento en el cual conviene que llegue.
Resumo en tres los principales efectos que persigue la comunicación interna: Informar, Motivar e Integrar. Sucintamente:
Informar sobre todo aquello que concierna a los empleados en tanto que personas, trabajadores y profesionales.
Motivar pasa también por exponer con transparencia y saber dar sentido a las estrategias de la empresa, dejando espacio para que cada trabajador pueda diseñar y emprender su propio “viaje del héroe”.
Integrar es un acto inclusivo que significa desarrollar el sentimiento de pertenencia a un equipo, a una organización, lo que requiere reconocer y transmitir la importancia que cada sujeto y sus contribuciones tienen para el conjunto y tener el acierto de hacerlas visibles.
La comunicación interna resulta fundamental e inevitable para lograr gestionar con éxito el cambio en las organizaciones, en las que ya nadie discute que es una necesidad fidelizar a las personas y propiciar cambios de comportamiento acordes con las necesidades estratégicas del momento. Sin involucración, no hay resultados.
En este escenario la principal herramienta de comunicación interna es el diálogo, los encuentros cara a cara, el contacto directo. La cercanía y accesibilidad. Éste es el mejor aliado de directivos y managers para lograr las finalidades que tienen encomendadas.
© jvillalba
Algunos identifican comunicar con tener que decir, o con tener que informar con alguna práctica de emisión de mensajes, aunque sólo sea para salir del paso. No en vano, comunicar es hacer algo, pero algo que supera el decir, que va más allá del expresar; un algo más.
Quizá la confusión venga propiciada por el hecho de que se trata de tiempos verbales de acción y se infiera, entonces, que hay que actuar; es decir, que hay que hacer algo. Por lo que algunas fuentes deciden, en el ejercicio de su mandato, dejar de manar.
Pero sucede aquí que secarse no representa una dejación de la acción, sino que es -en realidad- el acto o la acción de (conseguir) hacer no hacer lo que hay que hacer o, si se quiere, el arte de hacer que parezca que nada sucede, que en este supuesto no hay algo que informar, decir o expresar… ni tan siquiera escuchar.
O, si se prefiere, se trata del acto de hacer pasar por verosímil que no es relevante dar de beber, ni existe el compromiso de hacerlo, para preservar inalterables los fines de la acción, o sus consecuencias, que podrían ser –a su juicio- la hidropesía.
Digo que algunos o algunas… porque cualquiera de nosotros sabe que todo, absolutamente todo, comunica, sin excepción, y que comunicar, lo que se dice comunicar, comunicamos –incluso- a nuestro pesar; de manera que el silencio habla por si mismo, informa amplificadamente, y decidir no comunicar ya, de hecho, está informando algo, o mucho, tal y como el castizo ‘Hacer mutismo por el foro’ revela las intenciones del dicente o las deja al descubierto haciéndole incurrir en contradicción manifiesta, que es el efecto que persigue. Decir, para no decir nada y dejarlo al albur de las interpretaciones, que no es como se comportan los auténticos silencios. Así actúan los sutiles, amparándose en el subterfugio, con falta de claridad para ganar algún margen de maniobra.
Desde luego que la falta, escasez o carencia de información por aquellos pagos donde otrora circulara el riego, se echa en falta y provoca que resulte enormemente reveladora la sequía: para empezar, da muestras de falta de compromiso; para terminar, evidencia una falta de respeto. Y entre ambos extremos cae, por su propio peso, la credibilidad arrastrando consigo la lealtad que se derrama entre los surcos de las tierras sedientas y agrietadas.
No parece trivial defender ante algunos que informar trasciende al noticiario de turno cuando hablamos de comunicar, de conseguir efectos, de favorecer cambios. Tal vez la comunicación, cuando la entendamos como práctica profesional, comprometida, y no como concepto aislado, un etéreo más entre los intangibles, juegue un papel esencial en el progreso de las organizaciones o, cuando menos, de aquellas que aún no la hayan descubierto.
Pero lo que la comunicación nunca podrá (ni tan siquiera al servicio del aparato oligarca) será obrar milagros que requieran del concurso de todas las fuerzas intervinientes que han de tirar en la misma dirección y del mismo carro.
