Inicio de un viaje

La comunicación requiere un esfuerzo, quien lo hace mejora su estilo, gana en matices, es capaz de pintar sus palabras con una gama de pantones cada vez más enriquecido. Quiero hacerlo porque quiero mejorar mi estilo de comunicación. Quiero hacerlo porque necesito expresar graffitis en mi fachada y hacerla transparente. Quiero conseguir que me veas como yo me veo, reducir esa distancia.

 

A comunicar se va aprendiendo, pues este es un viaje que no termina nunca. Sé que puedo mejorar cada día un poco más. El secreto está en dar un paso y otro y, aún, otro más. Caminar la comunicación es estar en el viaje de comunicarse: un ejercicio gozoso que mejora tu salud.

 

¿Quieres acabar al cabo de los años reconociendo que te encuentras en el mismo kilómetro, en el mismo sitio, con la misma pose?

 

Este viaje de la comunicación tiene algo muy particular: la meta está en el propio camino. Es un viaje sinfín. Puedo disfrutarlo mientras recorro sendas que, a cada paso, me descubren nuevos paisajes con diferentes matices. Pero no puedo olvidar que también tengo que aprender a recostarme en los recodos del camino y a dejar que la vista se me llene de paisaje, reflexionándolo, empapándome de mi y de lo otro.

 

Quizá llevo tiempo en esta posta, parado, sin aprender de otros lugares. He de reemprender mi marcha.

 

Pero en este tiempo he aprendido algo: no estoy solo en esta travesía; mucha gente está viajando en mi tiempo, al mismo tiempo que yo, conmigo y sin mí. ¡Nos hemos cruzado tantas veces! Y en este tiempo he conversado con muchos que también aquí han parado a repostar.

 

Mi viaje no es una carrera de velocidad; es un acúmulo de singladuras. Estoy tranquilo. Mi viaje es una carrera de fondo, una maratón al fondo de mí mismo pasando por la otredad de con quienes camino y de con quienes me encuentro; si quieres, un viaje de resistencia que precisa entereza y observación; reflexionar para averiguar el secreto de los caminos, adaptando mi paso y mi ritmo a la topografía del terreno.

 

Todos sabemos andar, pero me he propuesto aprender a caminar mejor y a disfrutar sendeando.

 

Caminar, lo que se dice echar un pié delante del otro, alzándolo antes del suelo para proyectarlo hacia delante, es una actividad que de alguna manera creo que sé hacer. ¿Podré hacerlo solo?

 

No me cabe duda de que compartir esta aventura con un compañero de viaje hará más grata esta aventura –espero que para ambos- aunque me acompañe un trecho, esa etapa en la que nuestros caminos coinciden. Un compañero de viaje es como un espejo, un espejo mágico que te devuelve una idea de ti mismo y te ayuda a empujarte pendiente arriba cuando te pesan las piernas, la respiración se entrecorta, las fuerzas flaquean y los gemelos te agujetean como puntas de alfiler.

 

Hoy se inicia mi viaje. ¿Me acompañas?

 

 

© Javier Villalba