Sea como fuere, tanto si se está por la labor de hacer que la información circule (y quedémonos ahí), como si no, la comunicación, ya sea de un signo o de otro, por activa o por pasiva, ha de gestionarse en gerundio si lo que se prende es que actúe en determinado sentido, “a favor de obra”, que es lo mismo que decir controlada y comprometidamente a favor del liderazgo.
De lo contrario, la falta de comunicación se suplirá con el chirriar de los ejes sobre los que se asienta el carro empresarial. Y así, produciéndose el rodar sin lubricante, es probable que, quienes apuesten por la desinformación, supuestamente en pos de ciertos fines y no por ignorancia de la conjugación verbal, finalmente se encuentren con el efecto contrario al pretendido y les cueste aún más tirar del carro, pues ya se sabe cuál es la herrumbre del rumor y, por mucho que nos esforcemos, ciertas informaciones no resultará posible silenciarlas, ni en parte ni en su totalidad, ni tan siquiera ensalivando los ejes.
En esta crisis es posible que algunos, temerosos de que hacer circular la información alimente ciertos brotes indeseados, no se hagan atar al mástil de la cordura y sucumban al encanto de silenciarla; pero se harán un flaco favor, pues a su pesar fluirá, esta vez incontroladamente, porque demorar indefinidamente lo que inevitablemente, antes o después, por una u otra vía trascenderá, multiplicará los efectos justamente en sentido inverso al esperado.
Se da la circunstancia de que el silencio resulta atronador, siendo éste el primer indicador de racionamiento, escasez o falta de información. Interrogantes flotantes en el ambiente son el segundo indicio de sequía. Temor e incertidumbre, a resultas de vaguedades y falta de claridad, son el tercer síntoma de deshidratación. Incremento del murmullo y confidencias espontáneas entre iguales, como palos entre las ruedas trabados, son ya pruebas manifiestas de hambruna informativa.
Decidan ustedes, pero también sepan –para decidir- que no todo está en su mano decidirlo.
© jvillalba
La Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, albergará la próxima semana el I Congreso Sociedad Digital, que se celebrará los días 26, 27 y 28 de Octubre, del que ya es posible descargarse los resúmenes (40 páginas) de comunicaciones y pósteres.
Para informarse sobre este evento, organizado por SOCMEDIA y la Fundación General de la Universidad Complutense de Madrid -FGUCM-, cuyo programa no tiene desperdicio, lo mejor es acudir al sitio Web oficial, que aporta numerosas ventajas, como son la retransmisión en directo del mismo y la apertura de los contenidos para los ciudadanos.
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Uno de los problemas de confundir la necesidad de transmitir y recibir información con la comunicación, o dicho como corresponde, con el establecimiento del diálogo en las empresas es que te das cuenta de que la gente, en una buena proporción, no lee, por lo que los canales de una sola vía, la de la emisión sin retorno, no garantizarán nunca que la transmisión de información es suficiente para responder a las necesidades de comunicación en la empresa.
Es verdad que los adultos tenemos la responsabilidad, también, de informarnos acudiendo y revisando las fuentes institucionales; forma parte de nuestras obligaciones –digamos- morales o profesionales: estar informados en todo aquello que nos compete en las tres dimensiones de cualquier trabajador: como persona que integra una comunidad laboral, como trabajador que está sujeto a una institución y como profesional que asume determinadas responsabilidades propias de su especialidad.
Llegados a este punto conviene recordar el aforismo que sentencia: “el desconocimiento de la Ley no exime de su cumplimiento”.
Pero lo cierto es que muchos no leen, otros leen por encima sin prestar la suficiente atención y los menos están atentos a los comunicados que la institución distribuye. De esta realidad te das cuenta a poco que prospectes en las empresas: la gente desconoce una parte significativa de la información que se difunde, argumentando las más de las veces (1) la falta de tiempo, (2) la presión del día a día –que es lo mismo y revela una deficiente distribución del tiempo-, (3) la sobrecarga de actividades –más de lo mismo- y (4) la necesidad u obligatoriedad de dar salida a las tareas urgentes.
De lo argumentado se desprende que, para un porcentaje de sujetos, la información que se distribuye por escrito puede esperar, no entra dentro de sus prioridades, y que su lectura se demora “para cuando haya tiempo”. Pero también puede suponerse que otro porcentaje la echará un vistazo por encima para determinar el grado de demora de la información que le llega.
Aún hay otro problema en la transmisión de información por una sola vía. Algunas empresas no han catalogado sus productos informacionales homologando canales por clase de información de manera que puedan facilitar hábitos de recepción sobre la base de los intereses de los trabajadores.
Pero aún suponiendo que la información se lea, queda por determinar si se entiende en los mismos términos propuestos por el emisor.
Para más INRI, los focos productores de información escrita en las empresas suelen ser prolijos y tienden a primar la importancia que para ellos tiene la emisión sobre la relevancia que para los destinatarios guardan esos mensajes, de manera que la sobreabundancia de difusión de información suele estar garantizada y termina saturando los canales de una sola vía, toda vez que la emisión de mensajes suele estar descentralizada, lo que contribuye a confundir a los receptores que terminan recibiendo paquetes de mensajes sin catalogar en términos de relevancia y prioridad, pues aquella función dosificadora, que debiera estar centralizada para su difusión ordenada en aras a lograr una distribución armónica y coherente de información, no tiene asignada figura formal que la respalde.
Ya en el top de la falta de tiempo, que obliga a la lectura en trasverso –por encima- se encuentran no pocos altos directivos que fundamentan una buena parte de la toma de decisiones en resúmenes ejecutivos.
La personalidad de un individuo es la que es y, por lo general, somos como somos en todas las facetas de la vida cotidiana, de manera que quien no tiene un hábito de lectura en su vida difícilmente en la empresa será un lector consumado.
A modo de referencia traigo a colación el “Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros Tercer Trimestre de 2008”, elaborado por Conecta Research & Consulting para la Federación de Gremios de Editores de España -FGEE-, según el cual, en España hay un 46,1% de no lectores, de ellos, un 33,7% no lee nunca, mientras que los lectores españoles dedican 50 minutos diarios a la lectura, siendo el entretenimiento el principal motivo para la lectura –en este caso de libros (51,2%)-
Según el mismo informe, mi conclusión es que el perfil del lector español se acerca más al de una mujer, menor de 45 años, con estudios universitarios, que reside en una población de más de 50.000 habitantes.
Un dato curioso es el argumento del 52,6% de los encuestados para explicar por qué no acuden a bibliotecas: “no tienen tiempo para ir” (72,7% en 2009)
Si tenemos en cuenta que una tercera parte de la población no tiene el hábito de la lectura, y partimos de la hipótesis de que la plantilla de las empresas se distribuyen como una población normal, aquí tienen ustedes un argumento para plantearse cómo trabajar la distribución de información y si los canales de una sola vía sirven a sus propósitos comunicacionales.
Abundando en el paralelismo, según el último barómetro del CIS, del mes de junio, sólo un 24,6% de los españoles considera que se lee mucho o bastante, lo que significa que la mayoría piensa o reconoce que no y que el 80,1% admite que se debería dedicar más tiempo a la lectura.
No obstante, un 41,1% dice leer periódicos (incluidos gratuitos y digitales), un 6,6% informa leer revistas (incluidas gratuitas y digitales) y un 26,1% asegura leer libros, en todos los casos, diariamente.
Con todo, un 21,9% confiesa que no lee por falta de tiempo, porcentaje al que debemos sumar el 6,7% que admite no leer nunca, otro 37,6 que reconoce que no le gusta o que no le interesa y aún cabe considerar un 19,1% que prefiere emplear su tiempo en otra cosa.
Sólo un 16,8% dicen leer para estar informados y únicamente un 3,7% de los encuestados lee por razones profesionales o de trabajo, mientras que el 15,1% asegura hacerlo para aprender y mejorar su cultura.
Para finalizar, interesa saber que ante la pregunta “¿Su trabajo u ocupación requiere leer libros, informes, etc. ….?” La tabla de resultados es la que sigue: Habitualmente el 24%; De vez en cuando el 9.3%; En raras ocasiones el 6.3%, Nunca o casi nunca el 58.3%; y, N.C. el 2.2%.
Pregúntese por el impacto de la información que difunde por escrito. ¿Lo conoce?
© jvillalba
Los que asistimos el día 18 de junio a esta plaza pública de la comunicación, seguramente coincidamos en que el menú se sirvió de manera desigual: mejor la mañana que la tarde, ponencias de valor que aún pusieron más de manifiesto la falta de pericia comunicacional en algunos ponentes; oradores impactantes versus deficientes comunicadores empecinados en la venta de los servicios de la empresa representada en su turno de palabra; alocuciones preparadas, exposiciones teatralizadas, anotaciones para guiar la improvisación, lectura colegial para no perder el hilo de Ariadna y alguna representación de charla de café… interpretaciones salpicadas por las presentaciones de los patrocinadores, en algunos casos acertadas, en otros menos afortunadas.
El aforo, al 50%, lo que significa un éxito de convocatoria con más de 400 asistencias.
Al final le queda a uno la sensación de que para ser un buen comunicador algo nos falta todavía de arte escénico y más entrenamiento en arte dramático.
Javier Reyero, que nos regaló “Hablar para conVencer”, condujo el acto con acierto… y creo que convenció.
José Manuel Velasco desgranó sus diez mandamientos, Pablo Alzugaray resumió en un quinteto el nuevo paradigma publicitario, Ángel Expósito condensó su visión sobre el descarrío mediático y el papel que les toca jugar a las empresas en ello, Jordi Segarra trasladó un recetario, recordatorio del viejo dicho: “¡Zapatero a tus zapatos!”. John A. Lynn mostró un estilo diferenciado, que debería servir de reflexión para los nuevos planes de estudio en este país. Ángel Riesgo estuvo afortunado en su charla con Marcos de Quinto, mini diálogo que nuevamente tuvo por objeto la práctica publicitaria.
También intervinieron Nuria Vilanova, Miguel Churruca, Manuel Polanco, Pilar Lladó, Juan Cruz, Joaquín de Enea y José Miguel Sánchez Guitián.
También allí quedó patente que la comunicación sigue a la zaga buscando su hueco en las empresas y me parece que todavía se encuentra en los albores de su formalización, pues sigue siendo un saber en busca de disciplina en el que todavía hoy, allí y en las empresas, prima la doxa sobre la episteme. Es como si esta función, a la deriva de las corrientes informacionales, precisara de firme amarre para afirmarse.
En conjunto, el Ágora mereció la pena.
Ahora lo que corresponde es acudir para conocer el estudio al que nos invita Arena Media Communications: “Hacia un nuevo modelo de comunicación. Claves ejecucionales”; cuya presentación está programada para el próximo 9 de julio.
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Cuando nos referimos a la comunicación tendemos de inmediato a identificarla con información y diálogo. Asociamos la comunicación con fluencia, producción verbal, transacciones promovidas mediante al habla e incluso pensamos en los textos escritos como una opción comunicativa. Pero lo que predomina es la imagen de la emisión de un discurso.
Menos veces consideramos la imagen visual y aún menos contemplamos el silencio como un elemento constitutivo de la comunicación, como tampoco solemos incluir el diálogo tónico ni la comunicación no verbal.
De este modo, los hechos, un evento, una manifestación –verbal o no-, cualquier acto, concitan un conjunto de elementos de comunicación inseparables del discurso principal; elementos que dotan de contexto y significación al mensaje que finalmente se percibe.
Esta cuestión suele pasarse por alto en el día a día de algunas empresas que no terminan de comprender por qué se entiende lo contrario de lo que supuestamente transmiten. No es tan difícil de explicar. ¿No les parece?
Me temo que cuando hablamos de gestionar la comunicación las gerencias deberían ser conscientes de que los actos de empresa han de ser gestionados también como elementos constitutivos de los mensajes, pues la coherencia entre lo dicho y lo hecho marca la frontera entre la credibilidad y el descrédito.
© jvillalba












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